La confianza de María
Cuando el Arcángel San Gabriel fue enviado por Dios a la Santísima Virgen María, para anunciarle el gran mensaje de salvación, la encarnación del Hijo eterno de Dios, ella se turbó en su corazón (Cf. Lc 1,26ss).
Los verbos griegos utilizados διαταράσσω (diatarásso), que significa perturbar completamente, es decir agitar (con alarma)[1] y διαλογίζομαι (dialogízomai) que significa ponderar[2] nos ayudan a vislumbrar el estado interior de María. San Bernardo lo explica diciendo que “María se turbó a las palabras del ángel; se turbó, mas no se perturbó… María se turbó y no habló, sino que pensaba entre sí qué salutación sería ésta. Haberse turbado fue pudor virginal; no haberse perturbado, fortaleza; haber callado y pensado, prudencia.”[3]
La Santísima Virgen cree en el mensaje pero no termina de comprender cómo se llevará a cabo. Y el Ángel la consuela, la anima, le dice que no tema y, por tanto, que confíe.
Con esta confianza, que brota de la fe y del amor a Dios, de la seguridad de que los caminos de Dios son buenos, son los mejores, de que su palabra siempre es una gran bendición, nuestra Señora acepta: “Hágase en mí.” Como enseña San Juan Pablo II, esta palabra “"hágase" (génoito), que usa san Lucas, no sólo expresa aceptación, sino también acogida convencida del proyecto divino, hecho propio con el compromiso de todos sus recursos personales.”[4]
Su confianza se hace oración y vida, al acoger el misterio del Dios encarnado, al ir presurosa llevando la Salvación a los demás, al dejarse guiar y conducir en la vida por la voluntad del Señor más que por el deseo propio.
Su aceptación fue un acto extremadamente valioso. En él podemos considerar la fe, la obediencia, la humildad, la caridad… pero también podemos considerar su confianza, actitud relacionada con todas las virtudes anteriormente mencionadas. Nuestra Madre vive ese espíritu sobrenatural, esa actitud general de contacto con Dios, en la oración que se hace un sí al Señor, apoyándose, confiadamente, en su obra. Por esto mismo, días más tarde cantará en la casa de Santa Isabel: “el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas” (Lc 1,49). Vivir y experimentar esa confianza es también una forma de oración.