Introducción:
Las personas de grandes obras son personas de profundas
convicciones. Más aún, cuando esas convicciones nacen de un corazón creyente.
Una convicción, fuerte en la vida de los Santos, es que a Jesús, que se
esconde, se lo puede encontrar, si se lo busca correcta y tenazmente.
1. “Es el Señor”:
De hecho, el Santo Evangelio nos refiere cómo en medio de la
oscuridad de toda una noche sin fruto, uno de los Apóstoles, pudo reconocer a
Cristo: “Es el Señor” (Jn 21,7). Al
principio no pudieron reconocerlo, pero luego, con la milagrosa pesca, “el
discípulo al que Jesús amaba” (Jn 21,7) lo identificó. Otros lo reconocieron al
partir el pan (Cf. Lc 24,30-31), en su Iglesia (Cf. Lc 10,16) o en los pobres
(Mt 25,31-40). Este es caso de la Beata Madre Teresa, a quien el Papa Juan
Pablo II llama: “Icono del buen samaritano” (Beato Juan Pablo II, en su
beatificación).
2. Una vida para descubrir a Jesús
escondido:
“De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo
referente a la fe, soy una monja Católica. Por mi vocación, pertenezco al
mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de
Jesús”. Esta santa mujer nació en 1910 y falleció en 1997.
Refiriéndose al pasaje en que Cristo ve, como hechas a Él,
las obras de misericordia hechas al prójimo necesitado (Cf. Mt 25,40), dice el
Beato Juan Pablo II: “Este pasaje evangélico, tan fundamental para comprender
el servicio de la madre Teresa a los pobres, fue la base de su convicción llena
de fe de que al tocar los cuerpos quebrantados de los pobres, estaba tocando el
cuerpo de Cristo” (Beato Juan Pablo II en su beatificación). Por esto “iba por
doquier para servir a Cristo en los más pobres de entre los pobres” (Ídem).
Su amor por los más desprotegidos de todos, los niños por
nacer, le hacía decir: "Si oís que una mujer no quiere tener a su hijo y
desea abortar, tratad de convencerla de que me traiga a ese niño. Yo lo amaré,
viendo en él el signo del amor de Dios" (Ídem).
Una vida así no podía sostenerse naturalmente, por eso, su
convicción y su amor se alimentaban diariamente de la oración, sobre todo de la
oración eucarística, con la cual pudo soportar las duras pruebas que tuvo en su
vida: “En las horas más oscuras se aferraba con más tenacidad a la oración ante
el santísimo Sacramento. Esa dura prueba espiritual la llevó a identificarse
cada vez más con aquellos a quienes servía cada día, experimentando su pena y,
a veces, incluso su rechazo” (Ídem).
De este modo, nuestra beata, no sólo con palabras, sino con
“su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde.
No sólo eligió ser la última, sino también la servidora de los últimos. Como
verdadera madre de los pobres, se inclinó hacia todos los que sufrían diversas
formas de pobreza. Su grandeza reside en su habilidad para dar sin tener en
cuenta el costo, dar "hasta que duela". Su vida fue un amor radical y
una proclamación audaz del Evangelio” (Ídem).
Así: “saciar la sed de amor y de almas de Jesús en unión con
María, la madre de Jesús, se convirtió en el único objetivo de la existencia de
la madre Teresa, en la fuerza interior que la impulsaba y la hacía superarse a
sí misma e "ir deprisa" a través del mundo para trabajar por la
salvación y la santificación de los más pobres” (Ídem).
3. La misión de la caridad:
“Con el testimonio de su vida, madre Teresa recuerda a todos
que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a través de la caridad,
alimentada con la oración y la escucha de la palabra de Dios. Es emblemática de
este estilo misionero la imagen que muestra a la nueva beata mientras estrecha,
con una mano, la mano de un niño, y con la otra pasa las cuentas del rosario”
(Ídem). Así nos enseña que si queremos ser verdaderamente misioneros, hemos de
recibir el amor de Dios, en la oración y luego transmitirlo a los demás.
Conclusión:
Para finalizar, le pediremos a nuestra Madre celestial su
ayuda en nuestro servicio:
“Virgen María, Reina de todos los santos, ayúdanos a ser
mansos y humildes de corazón como esta intrépida mensajera del amor. Ayúdanos a
servir, con la alegría y la sonrisa, a toda persona que encontremos. Ayúdanos a
ser misioneros de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. Amén” (Ídem).