Tres bendiciones del Amor

Finalmente consideremos tres bendiciones que el amor de Dios nos otorga. En primer lugar, un corazón bien dispuesto, abierto, necesitado y sediento del amor de Dios; en segundo lugar una actitud muy caritativa, a la vez que sencilla y fácil de practicar por todos, como es el servicio; finalmente, la caridad se nos presenta como la mejor medicina para la peor enfermedad, que es la del alma, dándonos así la posibilidad de considerar nuestra vida desde un ángulo más importante que el meramente terrenal.

 

Apertura de corazón

La primera bendición que el Amor de Dios nos otorga y la primera que necesitamos es un corazón abierto a su acción, un corazón que se deje amar por Dios. Parece fácil decirlo, pero tiene su dificultad, ya que para recibir el amor de Dios hay que ser humilde.

No es un amor de igual a igual. Dios nos ama como Dios, creando, redimiendo, sanando, santificando. Dejarse amar por Dios es aceptar que necesitamos de Él, no un poco sino totalmente, que somos sus creaturas, sus redimidos, sus enfermos, sus hijos, su obra de amor.

Tener el corazón abierto a Dios significa reconocer que no nos bastamos a nosotros mismos, sino que necesitamos de la bondad de Dios, la cual es totalmente gratuita, de tal modo que no podemos merecerla de ninguna manera. Por tanto, es preciso reconocer que siempre estaremos en deuda con Él. Y cuanto más nos ame, mayor será la deuda.

Si hablamos del amor misericordioso de Dios, estamos hablando también de nuestra miseria, limitación, fragilidad… De hecho, para que podamos comprender, de algún modo, algo de la grandeza del amor que Dios nos tiene y, por tanto, poder recibirlo con gratitud y alabanza, es necesario reconocer nuestra bajeza. Dios nos ama, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno y, al amarnos, nos hace buenos a nosotros con sus innumerables bendiciones.

Como en la Sagrada Escritura el corazón no sólo siente sino que, sobre todo, conoce y ama, tener el corazón abierto a Dios significa dejar que Él sea nuestra luz, que Él nos enseñe, guíe, conduzca, que podamos dejarnos inundar de sus criterios. Que podamos pensar como Él piensa, amar como Él ama, sentir como Él siente.

En la Sagrada Escritura, por ejemplo, Salomón pide a Dios “un corazón atento” (1 Reyes 3,9). El texto original hebreo se refiere a oír inteligentemente, escuchar con atención, se refiere en fin a un corazón obediente.

Además, como el corazón es nuestra sede interior, nuestro ser más profundo, abrir el corazón al Señor significa que Él ocupe el primer lugar de importancia. Que tengamos un trato habitual de amor con Él, de recibimiento y entrega, de aceptación y adoración. El corazón que se pone ante Dios, no puede no adorarlo, reconociendo la infinita grandeza divina, la magnitud de su amor y, de algún modo, experimentar a Dios en cuanto Dios.

En este sentido, las virtudes teologales, fe – esperanza- caridad, son las que nos disponen a estar en contacto permanente con Dios. Y los dones del Espíritu Santo marcan un crecimiento notable en dicha relación de amor, ya que siempre, la obra interior es acción de la gracia de Dios en nosotros. El corazón humilde y dócil es el que se abre a Dios y permanece en esa actitud de entrega y disponibilidad. Con ese corazón, Dios puede hacer maravillas.

 

En el lenguaje monástico, un corazón disponible para Dios, apto para Él, es un corazón puro. Según Casiano, pureza de corazón, caridad, santidad y contemplación se refieren a la misma realidad.[1] El amoroso anhelo de la divina contemplación, del trato íntimo y habitual con Dios produce esa apertura de corazón de la que venimos hablando.

En los salmos, le pedimos a Dios que Él cree en nosotros un corazón puro (Cf. Salmo 50/51,12), ya que es obra de su gracia. Dicho corazón nos hace ser sus hijos (Cf. Salmo 72/73,13-15) y es camino para recibir las bendiciones de lo Alto (Cf. Salmo 23/24,4-5). Por todo esto, ese corazón purificado y disponible es característica de los hombres nuevos, según el Señor, de los hijos de Dios a imitación de Cristo.

