Hágase en mí III

La oración como acto de confianza

El amor confiado, como hemos visto, le da a nuestro corazón diversas maneras o motivos de rezar, de estar en comunión con Dios, quizá a veces, con muy pocas o casi ninguna palabra. De hecho, como dice San Agustín, el afecto del corazón es el que ora[1] y como nos recuerda San Benito, “sepamos que seremos escuchados, no por hablar mucho, sino por la pureza de corazón y compunción de lágrimas.[2]

Teniendo en cuenta que, en materia de confianza, Santa Teresita es una maestra consumada, trataremos de entresacar de sus abundantes reflexiones, algunos puntos que nos sirvan para poder rezar confiando, para poder estar con Dios en el silencio de una confianza amorosa, para poder ir tras las huellas de nuestra Santa Madre que, sosegando su espíritu ante la mirada de Dios se entregó confiadamente.

 

Apoyarse en Dios

Rezamos, por ejemplo, cuando decimos: “Jesús, en Vos confío.” Y repitiendo esa oración vocal, con la sinceridad de un corazón que cree y ama, poco a poco, el mismo corazón estará en contacto con Dios, no sólo con las palabras sino porque aprende a poner su seguridad en las manos de Aquel que lo ama, aprende a apoyarse en esa presencia bienhechora que nunca lo deja, aprende a preferir los puntos de vista de Dios a los propios pensamientos y proyectos. Con este intercambio interior con el Señor, el alma se va transformando.

Cuando el corazón, con su afecto, se apoya en Dios, se parece al hombre que construye su casa sobre roca y, por tanto, no tema que se derrumba, porque los cimientos son sólidos (Cf. Mt 7,24-27).

 

Reconocer la propia pequeñez

Confiar en Dios como corresponde nos lleva a desconfiar de nosotros mismos, a luchar contra la propia suficiencia, adorando la grandeza de Dios. Cuando el corazón reconoce la propia pequeñez y su dependencia de Dios y acude a Él, está en oración. De hecho, es en este continuo contacto con la majestad divina donde aprendemos a ser humildes y confiados, donde podemos reconocer la propia nada sin desanimarnos.[3] Ponerse ante Dios como el publicano de la parábola (Cf. Lc 18,9-14), además de ser un acto de humildad y arrepentimiento, es un gesto de orante confianza que dice “Dios mío, ten piedad de mí,”[4]

Además, la caridad que une los corazones permite que nuestra confianza se haga intercesión. Reconociendo la propia limitación pero animados por el poder del amor divino, la confianza nos lleva a sentirnos servidores de todos, imitando la caridad de Cristo, para poder interceder por los demás.[5]

 

Libertad interior

Si con el salmista, nuestro corazón exclama “sólo en Dios descansa mi alma” (Salmo 62/63,6), y se vuelca hacia Él confiadamente, se va liberando de las ataduras que limitan su amor. Por esto, el corazón reza cuando renuncia a sus propias voluntades eligiendo el querer de Dios; cuando vence al temor porque renuncia al amor propio apoyándose en el amor divino; cuando aprende a despreocuparse de lo secundario ya que descansa en lo único que importa; cuando se anima a amar al prójimo no con la medida propia sino al estilo del Señor; cuando aprende a no necesitar nada, sino sólo a Dios…

 

Infancia espiritual

Cuando la fe nos muestra el amor paternal de Dios y la confianza nos impulsa hacia Él como los niños pequeños corren a los brazos de sus padres, el corazón aprende a rezar como un niño, como un hijo de Dios, que no tiene nada que darle, más que un amoroso beso.

Con “las manos vacías,”[6] podemos rezar si vivimos la confianza filial que descubre que lo más importante no es lo que hacemos nosotros sino lo que Dios hace en nosotros, y lo agradece con devoción y ternura.

 

Abandono

Cuando la oración persevera, cuando la confianza crece, cuando el amor se dilata, el cristiano puede recibir el don del abandono: “En sus divinos brazos no temo la tormenta. ¡Es toda y mi sola ley el abandono completo! Dormitar sobre su pecho, muy cerquita de su cara ¡es mi cielo para mí!”[7]

Cuando parece que el Señor no escucha, cuando las esperanzas humanas se acaban, la confianza madura sigue orando, como el pajarillo que sabe que no puede volar al sol, sin embargo advierte que el sol siempre brilla, incluso detrás de las nubes,[8] y en secreto le envía sus rayos.

