Introducción:
La multitud que siguió a Jesús
después de la multiplicación de los panes (Cf. Jn 6,1ss), o parte de ella, tuvo
algo semejante a lo que podríamos llamar la “tentación del Apóstol Tomás”. Y ¿en qué consiste esto? En querer
ver, tocar, sentir… para creer; basar nuestro seguimiento de Jesús en cosas
materiales, cómo éstos que lo seguían por el pan multiplicado (Cf. Jn 6).
Podríamos resumirlo diciendo el deseo de
ver milagros.
1 1.
Milagros y milagros:
Sin embargo hay varios tipos de
milagros: quizás nosotros mismos alguna vez hayamos tenido la necesidad de ver
o experimentar cosas extraordinarias para ser mejores cristianos: “si se me
apareciera un ángel”, “si me hablara Jesús en persona”, “si Dios me solucionara
todos los problemas inmediatamente”…
Sin embargo, todo eso no es
necesario para la salvación y, por lo tanto, puede estar o no. Además, y lo que
es más importante aún, cotidianamente ocurren otros “milagros” más grandes, más
necesarios aunque no ocurren de modo extraordinario, sino por el contrario, de
un modo oculto y que sólo se aprecia mediante la fe.
- Hombre de milagros:
Y en este segundo sentido,
considerando a los milagros como obras de Dios que trascienden las capacidades
naturales, el sacerdote es un hombre de
milagros, porque es un instrumento de Dios para hacer su gran obra de
salvación.
Y esto, en primer lugar porque
sus manos y sus palabras pueden cambiar el pan y el vino en la presencia
cercana y salvadora de Jesús. Así, en cada Misa ocurre una obra milagrosa más
importante que el hecho de que un ciego vea, un mudo hable o un muerto
resucite. De tal modo que las palabras que salen de la boca de sacerdote hacen
que Dios venga al altar, se acerque a nosotros, el Dios que no puede ser contenido
por todo el universo, se presenta bajo la apariencia de una pequeña Hostia.
Pero además, el sacerdote tiene
el encargo de continuar de un modo especial la obra divina que Cristo hizo en
la tierra:
Por eso, de su boca escuchamos
la Palabra de Dios que ilumina nuestras vidas y así nos abre los ojos del alma
para ver la realidad según Dios, y poder ver además el camino que nos conduce
al Cielo. Y esto sobrepasa a que un ciego vea.
También, el agua que él derrama
sobre nuestras cabezas, nos abre las puertas de la Vida para siempre, hace que
Dios nos adopte como hijos suyos y nos incorpore a la Iglesia. Esta fecundidad
no acaba nunca porque mira hacia la Vida eterna.
Además, la paz que tanto
buscamos es imposible sin el perdón divino que, por medio de sus ministros ha
querido darnos el Señor, de tal modo que, bajo la señal de la cruz que realizan
sus manos, los cristianos nos convertimos al Señor una y otra vez. Y esto es
más grande que ver a un muerto resucitar. Y, a su vez, el sacerdote puede
fortalecernos con el óleo que contiene la fuerza del amor de Cristo
crucificado.
Su bendición ahuyenta al
demonio, protege el amor de los esposos, alivia al desconsolado, ayuda a las
almas del purgatorio, atrae los favores divinos y, a todos, nos alcanza su
oración. Finalmente, por sus manos viene el poder del Espíritu que santifica al
mundo.
- La obra de Dios es que creamos:
Por esto, nosotros, los hijos de
la Iglesia, antes que buscar cosas extraordinarias, debemos creer cada vez
mejor en la obra que Dios realiza por medio de sus sacerdotes, viendo en ellos
al mismo Jesucristo que nos acompaña, guía, sostiene, santifica…
Así entonces, a los sacerdotes
los podemos apreciar por muchos motivos: porque son buenos, porque nos ayudan,
porque nos han hecho bien, porque nos escuchan… pero en primer lugar y sobre
todo, los apreciamos porque con fe podemos darnos cuenta de que son un signo del amor redentor de Dios hacia
nosotros y hacia el mundo entero.
Conclusión:
De este modo, nos encomendamos a
la Reina de los Santos y al Santo Cura de Ars, pidiendo por todos los
sacerdotes, ya que su misión no es fácil, muy por el contrario excede las
fuerzas humanas; y para nosotros pedimos también la gracia de ver en ellos el
poder que Dios les ha dado para nuestra salvación.