 

También podemos mencionar la importancia de dos actitudes muy poderosas en nuestro caminar hacia Dios: la compunción, ya mencionada más arriba, y la confianza como formas de apertura a Dios. El corazón compungido se duele por su amor limitado, por su falta de respuesta a ese amor infinito y, con dicho dolor, se abre, se anima, se moviliza, desea, busca, llama… y Dios responde. La compunción, como despertador de nuestra afectividad, es un poderoso aliado para el corazón creyente que desea entregarse a Dios y encontrarse con Él profundamente.

La confianza, por su parte, tiene también una enorme capacidad de unirnos a Dios. El que confía en Dios, apoyándose en Él, descubre la divina presencia, su acción y su bondad de un modo especial. De esta manera, el corazón abierto a Dios por la confianza se dilata, se llena de alegría, va seguro apoyándose en ese Dios tan cercano que es el Señor de su corazón: “El Señor es mi fuerza y mi escudo, en Él confía mi corazón; me socorrió, y mi corazón se alegra y le canta agradecido” (Salmo 28,7).

 

En la vida monástica, si bien todo es momento de encuentro interior con Dios, podríamos mencionar unas circunstancias especiales en las que nuestro corazón debe abrirse, de par en par, al Dios que tanto nos ama. Son fundamentales, en este sentido, los momentos de Lectio divina en los cuales Dios nos habla y nosotros, con corazón disponible, escuchamos sus palabras que transforman nuestra vida. Además, en los sacramentos, nos encontramos con Dios “cara a cara” y su presencia se transforma en una verdadera lluvia de bendiciones si, con corazón humilde, nos abrimos a Él. El silencio, finalmente, es la atmósfera necesaria para que nuestro corazón, venciendo la dispersión, pueda recibir el amor divino.

Todo lo que constituye nuestra vocación monástica, se transforma, para el corazón abierto en un “sursum corda” (levantemos el corazón) como rezamos en la misa de cada día. O como dice Nuestro Padre San Benito: “Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente.”[2]

 

Servicio

El amor divino es contagioso. Como el fuego que enciende otros fuegos, el amor de Dios recibido nos impulsa a transmitirlo a los demás. Una forma muy concreta de vivirlo, además de posible, amplia, beneficiosa, necesaria, útil, etc. es el servicio.

El servicio, diakonía, que nos enseña el Señor Jesús tiene sus características propias. Es una obra conectada con el amor a Dios, que se ejecuta en todo tipo de obras en favor de los demás, llegando incluso al sacrificio de uno mismo, en lo pequeño y en lo grande, sin excluir la entrega de la vida misma. Es un acto humilde que esconde la verdadera grandeza del cristiano. Es una obra magnánima que no puede realizarse con arrogancia, sino en obediencia al amor de Dios recibido previamente.[3]

El Papa Benedicto XVI, al hablar del servicio de la caridad, nos recuerda que es una actividad fundamental en la obra de Iglesia, junto con la predicación y la liturgia.[4] Y nos transmite un dato histórico importante:

“Hacia la mitad del siglo IV, se va formando en Egipto la llamada «diaconía»; es la estructura que en cada monasterio tenía la responsabilidad sobre el conjunto de las actividades asistenciales, el servicio de la caridad precisamente. A partir de esto, se desarrolla en Egipto hasta el siglo VI una corporación con plena capacidad jurídica, a la que las autoridades civiles confían incluso una cantidad de grano para su distribución pública. No sólo cada monasterio, sino también cada diócesis llegó a tener su diaconía, una institución que se desarrolla sucesivamente, tanto en Oriente como en Occidente.”[5]

Pero para nuestra vivencia personal, también nos da sus sabios consejos cuando nos dice que este servicio brota de “la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5, 6)”[6] y que busca “el bien integral del ser humano,”[7] es decir, lo que necesita tanto para su cuerpo como para su alma, tanto en lo natural como en lo sobrenatural.