Que el Señor nos conceda rezar así, abandonados a su amor, ya que este abandono es “una de las formas más puras y más absolutas del amor; es la cúspide del amor”[9] y se relaciona muy cercanamente con la adoración en espíritu y en verdad (Cf. Jn 4,23-24).

 

Conclusión

Como la Santísima Virgen, nosotros también quisiéramos vivir de la confianza, pues ella permite a Dios hacer su obra grande en nosotros. Pero para vivir de la confianza, es necesario rezar confiando, ya que “se ora como se vive, porque se vive como se ora.”[10] Esta forma de rezar y de vivir, no es para nada despreciable, por el contrario, contiene una bella bienaventuranza:

“Feliz el que pone en el Señor

toda su confianza” (Salmo 40,5).



[1] San Agustín, In Salmos 118, s.29,1.

[2] San Benito; Regla 20,3.

[3] Cf. Santa Teresita, Últimas Conversaciones.

[4] Cf. Santa Teresita, Carta 243.

[5] Cf. Francisco, C’est la Confiance 40.

[6] Santa Teresita, Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso.

[7] Poema 32.

[8] Cf. Santa Teresita, Manuscrito B.

[9] Cf. Beato Columba Marmion, Jesucristo, Ideal del monje.

[10] CATIC 2725.

Hágase en mí II

La oración, amar y ser amado

Siempre es importante volver a pensar en la oración, realidad fundamental en nuestro encuentro con Dios, en nuestra vida espiritual, en nuestro camino de salvación. ¿Qué es la oración? Es un don divino que nos une a Dios, nos permite tener una relación viva con Él, eleva nuestra alma.[1] Rezar es escuchar y hablar con Dios, contemplar y ser contemplados por Él, amar y ser amados por el Señor.

En la oración se entrecruzan la bondad divina y nuestra miseria, de ahí que Él nos bendice y nosotros lo alabamos, Él nos auxilia y nosotros le suplicamos, Él nos ha dado todo y nosotros lo adoramos…[2] Toda esta relación tan viva y fecunda, cuando es verdaderamente profunda, que está marcada por la presencia constante del amor divino que nos colma de bendiciones, ¿acaso no estará impregnada, de nuestra parte, de una evidente confianza? ¿Acaso podemos rezar sin confiar en ser escuchados, sin estar apoyados en la bondad de Dios que nos precede siempre, sin reconocer nuestra debilidad y su misericordia?

Además, nuestra oración cristiana procede de las virtudes teologales ya que nos relacionamos con Dios porque creemos en Él, lo esperamos y amamos.[3] Y en este sentido, el amor divino es como el corazón y motor de la oración. Reza el que ama.

«Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente. Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro» (San Juan María Vianney).[4]

Pero el amor tiene diversos actos. ¿Acaso el corazón amante no desea con ardor la presencia del amado? ¿No se llena de gozo cuando está junto a Él? ¿Acaso, el que está convencido del amor de Dios y lo ama, no confía en Él? Por esto, el deseo es oración, como enseñaba San Agustín[5] y la confianza también.

“La oración contemplativa, nos dice el Catecismo, es una mirada sencilla a Dios en el silencio y el amor. Es un don de Dios, un momento de fe pura, durante el cual el que ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre y recoge su ser bajo la acción del Espíritu.”[6] Esta entrega a la voluntad divina y ese recogerse bajo la acción de Dios, ¿no son acaso actos de una confianza llena de fe y amor?



[1] Cf. CATIC Compendio 534.

[2] Cf. CATIC Compendio 550.

[3] Cf. CATIC Compendio 558.

[4] Citado en CATIC Compendio 558.

[5] Cf. San Agustín, Carta a Proba 17: “nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar.”

[6] CATIC Compendio 571.

Hágase en mí I (Cuando la confianza se hace oración)

 

La confianza de María

Cuando el Arcángel San Gabriel fue enviado por Dios a la Santísima Virgen María, para anunciarle el gran mensaje de salvación, la encarnación del Hijo eterno de Dios, ella se turbó en su corazón (Cf. Lc 1,26ss).

