Finalmente consideremos tres bendiciones que el amor de Dios nos otorga. En primer lugar, un corazón bien dispuesto, abierto, necesitado y sediento del amor de Dios; en segundo lugar una actitud muy caritativa, a la vez que sencilla y fácil de practicar por todos, como es el servicio; finalmente, la caridad se nos presenta como la mejor medicina para la peor enfermedad, que es la del alma, dándonos así la posibilidad de considerar nuestra vida desde un ángulo más importante que el meramente terrenal.
Apertura de corazón
La primera bendición que el Amor de Dios nos otorga y la primera que necesitamos es un corazón abierto a su acción, un corazón que se deje amar por Dios. Parece fácil decirlo, pero tiene su dificultad, ya que para recibir el amor de Dios hay que ser humilde.
No es un amor de igual a igual. Dios nos ama como Dios, creando, redimiendo, sanando, santificando. Dejarse amar por Dios es aceptar que necesitamos de Él, no un poco sino totalmente, que somos sus creaturas, sus redimidos, sus enfermos, sus hijos, su obra de amor.
Tener el corazón abierto a Dios significa reconocer que no nos bastamos a nosotros mismos, sino que necesitamos de la bondad de Dios, la cual es totalmente gratuita, de tal modo que no podemos merecerla de ninguna manera. Por tanto, es preciso reconocer que siempre estaremos en deuda con Él. Y cuanto más nos ame, mayor será la deuda.
Si hablamos del amor misericordioso de Dios, estamos hablando también de nuestra miseria, limitación, fragilidad… De hecho, para que podamos comprender, de algún modo, algo de la grandeza del amor que Dios nos tiene y, por tanto, poder recibirlo con gratitud y alabanza, es necesario reconocer nuestra bajeza. Dios nos ama, no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno y, al amarnos, nos hace buenos a nosotros con sus innumerables bendiciones.
Como en la Sagrada Escritura el corazón no sólo siente sino que, sobre todo, conoce y ama, tener el corazón abierto a Dios significa dejar que Él sea nuestra luz, que Él nos enseñe, guíe, conduzca, que podamos dejarnos inundar de sus criterios. Que podamos pensar como Él piensa, amar como Él ama, sentir como Él siente.
En la Sagrada Escritura, por ejemplo, Salomón pide a Dios “un corazón atento” (1 Reyes 3,9). El texto original hebreo se refiere a oír inteligentemente, escuchar con atención, se refiere en fin a un corazón obediente.
Además, como el corazón es nuestra sede interior, nuestro ser más profundo, abrir el corazón al Señor significa que Él ocupe el primer lugar de importancia. Que tengamos un trato habitual de amor con Él, de recibimiento y entrega, de aceptación y adoración. El corazón que se pone ante Dios, no puede no adorarlo, reconociendo la infinita grandeza divina, la magnitud de su amor y, de algún modo, experimentar a Dios en cuanto Dios.
En este sentido, las virtudes teologales, fe – esperanza- caridad, son las que nos disponen a estar en contacto permanente con Dios. Y los dones del Espíritu Santo marcan un crecimiento notable en dicha relación de amor, ya que siempre, la obra interior es acción de la gracia de Dios en nosotros. El corazón humilde y dócil es el que se abre a Dios y permanece en esa actitud de entrega y disponibilidad. Con ese corazón, Dios puede hacer maravillas.
En el lenguaje monástico, un corazón disponible para Dios, apto para Él, es un corazón puro. Según Casiano, pureza de corazón, caridad, santidad y contemplación se refieren a la misma realidad.[1] El amoroso anhelo de la divina contemplación, del trato íntimo y habitual con Dios produce esa apertura de corazón de la que venimos hablando.
En los salmos, le pedimos a Dios que Él cree en nosotros un corazón puro (Cf. Salmo 50/51,12), ya que es obra de su gracia. Dicho corazón nos hace ser sus hijos (Cf. Salmo 72/73,13-15) y es camino para recibir las bendiciones de lo Alto (Cf. Salmo 23/24,4-5). Por todo esto, ese corazón purificado y disponible es característica de los hombres nuevos, según el Señor, de los hijos de Dios a imitación de Cristo.