En nuestra vida práctica, este servicio se concreta de mil modos. Ante todo debemos entregar a los otros el amor que recibimos de Dios: “que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1,4), que podamos dar su luz y su amor, su perdón y su paz. En la cotidianidad de la vida del monasterio, San Benito remarca la importancia del servicio de la cocina, con el cual “se adquiere el premio de una caridad muy grande.”[8] En todo esto, tampoco podemos olvidar la importancia enorme que tienen la obras de misericordia, tanto para ayudar a los demás en sus miserias materiales, como morales e incluso espirituales.[9]

En cuanto al criterio de acción, el Evangelio nos presenta dos, que pueden ayudarnos en las diversas circunstancias: hacer a los demás lo que queremos que los demás hagan con nosotros (Cf. Mt 7,12); o, amar a los demás, como Cristo nos ha amado hasta la cruz (Cf. Jn 13,34).

Y en este servicio entregado, para que podamos descubrir la grandeza del amor de Dios que circula por nosotros, debemos realizarlo en comunión con Dios, en espíritu de oración, tratando de amar a todos, siempre y con alegría. Este servicio de amor, Jesús lo recibe como hecho a Él (Cf. Mt 25,40).

De este modo, la gracia divina irá desarrollando en nuestra existencia una vida entregada. Cada vez que pienso en esta frase, “vida entregada,” recuerdo la oración en la que se recurre a la intercesión del Santo Cura Brochero, en la cual se destaca “su celo misionero, su predicación evangélica y una vida pobre y entregada.” Ese servicio integral, como decía el Papa Benedicto, se hace completo en la vida de este Santo Sacerdote en su búsqueda de los alejados de Dios, en la iluminación que realizó mediante la predicación del Evangelio, en la entrega generosa en bien de los demás. De este modo, él nos ilumina en nuestra vida de servicio, posponiéndonos a nosotros mismos, por amor a Dios, para el bien material y espiritual de los demás.

 

La salud más deseable

Otro aspecto importante es el poder de sanar que tiene la caridad entregada. En este sentido podemos pensar que la verdadera salud que debemos buscar, sobre toda otra, es la salud espiritual del amor divino. Sin duda que la salud del cuerpo es importante y la salud psíquica también, y ambas tienen sus remedios propios. Sin embargo, también es importante la salud espiritual, salud que actúa en esta vida y nos lleva a la Vida eterna.

En este punto, la caridad ejerce, al menos, de tres modos su poder terapéutico. Por un lado provoca en nosotros un ejercicio interior de todas las virtudes que nos sana interiormente; en segundo lugar, nos incapacita para el mal; finalmente, nos permite poder recibir dócilmente todas las circunstancias de la vida sin sufrir detrimento espiritual, como dice el apóstol: “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm 8,28).

En cuanto a lo primero, lo más importante en nuestra vida es el amor que recibimos y damos en las cosas que hacemos. Este amor que circula nos hace ser serviciales, pacientes, puntuales, generosos, etc.; nos permite perdonar como Dios perdona; nos da una fuerza que nosotros no tenemos; nos permite reparar el mal que hemos hecho, ya que “el amor cubre todos los pecados” (1 Pd 4,8). La caridad es una fuerza de acción impresionante, es lo que convierte en Santos a seres frágiles como nosotros:

“Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre... Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares...”[10]

En segundo lugar, es el amor lo que nos fortalece para en vitar el mal. No sólo nos impulsa a obrar el bien, como vimos recién, sino que además nos ayuda a vencer los malos pensamientos de nuestro corazón, nos capacita para evitar ofender a los demás, o a Dios. De este modo, la caridad es la mejor medicina preventiva, sobre todo cuando es generosa y madura, como vemos en la vida de los Santos.

Finalmente, para los que aman a Dios todo lo que ocurra redunda en su bien. Nada puede dañar al que se entrega humilde y totalmente al amor divino, porque sabe que todo lo que Dios hace o permite es para su bien, como una bendición o como una corrección. Por esto, ante los bienes da gracias y ante los males no se abate. En todo, el que ama, puede correr “con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios.[11]

De este modo, la caridad hace nuestra vida más bella, más llevadera, más verdadera, más valiosa, más agradable a Dios y a los demás.

Todo esto es un eco de lo que enseña San Benito, casi al final de su Regla: “hay también un celo bueno que separa de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Practiquen, pues, los monjes este celo con la más ardiente caridad.”[12]



[1] Cf. San Juan Casiano, Colación 1.

[2] San Benito, Regla, prólogo 1.

[3] Cf. Kittel, Friedrich y Bromiley, Compendio del Diccionario teológico del Nuevo Testamento, 125.