Los verbos griegos utilizados διαταράσσω (diatarásso), que significa perturbar completamente, es decir agitar (con alarma)[1] y διαλογίζομαι (dialogízomai) que significa ponderar[2] nos ayudan a vislumbrar el estado interior de María. San Bernardo lo explica diciendo que “María se turbó a las palabras del ángel; se turbó, mas no se perturbó… María se turbó y no habló, sino que pensaba entre sí qué salutación sería ésta. Haberse turbado fue pudor virginal; no haberse perturbado, fortaleza; haber callado y pensado, prudencia.”[3]

La Santísima Virgen cree en el mensaje pero no termina de comprender cómo se llevará a cabo. Y el Ángel la consuela, la anima, le dice que no tema y, por tanto, que confíe.

Con esta confianza, que brota de la fe y del amor a Dios, de la seguridad de que los caminos de Dios son buenos, son los mejores, de que su palabra siempre es una gran bendición, nuestra Señora acepta: “Hágase en mí.” Como enseña San Juan Pablo II, esta palabra “"hágase" (génoito), que usa san Lucas, no sólo expresa aceptación, sino también acogida convencida del proyecto divino, hecho propio con el compromiso de todos sus recursos personales.[4]

Su confianza se hace oración y vida, al acoger el misterio del Dios encarnado, al ir presurosa llevando la Salvación a los demás, al dejarse guiar y conducir en la vida por la voluntad del Señor más que por el deseo propio.

Su aceptación fue un acto extremadamente valioso. En él podemos considerar la fe, la obediencia, la humildad, la caridad… pero también podemos considerar su confianza, actitud relacionada con todas las virtudes anteriormente mencionadas. Nuestra Madre vive ese espíritu sobrenatural, esa actitud general de contacto con Dios, en la oración que se hace un sí al Señor, apoyándose, confiadamente, en su obra. Por esto mismo, días más tarde cantará en la casa de Santa Isabel: “el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas” (Lc 1,49). Vivir y experimentar esa confianza es también una forma de oración.



[1] https://www.logosklogos.com/strongcodes/1298

[2] Kittel 127.

[3] San Bernardo, Homilías…

[4] San Juan Pablo II, catequesis sobre la Virgen.

Intentando un regreso

 Después de mucho tiempo queremos volver a publicar algunas reflexiones sobre lo más importante en nuestra vida, que es Dios. 

 En este blog ofrecemos diversos temas de interés para nuestra vida interior, por ejemplo:

Un Taller Bíblico, que ofrece algunos artículos sobre la Sagrada Escritura y cómo leerla con fruto para  nuestra vida.

Una sección con Lectio Divina, que contiene esquemas de oración con la Biblia.

Catequesis Permanente, con temas de catequesis para adultos, para poder profundizar en nuestra vida de fe.

Una catequesis para niños en forma de cuento.

Etc.

Además, junto a este blog, tenemos otro nuevo con esquemas de oración con las lecturas de la misa del domingo: https://oraciondominical.blogspot.com/

Dios los bendiga a todos.

P. Leandro 


 

 

Homilía Domingo XXVIII Ciclo A

 

Apóstoles Católicos

 

Introducción:

Según del Código de Derecho Canónico, la ley suprema de la Iglesia debe ser siempre la salvación de las almas (Cf. CIC 1752). De hecho, como dice la Sagrada Escritura, Dios quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1Tim 2,4). Ésta es la gran misión de la Iglesia y de cada bautizado.

 

  1. El deseo de Dios:

Ya lo decía el Antiguo Testamento, por ejemplo el profeta Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos” (Is 25,6). El mismo Señor Jesús, en su parábola dice: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren” (Mt 22,9).

Dios es el Buen Pastor que siempre nos acompaña con su bondad y misericordia, que no nos hace faltar nada de lo necesario para la salvación, que está a nuestro lado tanto en los días soleados como durante las negras tormentas…

Sin embargo, no siempre respetamos este deseo divino, no siempre el hombre lo acoge y deja fructificar: Algunos se excusan, otros maltratan a los que anuncian el llamado de Dios, otros, finalmente, aunque se acercan, no se preparan convenientemente (Cf. Mt 22, 1-14).

 

  1. Iglesia Católica:

Este deseo de Dios se refleja en la realidad de la Iglesia. Más aún, le ha dado su nombre: Católica significa “universal.”

