Homilía Domingo XXVIII Ciclo A

 

Apóstoles Católicos

 

Introducción:

Según del Código de Derecho Canónico, la ley suprema de la Iglesia debe ser siempre la salvación de las almas (Cf. CIC 1752). De hecho, como dice la Sagrada Escritura, Dios quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1Tim 2,4). Ésta es la gran misión de la Iglesia y de cada bautizado.

 

  1. El deseo de Dios:

Ya lo decía el Antiguo Testamento, por ejemplo el profeta Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos” (Is 25,6). El mismo Señor Jesús, en su parábola dice: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren” (Mt 22,9).

Dios es el Buen Pastor que siempre nos acompaña con su bondad y misericordia, que no nos hace faltar nada de lo necesario para la salvación, que está a nuestro lado tanto en los días soleados como durante las negras tormentas…

Sin embargo, no siempre respetamos este deseo divino, no siempre el hombre lo acoge y deja fructificar: Algunos se excusan, otros maltratan a los que anuncian el llamado de Dios, otros, finalmente, aunque se acercan, no se preparan convenientemente (Cf. Mt 22, 1-14).

 

  1. Iglesia Católica:

Este deseo de Dios se refleja en la realidad de la Iglesia. Más aún, le ha dado su nombre: Católica significa “universal.”

Es Católica porque, como enseña el Catecismo, está enviada a todos los pueblos, buscando la salvación del mayor número de almas posible. También es Católica porque “anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación.” En definitiva, es universal puesto que Cristo está presente en Ella, actúa y salva por medio de Ella (Cf. CATIC Compendio 166).

Que esté enviada a todos no significa que le dé lo mismo una cosa que otra, puesto que, siguiendo la parábola evangélica, todos están llamados a un único banquete y tendrán que presentarse bien preparados y no de cualquier modo.

Por ser Católica, la Iglesia busca la salvación de todos… Anunciando la totalidad de la fe y la exigencia de la caridad, ofrece a todos los medios de salvación.

 

  1. La misión evangelizadora:

En esta misma línea, cada bautizado, según sus circunstancias, comparte la misión de acercar a Dios a los demás, de hacer “algo” por la salvación de sus hermanos. Así, el buen cristiano, no se conforma con su vida cristiana. Reza y suplica para que Dios toque el corazón de los más alejados; testimonia con su vida y sus obras el Evangelio de Jesucristo; une sus sufrimientos a los del Señor, por la conversión y salvación de los pecadores…

De este modo, todos podemos (y debemos) participar en ese gran deseo de Dios de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,3-4).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude a ser fieles a nuestro bautismo, no sólo acercándonos nosotros a Dios cada vez más, sino también procurando que otros se acerquen a Él y se salven.