Introducción:
Como los cimientos de una casa, los Apóstoles son venerados en la Iglesia, porque sobre ellos la edificó Cristo. Por esto, son ellos las piedras donde se apoya nuestra fe. Pero no sólo en cuanto a los contenidos, pues los cristianos de siempre creemos lo que Jesús les transmitió a ellos, sino también en cuanto a las actitudes de fe. En nuestro caso los Santos Mateo y Tomás, son modelos de cómo vivir la fe.
Santos Mateo y Tomás:
En primer lugar, veamos brevemente algunos pasajes de sus vidas. “Mateo, nos dice el Papa Benedicto, está siempre presente en las listas de los Doce elegidos por Jesús (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15; Hch 1, 13). En hebreo, su nombre significa "don de Dios". El primer Evangelio canónico, que lleva su nombre, nos lo presenta en la lista de los Doce con un apelativo muy preciso: "el publicano" (Mt 10, 3). De este modo se identifica con el hombre sentado en el despacho de impuestos, a quien Jesús llama a su seguimiento: "Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y le siguió" (Mt 9, 9)” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006). Era “recaudador en Cafarnaúm, situada precisamente "junto al mar" (Mt 4, 13), donde Jesús era huésped fijo en la casa de Pedro” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006). Al elegir a Mateo el publicano, Jesús nos muestra que Él “no excluye a nadie de su amistad” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006).
Por otro lado, si pensamos en Santo Tomás, podemos recordar “cuando Jesús, en un momento crítico de su vida, decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén (cf. Mc 10, 32). En esa ocasión Tomás dijo a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11, 16). Esta determinación para seguir al Maestro es verdaderamente ejemplar y nos da una lección valiosa: revela la total disponibilidad a seguir a Jesús hasta identificar su propia suerte con la de Él y querer compartir con él la prueba suprema de la muerte” (Benedicto XVI, audiencia general del 27 de septiembre de 2006).
“Una segunda intervención de Tomás se registra en la última Cena. En aquella ocasión, Jesús, prediciendo su muerte inminente, anuncia que irá a preparar un lugar para los discípulos a fin de que también ellos estén donde Él se encuentre, especifica: «Y adonde yo voy sabéis el camino» (Jn 14, 4). Entonces Tomás interviene diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14, 5). En realidad, al decir esto se sitúa en un nivel de comprensión más bien bajo; pero esas palabras ofrecen a Jesús la ocasión para pronunciar la célebre definición: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6)” (Benedicto XVI, audiencia general del 27 de septiembre de 2006).
“Luego, es muy conocida, incluso es proverbial, la escena de la incredulidad de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Pascua” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006).
La fe pronta del publicano:
Volviendo al ejemplo de San Mateo, él nos muestra que nuestra fe sea pronta en obedecer, en llevar a las obras lo que cree nuestro interior: “Mateo, nos enseña el Papa, responde inmediatamente a la llamada de Jesús: "Él se levantó y lo siguió". La concisión de la frase subraya, claramente, la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente, Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006).
Así la fe, se nos presenta como una aceptación realmente importante en la vida, que marca un antes y un después en muchos aspectos. Implica un compromiso serio de amor, ante Aquel que “nos amó primero” (1Jn 4,10). Conlleva el abandonar muchas cosas para quedarnos con el Todo: “se levantó y lo siguió”.
La fe del discípulo incrédulo:
Ahora, si nos fijamos en el otro Apóstol, podemos encontrar una ayuda a nuestra fe, sobre todo, en los momentos de dificultad: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. “Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006). Más aún, con su duda retractada nos enseña a confiar más, en el poder de Dios, que en nuestra debilidad (Cf. Jn 20,24-28).
Conclusión:
Así, apoyados en estos Apóstoles que son nuestros guías, con el ejemplo de su vida, y también son nuestra protección con su poderosa intercesión, le pedimos al Señor y a su Madre, una vida de auténtica fe, pronta a la obediencia y capaz de superar las adversidades, para que nuestro obrar sea, un sincero y humilde: “Señor mío y Dios mío”.