Introducción:
Si San Pedro es, entre todos los Apóstoles el que más nos
hace pensar en la virtud de la fe, por
profesar ante todos los demás que Jesús es el Hijo de Dios, el Santo Apóstol
Juan, es un emblema de la caridad, tanto por su vida como por su doctrina.
- Discípulo y maestro del amor:
“Un tema característico de los escritos de Juan es el amor…
Es muy difícil encontrar textos semejantes en otras religiones. Por tanto, esas
expresiones nos sitúan ante un dato realmente peculiar del cristianismo”
(Benedicto XVI, audiencia general del 9 de agosto de 2006).
“San Juan, como Apóstol y amigo de Jesús, nos muestra cuáles
son los componentes, o mejor, las fases del amor cristiano, un movimiento
caracterizado por tres momentos. El primero atañe a la Fuente misma del amor, que el Apóstol sitúa en Dios, llegando a
afirmar… que Dios es amor… Todo lo
que hace Dios, lo hace por amor y con amor, aunque no siempre podamos entenderlo…
Dios ha demostrado
concretamente su amor al entrar en la historia humana mediante la persona de
Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros…
Al ser destinatarios de un amor que nos precede y supera, estamos llamados al compromiso de una
respuesta activa, que para ser adecuada ha de ser una respuesta de amor”
(Benedicto XVI, audiencia general del 9 de agosto de 2006). Amor al estilo de Jesús.
Y esto lo confirma con su vida: cuántos sucesos importantes
de Jesús compartió (fue un amigo cercano, conocedor del Corazón de Jesús), qué
regalos de Él recibió (como su Madre, por ejemplo) y hasta dónde lo acompañó
(ya que llegó a los pies de la cruz).
- Intimidad con el Señor:
Una expresión natural del amor es la cercanía con la persona
que se ama: “Según la tradición, Juan es el discípulo predilecto, que en el
cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena”
(Benedicto XVI, audiencia general del 5 de julio de 2006). Pero esta escena,
con la cercanía física, nos muestra una
cercanía espiritual muy profunda, propia de un corazón creyente y lleno de
amor.
Por esto, pudo decir el Apóstol en su Primera Epístola: “Lo
que hemos visto y oído… lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con
nuestras manos acerca de la Palabra de Vida es lo que les anunciamos” (1Jn
1,1). Así nos enseña que conocimiento y amor van de la mano, porque no se puede
amar lo que se ignora. Nos enseña que la experiencia de Dios nos viene por la
fe: “Vio y creyó” (__).
Más aún, este Santo Apóstol nos deja otra importante
enseñanza: “El Señor, dice el Papa, desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con
Él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente;
también hay que vivir con Él y como Él”
(Benedicto XVI, audiencia general del 5 de julio de 2006). Para esto, nosotros
también tenemos nuestra “últimas cenas”, ya que el Señor nos espera, en cada
Misa, como a amigos muy queridos.
- Deseo de Dios:
Otra expresión del amor es el deseo, por el cual, San Juan
termina el Apocalipsis, último Libro de la Sagrada Escritura, “con un último
deseo, impregnado de ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Señor:
¡Ven,
Señor Jesús! (Ap 22,20); es una de las plegarias centrales de la
Iglesia naciente… Desde luego, implica ante todo la espera de la victoria
definitiva del Señor, de la nueva Jerusalén, del Señor que viene y transforma
el mundo. Pero, al mismo tiempo, es también una oración eucarística: ¡Ven,
Jesús, ahora! Y Jesús viene… Esta oración tiene también un tercer significado:
Ya has venido, Señor, estamos seguros de tu presencia entre nosotros… pero,
¡ven de manera definitiva!...” (Benedicto XVI, audiencia general del 23 de
agosto de 2006).
Conclusión:
Parafraseando al hombre del evangelio (Cf. Mc 9,24), podemos
rezar: “Señor, te amo, pero ven en ayuda de mi falta de amor; haz que, creyendo
en tu amor, te ame más y mejor. Así sea”.