También podemos mencionar la importancia de dos actitudes muy poderosas en nuestro caminar hacia Dios: la compunción, ya mencionada más arriba, y la confianza como formas de apertura a Dios. El corazón compungido se duele por su amor limitado, por su falta de respuesta a ese amor infinito y, con dicho dolor, se abre, se anima, se moviliza, desea, busca, llama… y Dios responde. La compunción, como despertador de nuestra afectividad, es un poderoso aliado para el corazón creyente que desea entregarse a Dios y encontrarse con Él profundamente.
La confianza, por su parte, tiene también una enorme capacidad de unirnos a Dios. El que confía en Dios, apoyándose en Él, descubre la divina presencia, su acción y su bondad de un modo especial. De esta manera, el corazón abierto a Dios por la confianza se dilata, se llena de alegría, va seguro apoyándose en ese Dios tan cercano que es el Señor de su corazón: “El Señor es mi fuerza y mi escudo, en Él confía mi corazón; me socorrió, y mi corazón se alegra y le canta agradecido” (Salmo 28,7).
En la vida monástica, si bien todo es momento de encuentro interior con Dios, podríamos mencionar unas circunstancias especiales en las que nuestro corazón debe abrirse, de par en par, al Dios que tanto nos ama. Son fundamentales, en este sentido, los momentos de Lectio divina en los cuales Dios nos habla y nosotros, con corazón disponible, escuchamos sus palabras que transforman nuestra vida. Además, en los sacramentos, nos encontramos con Dios “cara a cara” y su presencia se transforma en una verdadera lluvia de bendiciones si, con corazón humilde, nos abrimos a Él. El silencio, finalmente, es la atmósfera necesaria para que nuestro corazón, venciendo la dispersión, pueda recibir el amor divino.
Todo lo que constituye nuestra vocación monástica, se transforma, para el corazón abierto en un “sursum corda” (levantemos el corazón) como rezamos en la misa de cada día. O como dice Nuestro Padre San Benito: “Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente.”[2]
Servicio
El amor divino es contagioso. Como el fuego que enciende otros fuegos, el amor de Dios recibido nos impulsa a transmitirlo a los demás. Una forma muy concreta de vivirlo, además de posible, amplia, beneficiosa, necesaria, útil, etc. es el servicio.
El servicio, diakonía, que nos enseña el Señor Jesús tiene sus características propias. Es una obra conectada con el amor a Dios, que se ejecuta en todo tipo de obras en favor de los demás, llegando incluso al sacrificio de uno mismo, en lo pequeño y en lo grande, sin excluir la entrega de la vida misma. Es un acto humilde que esconde la verdadera grandeza del cristiano. Es una obra magnánima que no puede realizarse con arrogancia, sino en obediencia al amor de Dios recibido previamente.[3]
El Papa Benedicto XVI, al hablar del servicio de la caridad, nos recuerda que es una actividad fundamental en la obra de Iglesia, junto con la predicación y la liturgia.[4] Y nos transmite un dato histórico importante:
“Hacia la mitad del siglo IV, se va formando en Egipto la llamada «diaconía»; es la estructura que en cada monasterio tenía la responsabilidad sobre el conjunto de las actividades asistenciales, el servicio de la caridad precisamente. A partir de esto, se desarrolla en Egipto hasta el siglo VI una corporación con plena capacidad jurídica, a la que las autoridades civiles confían incluso una cantidad de grano para su distribución pública. No sólo cada monasterio, sino también cada diócesis llegó a tener su diaconía, una institución que se desarrolla sucesivamente, tanto en Oriente como en Occidente.”[5]
Pero para nuestra vivencia personal, también nos da sus sabios consejos cuando nos dice que este servicio brota de “la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5, 6)”[6] y que busca “el bien integral del ser humano,”[7] es decir, lo que necesita tanto para su cuerpo como para su alma, tanto en lo natural como en lo sobrenatural.
En nuestra vida práctica, este servicio se concreta de mil modos. Ante todo debemos entregar a los otros el amor que recibimos de Dios: “que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1,4), que podamos dar su luz y su amor, su perdón y su paz. En la cotidianidad de la vida del monasterio, San Benito remarca la importancia del servicio de la cocina, con el cual “se adquiere el premio de una caridad muy grande.”[8] En todo esto, tampoco podemos olvidar la importancia enorme que tienen la obras de misericordia, tanto para ayudar a los demás en sus miserias materiales, como morales e incluso espirituales.[9]
En cuanto al criterio de acción, el Evangelio nos presenta dos, que pueden ayudarnos en las diversas circunstancias: hacer a los demás lo que queremos que los demás hagan con nosotros (Cf. Mt 7,12); o, amar a los demás, como Cristo nos ha amado hasta la cruz (Cf. Jn 13,34).