[4] Cf. Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 22.55.

[5] Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 23.

[6] Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 33.

[7] Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 19.

[8] San Benito, Regla 35,2.

[9] Cf. Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2014.

[10] Santa Teresita, Manuscrito B.

[11] San Benito, Regla, prólogo 49.

[12] San Benito, Regla, 72,2-3.

El amor de Dios en nosotros

Según la Palabra de Dios

Si buscamos en la Sagrada Escritura, ante todo debemos considerar lo que dice San Juan en su primera Carta: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8). Y este Amor es el objeto de nuestra vida de fe, ya que “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” Es lo que nos permite vivir con Dios: “El que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.” Y nos llena de esperanza: “La señal de que el amor ha llegado a su plenitud en nosotros, está en que tenemos plena confianza ante el día del Juicio, porque ya en este mundo somos semejantes a él.” Y todo esto es posible, por el amor de Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4,16-19).

Este amor antecedente de Dios se manifestó, especialmente en Cristo y en Él, se nos presenta como casusa y modelo de nuestro amor:Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). Dicho amor es obra divina en nosotros “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

Este amor nuevo del Señor nos hace plenos y nos permite vivir según todos los mandamientos: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos… se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley” (Rm 13,8-10). Y enriquece nuestra vida con múltiples manifestaciones de amor, como la paciencia, el servicio, la humildad, la bondad… (Cf. 1 Cor 13).

Por tanto, nos damos cuenta de que en la Sagrada Escritura se puede encontrar ese hermoso camino de caridad que, partiendo de Dios en Cristo, llega a nosotros por obra del Espíritu Santo para que podamos amar, en toda circunstancia, con su amor.

Según la enseñanza de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, además de reflexionar sobre algunos de los textos que hemos citado anteriormente y otros semejantes, nos deja importantísimas aclaraciones. Nos recuerda que la caridad es una virtud teologal.[1] Es decir que viene de Dios y se dirige a Él, con lo cual nos pone en contacto, de un modo muy especial con el Señor, abriendo nuestra vida a Él, nos hace “permanecer” en Él por el amor.  

Además, nos recuerda el alcance de este amor que, al imitar al de Cristo, debe llegar incluso hasta los enemigos. Además, como es un amor que viene de la fe, amamos al prójimo porque en él vemos al Señor, como por ejemplo, en los pobres, enfermos, niños.[2]

También les da sentido y valor sobrenatural a todas nuestras obras, perfecciona las demás virtudes, y purifica, fortalece y eleva nuestra capacidad humana de amar,[3] dándonos así un crecimiento personal por encima de nuestra capacidad.

Otro aspecto importante es que “la práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios.”[4] Esa libertad siempre buscada y proclamada pero no siempre encontrada por el hombre, es un don de Dios para los que lo aman. Y aunque el temor y la esperanza también nos permiten vivir según Dios, por encima de ellos, la caridad nos da la verdadera libertad filial.[5]

Además, este amor tan grande produce efectos maravillosos. Algunos de ellos, como resalta el catecismo, son el gozo, la paz y la misericordia,[6] cualidades que aparecen notablemente en las Bienaventuranzas del Señor (Cf. Mt 5) y que son como el compendio de una vida totalmente deseable. Por esto, como dice San Agustín, este amor divino es, para nosotros, “la culminación de todas nuestras obras… hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos.”[7]

De este modo, el catecismo nos revela la riqueza que esconde esta virtud cuyo poder de sanación es tan grande que transforma nuestra existencia radicalmente. Y si bien no cure las enfermedades del cuerpo, sana los corazones, cuando circula por nosotros y llega al prójimo.

Según la experiencia monástica

También es importante tener en cuanta nuestra tradición monástica para descubrir el lugar importantísimo que la caridad tiene en nuestra espiritualidad de monjes. Como es una virtud que se recibe de Dios, la actitud fundamental del monje (y de todo cristiano), la escucha creyente, es necesaria para, no sólo conocer el amor que Dios nos tiene, sino también para recibir, con su palabra, la gracia de imitarlo.

