La oración, amar y ser amado
Siempre es importante volver a pensar en la oración, realidad fundamental en nuestro encuentro con Dios, en nuestra vida espiritual, en nuestro camino de salvación. ¿Qué es la oración? Es un don divino que nos une a Dios, nos permite tener una relación viva con Él, eleva nuestra alma.[1] Rezar es escuchar y hablar con Dios, contemplar y ser contemplados por Él, amar y ser amados por el Señor.
En la oración se entrecruzan la bondad divina y nuestra miseria, de ahí que Él nos bendice y nosotros lo alabamos, Él nos auxilia y nosotros le suplicamos, Él nos ha dado todo y nosotros lo adoramos…[2] Toda esta relación tan viva y fecunda, cuando es verdaderamente profunda, que está marcada por la presencia constante del amor divino que nos colma de bendiciones, ¿acaso no estará impregnada, de nuestra parte, de una evidente confianza? ¿Acaso podemos rezar sin confiar en ser escuchados, sin estar apoyados en la bondad de Dios que nos precede siempre, sin reconocer nuestra debilidad y su misericordia?
Además, nuestra oración cristiana procede de las virtudes teologales ya que nos relacionamos con Dios porque creemos en Él, lo esperamos y amamos.[3] Y en este sentido, el amor divino es como el corazón y motor de la oración. Reza el que ama.
«Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente. Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro» (San Juan María Vianney).[4]
Pero el amor tiene diversos actos. ¿Acaso el corazón amante no desea con ardor la presencia del amado? ¿No se llena de gozo cuando está junto a Él? ¿Acaso, el que está convencido del amor de Dios y lo ama, no confía en Él? Por esto, el deseo es oración, como enseñaba San Agustín[5] y la confianza también.
“La oración contemplativa, nos dice el Catecismo, es una mirada sencilla a Dios en el silencio y el amor. Es un don de Dios, un momento de fe pura, durante el cual el que ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre y recoge su ser bajo la acción del Espíritu.”[6] Esta entrega a la voluntad divina y ese recogerse bajo la acción de Dios, ¿no son acaso actos de una confianza llena de fe y amor?
[1] Cf. CATIC Compendio 534.
[2] Cf. CATIC Compendio 550.
[3] Cf. CATIC Compendio 558.
[4] Citado en CATIC Compendio 558.
[5] Cf. San Agustín, Carta a Proba 17: “nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar.”
[6] CATIC Compendio 571.