Es Católica porque, como enseña el Catecismo, está enviada a todos los pueblos, buscando la salvación del mayor número de almas posible. También es Católica porque “anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación.” En definitiva, es universal puesto que Cristo está presente en Ella, actúa y salva por medio de Ella (Cf. CATIC Compendio 166).

Que esté enviada a todos no significa que le dé lo mismo una cosa que otra, puesto que, siguiendo la parábola evangélica, todos están llamados a un único banquete y tendrán que presentarse bien preparados y no de cualquier modo.

Por ser Católica, la Iglesia busca la salvación de todos… Anunciando la totalidad de la fe y la exigencia de la caridad, ofrece a todos los medios de salvación.

 

  1. La misión evangelizadora:

En esta misma línea, cada bautizado, según sus circunstancias, comparte la misión de acercar a Dios a los demás, de hacer “algo” por la salvación de sus hermanos. Así, el buen cristiano, no se conforma con su vida cristiana. Reza y suplica para que Dios toque el corazón de los más alejados; testimonia con su vida y sus obras el Evangelio de Jesucristo; une sus sufrimientos a los del Señor, por la conversión y salvación de los pecadores…

De este modo, todos podemos (y debemos) participar en ese gran deseo de Dios de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,3-4).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude a ser fieles a nuestro bautismo, no sólo acercándonos nosotros a Dios cada vez más, sino también procurando que otros se acerquen a Él y se salven.

Homilía Domingo XXVII Ciclo A

 

Consejos espirituales

Introducción:

En la segunda lectura de este domingo, el Apóstol San Pablo (Cf. Flp 4,6-9) nos habla directamente al corazón, como un sabio padre espiritual. En realidad -como sucede en toda la Biblia-, es el mismo Dios quien nos habla. En este caso, dándonos una serie de importantísimos consejos de vida cristiana.

Se nos habla de evitar la angustia, de practicar la oración, de vivir en paz, de buscar el bien, de ser coherentes y de vivir en la presencia de Dios. Consejos que nos sirven a todos, siempre, para crecer en nuestra relación con Cristo Jesús.

 

La alegría del corazón:

En primer lugar, como adivinando las muchas angustias que nos aquejan, la divina palabra nos dice: “No se angustien por nada”. Aunque humanamente podamos pensar que tenemos sobrados motivos para angustiarnos, San Pablo es firme: “No se angustien por nada”. En este sentido, conviene recordar algunos de los motivos que tenemos para no dejarnos vencer por la tristeza, el desaliento y la angustia.

En primer lugar, la Divina Providencia. Dios tiene un plan de salvación. Dios quiere nuestra eterna felicidad. En dicho plan, aunque nosotros lo desconocemos, todo tiene su lugar, su sentido, su importancia. San Pablo, en otro lugar, decía: “Todo sucede para el bien de los aman a Dios” (Rm 8,28).

Además, en toda circunstancia podemos recurrir al Señor, Él siempre está presente y su presencia nos alienta, nos ilumina, nos sostiene, nos guía: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Finalmente, el mismo Señor ha prometido que aquellos que buscan primero su Reino encontrarán todo lo necesario para la vida. De allí que inútilmente se angustia el creyente:Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

 

Recurran a la oración:

 En segundo lugar, se nos recuerda la importancia capital que tiene la oración: “Y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.”

Dios quiere que compartamos con él nuestra vida mediante la oración. En ella, conocemos a Dios y su voluntad, aprendemos a vivir según Dios, crecemos en la virtud. En cuanto a la acción de gracias, un de los Santos Padres enseñaba que dar gracias por lo adverso es signo de un alma generosa (Cf. San Juan Crisóstomo).

 

La paz verdadera:

En tercer lugar se nos habla de la paz: “La paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”

A diferencia de la falsa paz de este mundo, la paz de Dios es hija de la gracia y de la caridad. Es un don divino que reciben aquellos que viven unidos a Dios, aquellos que tienen su corazón en las manos divinas. Dicha gracia nos sobrepasa, nos transforma, nos eleva. Más aún,  nos ilumina y nos impulsa. Nos ilumina la mente con la fe y nos impulsa mediante la caridad. De este modo, aprendemos a pensar como Dios y a amar como Él.


Buscar el bien:

En cuarto término, se nos invita a reflexionar y practicar toda obra buena: “Todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos.”