Además, para poder vivir de este amor, como nos enseña San Bernardo, para poder ser llevados a la amorosa contemplación de Dios, necesitamos previamente practicar la misericordia con el prójimo y, para esto, necesitamos a su vez, conocer y experimentar nuestra propia miseria y el amor misericordioso que Dios nos tiene.[8]

Dicha experiencia personal de la propia miseria ante el amor de Dios nos coloca en un estado muy querido por los antiguos monjes, la compunción, que nos purifica, reaviva, empuja, anima, sostiene en nuestro caminar hacia Dios. Esta compunción nos hace vivir en carne propia que el mal, en nosotros, surge por una falta de amor, por no sabernos amados por Dios. Además, la misma compunción nos va sanando, al experimentar justamente, ese amor tan gratuito y desbordante que no mira nuestra miseria sino para transformarla totalmente.

Esta experiencia del amor divino nos permite ver de otro modo al prójimo. La misma compunción nos capacita para ver con ojos de misericordia a quienes, como nosotros, están enfermos por falta de amor. Esta mirada incluso, con la caridad iluminada por la fe, llega, como vimos más arriba, a descubrir a Cristo en los demás, descubriendo el aspecto sacramental de la realidad, gracias al cual, viendo lo visible, contemplamos lo invisible. Mirada que se desarrolla, por ejemplo, en la liturgia y en toda la realidad monástica, gracias a la fe. En cuanto al prójimo, la caridad nos la hace vivir y experimentar.

Y así, es la caridad fraterna la que construye y mantiene unida a la comunidad. Las mil diferencias que pueden existir entre los miembros de un monasterio, como ocurre en toda la Iglesia, sólo se pueden vivir en la paz de Cristo con la caridad de Cristo. Es el amor lo que une y lo que nos permite crecer, en las dificultades de la convivencia cotidiana.

Finalmente, este amor es el que viviremos eternamente, con lo cual, la caridad madura y bien vivida es como un adelanto del Cielo. De hecho, Santa Teresita, eminente doctora y experta en el amor divino, consideraba al Cielo como el amor que se recibe y da eternamente: “Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.”[9]

 

Como dice, bellamente, el himno Ubi Cáritas:

 

“Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

℣. Nos ha reunido el amor de Cristo.
℣. Alegrémonos y gocémonos en el mismo.
℣. Temamos y amemos a Dios vivo.
℣. Y amémonos con sincero corazón…

℣. Juntos veamos también con los bienaventurados,
℣. Tu rostro en la gloria, ¡oh Cristo Dios!:
℣. Que será un inmenso y honesto gozo,
℣. Por los siglos infinitos de los siglos.
Amén.”



[1] Cf. CATIC 1822.

[2] Cf. CATIC 1825.

[3] Cf. CATIC 1826-1827.

[4] CATIC 1828.

[5] Cf. San Basilio Magno, Regulae fusius tractatae prol. 3.

[6] Cf. CATIC 1829.

[7] San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4

[8] Cf. San Bernardo, Tratado sobre los grados de humildad y soberbia.

[9] Santa Teresita, Carta 254.

La fuerza del amor

El joven David, cuando su pueblo estaba amenazado por los filisteos, tomó de un torrente cinco piedrecitas y con una de ellas venció al poderoso Goliat. También las usaba contra leones y osos (Cf. 1 Sam 17,34-36.40.49-50).

Ese torrente, de donde David tomó las piedras es el río de la caridad divina que, no sólo nos da vida con sus aguas, sino que también nos provee de la fuerza necesaria para combatir todas las dificultades.

Esas pocas piedras son la caridad en acción. Cada una de ellas, y todas juntas, nos enseñan a amar a Dios con toda el alma y a los demás como a nosotros mismos, derribando todos los obstáculos.

Intentaremos descubrir, por lo tanto, el nombre de cada una de esas piedras, para poder lanzarlas, con la honda de nuestro corazón, en cada momento preciso.

 

El amor viene de Dios

La primera piedra se llama “Dios es amor,” como nos enseña la primera carta de San Juan. Dios es amor y no sólo nos ama, sino que nos da su amor. Por eso, en esta primera piedra tenemos la fuerza de Dios, del amor divino que Él nos da, y con el cual da un nuevo horizonte a nuestra vida. Si sabernos amados por otros nos da alegría a nuestro corazón, experimentar que Dios nos ama se convierte en nuestra verdadera alegría: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4,8-9).