Y en este servicio entregado, para que podamos descubrir la grandeza del amor de Dios que circula por nosotros, debemos realizarlo en comunión con Dios, en espíritu de oración, tratando de amar a todos, siempre y con alegría. Este servicio de amor, Jesús lo recibe como hecho a Él (Cf. Mt 25,40).
De este modo, la gracia divina irá desarrollando en nuestra existencia una vida entregada. Cada vez que pienso en esta frase, “vida entregada,” recuerdo la oración en la que se recurre a la intercesión del Santo Cura Brochero, en la cual se destaca “su celo misionero, su predicación evangélica y una vida pobre y entregada.” Ese servicio integral, como decía el Papa Benedicto, se hace completo en la vida de este Santo Sacerdote en su búsqueda de los alejados de Dios, en la iluminación que realizó mediante la predicación del Evangelio, en la entrega generosa en bien de los demás. De este modo, él nos ilumina en nuestra vida de servicio, posponiéndonos a nosotros mismos, por amor a Dios, para el bien material y espiritual de los demás.
La salud más deseable
Otro aspecto importante es el poder de sanar que tiene la caridad entregada. En este sentido podemos pensar que la verdadera salud que debemos buscar, sobre toda otra, es la salud espiritual del amor divino. Sin duda que la salud del cuerpo es importante y la salud psíquica también, y ambas tienen sus remedios propios. Sin embargo, también es importante la salud espiritual, salud que actúa en esta vida y nos lleva a la Vida eterna.
En este punto, la caridad ejerce, al menos, de tres modos su poder terapéutico. Por un lado provoca en nosotros un ejercicio interior de todas las virtudes que nos sana interiormente; en segundo lugar, nos incapacita para el mal; finalmente, nos permite poder recibir dócilmente todas las circunstancias de la vida sin sufrir detrimento espiritual, como dice el apóstol: “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm 8,28).
En cuanto a lo primero, lo más importante en nuestra vida es el amor que recibimos y damos en las cosas que hacemos. Este amor que circula nos hace ser serviciales, pacientes, puntuales, generosos, etc.; nos permite perdonar como Dios perdona; nos da una fuerza que nosotros no tenemos; nos permite reparar el mal que hemos hecho, ya que “el amor cubre todos los pecados” (1 Pd 4,8). La caridad es una fuerza de acción impresionante, es lo que convierte en Santos a seres frágiles como nosotros:
“Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre... Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares...”[10]
En segundo lugar, es el amor lo que nos fortalece para en vitar el mal. No sólo nos impulsa a obrar el bien, como vimos recién, sino que además nos ayuda a vencer los malos pensamientos de nuestro corazón, nos capacita para evitar ofender a los demás, o a Dios. De este modo, la caridad es la mejor medicina preventiva, sobre todo cuando es generosa y madura, como vemos en la vida de los Santos.
Finalmente, para los que aman a Dios todo lo que ocurra redunda en su bien. Nada puede dañar al que se entrega humilde y totalmente al amor divino, porque sabe que todo lo que Dios hace o permite es para su bien, como una bendición o como una corrección. Por esto, ante los bienes da gracias y ante los males no se abate. En todo, el que ama, puede correr “con inefable dulzura de caridad por el camino de los mandamientos de Dios.”[11]
De este modo, la caridad hace nuestra vida más bella, más llevadera, más verdadera, más valiosa, más agradable a Dios y a los demás.
Todo esto es un eco de lo que enseña San Benito, casi al final de su Regla: “hay también un celo bueno que separa de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Practiquen, pues, los monjes este celo con la más ardiente caridad.”[12]
[1] Cf. San Juan Casiano, Colación 1.
[2] San Benito, Regla, prólogo 1.
[3] Cf. Kittel, Friedrich y Bromiley, Compendio del Diccionario teológico del Nuevo Testamento, 125.
[4] Cf. Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 22.55.
[5] Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 23.
[6] Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 33.
[7] Benedicto XVI, Deus Cáritas Est 19.
[8] San Benito, Regla 35,2.
[9] Cf. Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2014.
[10] Santa Teresita, Manuscrito B.
[11] San Benito, Regla, prólogo 49.
[12] San Benito, Regla, 72,2-3.