Siempre será importante recordar la necesidad de la meditación. Esa meditación que nos lleva a ponernos en la presencia de Dios y pensar en sus cosas, en sus enseñanzas, en todo aquello que necesitamos para ser buenos cristianos. Es necesario meditar cada día, por ejemplo, en el amor de Dios, en las virtudes, en los sacramentos, en los mandamientos… También debemos meditar en nuestra vida cotidiana a la luz de Dios: ¿Qué quiere Dios de mi trabaja, de mi familia, de mi descanso? ¿Cómo puedo evangelizar el deporte, la política, el ambiente donde me muevo habitualmente?

Esta meditación continua nos ayudará a conseguir la unidad de Dios, es decir, a vivir todo de cara a Dios, tanto lo más sagrado como lo trivial, cotidiano, rutinario de nuestra existencia.

 

Coherencia de vida:

Luego, “pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí.”

Es importante, primero, conocer y vivir según las Escrituras. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento tenemos abundante alimento para nuestro crecimiento espiritual.

En segundo lugar, para nuestra coherencia de fe, nos es de gran utilidad conocer la vida de los Santos. El mismo San Pablo se pone como ejemplo. Son ellos los que nos alientan, los que nos animan, los que nos han marcado el camino que nosotros, a nuestro modo, debemos recorrer.

 

La presencia de Dios:

Finalmente, lo más importante: “Y el Dios de la paz estará con ustedes.”

La presencia de Dios en el alma es lo que nos transforma profunda y verdaderamente. Por la gracia, Dios habita de un modo especial en el corazón creyente. Esta presencia es la fuente de toda vida cristiana.

Dios, presente en nuestro corazón, es el que nos da alegría, luz, fortaleza… Esa presencia es, en definitiva, un preludio de la Vida Eterna. En el Cielo, estaremos con Dios sin la oscuridad de la fe.

A nuestra Madre le pedimos esta gracia.

Homilía Domingo XXVI Ciclo A

 

Un llamado para todos

 

Introducción:

Nuestra vida cristiana, en todo su desarrollo, tiene algunas características constantes. Siempre, el cristiano, por ejemplo, deberá renovar en su interior, el deseo profundo y eficaz de conversión.

 

  1. La conversión, obra de Dios:

Dios quiere que el malvado se aparte del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, de tal modo que así preserve su vida (Cf. Eze 18,27). Versículos más arriba, decía Dios por medio del mismo profeta: “¿Acaso deseo Yo la muerte del pecador –oráculo del Señor– y no que se convierta de su mala conducta y viva?” (Eze 18,23).

Dios quiere siempre nuestra vida y salvación. Por esto, quiere nuestra continua conversión, como el primero de los hijos del Evangelio que, aunque le dice que no, rechazando la voluntad paterna, luego se arrepiente y actúa conforme a las palabras de su Padre. Esta actitud de conversión no se agota sólo en cuanto a las obras exteriores, sino que “es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)” (CATIC 1428).

Conversión es metanoia, es decir, un cambio de mente, un cambio interior, cuando el corazón humano ya no quiere darle la espalda al Señor y se encamina hacia Él.

 

  1. Primera conversión:

Jesús, desde el comienzo de su misión, dirige esta llamada apremiante, que es parte esencial de su anuncio: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio” (CATIC 1427).

Los más alejados, los que no creen en Dios o viven como si Dios no existiera, son los primeros destinatarios de este mensaje. La llamada a la fe es, a su vez, una invitación a convertir corazón y vida al Señor.

 

  1. Conversión continua:

Pero también nosotros, los discípulos del Señor, necesitamos escuchar constantemente este llamado. La conversión es, según la Iglesia, una “tarea ininterrumpida” (CATIC 1428). Siempre necesitamos revisar nuestra vida, examinar nuestras intenciones, para rectificar el camino.

De ahí que con el salmista, cada uno de nosotros puede hacer propia su oración: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad” (Sal 24/25,4-5).

La continua conversión, también es necesaria porque nuestro fin es tremendamente elevado. Dios quiere que lo imitemos, lo cual se realiza cuando imitamos a Jesús, como lo desea el Apóstol: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).

Así nos damos cuenta que este camino de conversión no sólo es algo permanente, sino que además, es una propuesta fascinante.

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude en este proceso de la vida cristiana para que, también nosotros podamos ayudar a los que están más lejos de Dios a acercarse a Él.