 

El amor ve de un modo distinto

La segunda piedra dice que el amor divino no es ciego, sino que ve de un modo distinto. En el Evangelio se nos dice, por ejemplo, que “Jesús lo miró con amor” (Mc 10,21), a un joven que quería seguirlo y lo invitó a darlo todo.

En nuestra vida, este amor divino nos permite ver con ojos de amigo a los demás, con lo cual, antes que juzgar, nos permite compadecernos de sus males. Como Jesús, el amor nos lleva a mirar a los demás con deseos de bien, con la invitación a algo mejor, con el deseo de que el otro se encuentre siempre con Dios.

 

El amor nos impulsa

La tercera piedra se llama “amemos con obras” (Cf. 1 Jn 3,18). Porque “si Dios nos amó… también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11). Así como Cristo lavó los pies a sus apóstoles, quiere que por amor nos sirvamos unos a otros (Cf. Jn 13). Cumpliendo los mandamientos, viviendo las obras de misericordia, practicando las virtudes, vamos realizando infinidad de gestos de amor a los demás que nos hacen imitadores de Dios: “sean misericordiosos como el padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

 

El amor sana

La cuarta piedra dice: “la compasión… tiene una virtualidad sanativa.”[1] El amor hacia los demás sana, a veces al otro, pero siempre al mismo que ama, porque cuando el amor que recibimos de Dios pasa por nuestro corazón y se desborda en generosidad hacia los demás, deja su huella en nuestra alma, nos hace crecer, nos incapacita para el mal.

Pero para podernos compadecer de los demás, es necesario que seamos humildes, que reconozcamos nuestras miserias, para poder ver con ojos buenos las miserias de los demás.

Esta compasión, que ya nos sana a nosotros, muchas veces sana a los demás, ya que las malas acciones revelan un amor no recibido, una falta de amor en el otro que, nuestra compasión, puede subsanar.

 

El amor nos transforma

La quinta piedra nos dice que el amor a Dios nos hace semejantes a Él. Como dice San Agustín: “Cada uno es según su amor. ¿Amas la tierra? Serás tierra. ¿Amas a Dios? Serás Dios.[2] De este modo, nuestra vida alcanza, por la caridad, su mayor expresión, su realización mejor, su dicha más profunda. Este amor divino, recibido y dado, nos une a Dios y nos hace amantes como Él. De este modo, todo queda transformado, bajo la óptica de Dios, incluso el dolor, se convierte en ocasión de entrega y de un amor más grande y puro, ya que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).



[1] San Bernardo, Sermón 12 al Cantar de los Cantares.

[2] San Agustín, Comentario a la primera carta de San Juan.

Mis cinco panes y dos peces

 

Jesús, el Hijo de Dios, al entregar su vida por nosotros y resucitar, sigue estando presente y, cerca de cada uno, continúa su obra de amor alimentando nuestras almas. Como lo hizo hace más de dos mil años, cuando dio de comer a una multitud con sólo cinco panes y dos peces (Cf. Mc 6,41-43), ahora, nos alimenta a nosotros con pequeñas y sencillas realidades que reavivan continuamente nuestra vida de fe.

 

El pan de la Señal de la Cruz

El primer pan que nos alimenta es la señal de la Cruz, una oración y gesto muy sencillos, que quizá hayamos aprendido de niños. Es como un abrazo de Dios que nos cubre y protege, nos ilumina y alienta.

Cuando rezamos la señal de la cruz, hacemos dos actos de fe importantísimos. Manifestamos que creemos en la Santísima Trinidad, Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, conocemos así la intimidad de Dios, que es uno solo pero no es solitario. Además recordamos que Cristo nos ha salvado con su muerte en la cruz, con su entrega total.

De este modo, Dios se nos presenta como el Amor mismo, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos han compartido su amor al querer salvarnos. Cuando hacemos la señal de la cruz es importante tener el corazón lleno de confianza y amor en Dios, sabiendo que Él quiere darnos su bondad.

Así, al rezar esta pequeña pero poderosa oración con frecuencia, vamos aprendiendo a poner todas las cosas en las manos de Dios y en su amor, vamos adquiriendo la capacidad de ofrecer a Él todo lo que hacemos y de darle gracias por todos sus dones. 

