Homilía Domingo XXVII Ciclo A

 

Consejos espirituales

Introducción:

En la segunda lectura de este domingo, el Apóstol San Pablo (Cf. Flp 4,6-9) nos habla directamente al corazón, como un sabio padre espiritual. En realidad -como sucede en toda la Biblia-, es el mismo Dios quien nos habla. En este caso, dándonos una serie de importantísimos consejos de vida cristiana.

Se nos habla de evitar la angustia, de practicar la oración, de vivir en paz, de buscar el bien, de ser coherentes y de vivir en la presencia de Dios. Consejos que nos sirven a todos, siempre, para crecer en nuestra relación con Cristo Jesús.

 

La alegría del corazón:

En primer lugar, como adivinando las muchas angustias que nos aquejan, la divina palabra nos dice: “No se angustien por nada”. Aunque humanamente podamos pensar que tenemos sobrados motivos para angustiarnos, San Pablo es firme: “No se angustien por nada”. En este sentido, conviene recordar algunos de los motivos que tenemos para no dejarnos vencer por la tristeza, el desaliento y la angustia.

En primer lugar, la Divina Providencia. Dios tiene un plan de salvación. Dios quiere nuestra eterna felicidad. En dicho plan, aunque nosotros lo desconocemos, todo tiene su lugar, su sentido, su importancia. San Pablo, en otro lugar, decía: “Todo sucede para el bien de los aman a Dios” (Rm 8,28).

Además, en toda circunstancia podemos recurrir al Señor, Él siempre está presente y su presencia nos alienta, nos ilumina, nos sostiene, nos guía: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Finalmente, el mismo Señor ha prometido que aquellos que buscan primero su Reino encontrarán todo lo necesario para la vida. De allí que inútilmente se angustia el creyente:Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

 

Recurran a la oración:

 En segundo lugar, se nos recuerda la importancia capital que tiene la oración: “Y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.”

Dios quiere que compartamos con él nuestra vida mediante la oración. En ella, conocemos a Dios y su voluntad, aprendemos a vivir según Dios, crecemos en la virtud. En cuanto a la acción de gracias, un de los Santos Padres enseñaba que dar gracias por lo adverso es signo de un alma generosa (Cf. San Juan Crisóstomo).

 

La paz verdadera:

En tercer lugar se nos habla de la paz: “La paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”

A diferencia de la falsa paz de este mundo, la paz de Dios es hija de la gracia y de la caridad. Es un don divino que reciben aquellos que viven unidos a Dios, aquellos que tienen su corazón en las manos divinas. Dicha gracia nos sobrepasa, nos transforma, nos eleva. Más aún,  nos ilumina y nos impulsa. Nos ilumina la mente con la fe y nos impulsa mediante la caridad. De este modo, aprendemos a pensar como Dios y a amar como Él.


Buscar el bien:

En cuarto término, se nos invita a reflexionar y practicar toda obra buena: “Todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos.”

Siempre será importante recordar la necesidad de la meditación. Esa meditación que nos lleva a ponernos en la presencia de Dios y pensar en sus cosas, en sus enseñanzas, en todo aquello que necesitamos para ser buenos cristianos. Es necesario meditar cada día, por ejemplo, en el amor de Dios, en las virtudes, en los sacramentos, en los mandamientos… También debemos meditar en nuestra vida cotidiana a la luz de Dios: ¿Qué quiere Dios de mi trabaja, de mi familia, de mi descanso? ¿Cómo puedo evangelizar el deporte, la política, el ambiente donde me muevo habitualmente?

Esta meditación continua nos ayudará a conseguir la unidad de Dios, es decir, a vivir todo de cara a Dios, tanto lo más sagrado como lo trivial, cotidiano, rutinario de nuestra existencia.

 

Coherencia de vida:

Luego, “pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí.”

Es importante, primero, conocer y vivir según las Escrituras. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento tenemos abundante alimento para nuestro crecimiento espiritual.

En segundo lugar, para nuestra coherencia de fe, nos es de gran utilidad conocer la vida de los Santos. El mismo San Pablo se pone como ejemplo. Son ellos los que nos alientan, los que nos animan, los que nos han marcado el camino que nosotros, a nuestro modo, debemos recorrer.

 

La presencia de Dios:

Finalmente, lo más importante: “Y el Dios de la paz estará con ustedes.”

La presencia de Dios en el alma es lo que nos transforma profunda y verdaderamente. Por la gracia, Dios habita de un modo especial en el corazón creyente. Esta presencia es la fuente de toda vida cristiana.

Dios, presente en nuestro corazón, es el que nos da alegría, luz, fortaleza… Esa presencia es, en definitiva, un preludio de la Vida Eterna. En el Cielo, estaremos con Dios sin la oscuridad de la fe.

A nuestra Madre le pedimos esta gracia.