 

El pan del agua bendita

El segundo pan que alimenta nuestra vida de fe es el agua bendita que utilizamos al entrar en la iglesia o, incluso en nuestras casas, al momento de hablar con Dios. El agua bendita, entre otras cosas, nos recuerda el Santo Bautismo que hemos recibido.

Es importante recordar continuamente que Dios es nuestro Padre, que nos ama infinitamente, nos da su vida, nos cuida, educa, guía, y siempre está presente. Al usar el agua bendita, es bueno experimentar en nuestro interior la alegría de ser sus hijos y el deseo de comportarnos como tales. Por esto, usamos el agua bendecida unida a nuestra oración para que, al mojar nuestras manos y frente, nuestro corazón se abra para los dones espirituales de Dios.

 

El pan de la oración

Un tercer pan, muy nutritivo, es la oración. Por un lado es bueno estar en la presencia de Dios siempre, pensando en Él y haciendo todo por Él. Pero también es necesario dedicar algunos momentos al día para hablar especialmente con Dios, escuchar su palabra, reflexionar en lo que Él quiere para nosotros. Rezar u orar es estar en diálogo con el Señor y eso, siempre nos llena de gracia el corazón. 

Dios está siempre presente y conoce todo lo que nos ocurre, incluso nuestros pensamientos. Por eso escucha siempre nuestra oración, aunque no siempre acceda a lo que le pedimos, ya que como Padre sabe mejor que nosotros lo que necesitamos.

De todos modos, es importante rezar siempre, para pedir y para agradecer, para escuchar y hablar, para dejarnos amar por Él y regalarle, como actos de amor, nuestro tiempo, nuestra atención, y nuestro corazón.

 

El pan de la Palabra

El cuarto pan es el de la Divina Palabra, la Biblia. Dios nos ha enviado una carta enorme, larga y variada, apta para todos los momentos y circunstancias, que es su palabra. Él nos habló y nos habla y sus palabras nos dan vida eterna. Él nos guía, alienta, corrige, ilumina, consuela…

Por eso es importante poder dedicar algún momento a leer los Evangelios, los Salmos o algún otro texto bíblico. Leer un fragmento, cerrar los ojos y abrir el corazón para escuchar lo que Dios nos dice, para pensar en lo que hemos leído y por responderle a Dios, con nuestras palabras y acciones.

Al leer la Biblia, nuestro corazón debe estar amorosamente disponible, sediento como cierva que busca el agua (Cf. Salmo 41) para recibir lo que Dios nos quiera decir. No podemos leer la Escritura como cualquier libro, sino como la Carta de Dios.

 

El pan del perdón

El quinto pan es el perdón. Como todos necesitamos ser perdonados y perdonar, Dios nos regala su perdón en el Bautismo y en la Confesión. Y nos ayuda a perdonar a los demás para vivir en paz con Él y con el prójimo.

Dios tiene un corazón infinitamente misericordioso y no se cansa de perdonarnos. Más aún, su bondad ayuda a nuestro corazón para que hagamos lo mismo. Por esto, con humildad, debemos siempre desear el perdón de Dios, buscarlo, y transmitirlo a los demás, siendo nosotros también misericordiosos con los otros.

 

Los dos peces

Además de estos cinco panes, tenemos dos peces. Antiguamente, con el pez se representaba a Cristo, por eso uno de los peces es Jesús. Y el otro es la persona que mejor reflejó a Jesús: su Madre. Jesús y María son como dos peces que alimentan nuestra vida entera con su ejemplo y con su amor.

Jesús como único Salvador, y Ella como la mejor discípula y, por tanto, la más preparada maestra, ambos a su modo, nos fortalecen en el amor divino.

Jesús, como Dios, recibe nuestra vida, oración, nuestro corazón entero. La Virgen María intercede ante el Señor por nosotros. Los encontramos a ambos en la oración silenciosa de nuestra casa, cada día, pero también en la santa misa dominical, en la Iglesia.

 

Y así, con estas sencillas realidades, no sólo podemos crecer en nuestra fe, sino que podremos alimentar el corazón de otros. Que Jesús nos conceda siempre estos poquitos panes, que nuestra alma no sufra el hambre interior y que los que nos rodean puedan también recibir con gusto estos regalos del Cielo. Amén.