El Pan de Dios
Introducción:
“Abres tu mano, Señor
y nos colmas con tus bienes” (Cf. Sal 144/145,16). Así, le rezamos a Dios
en el salmo, porque sabemos que Él es
muy generoso con nosotros. Y si es generoso en los bienes materiales, en
todo lo que se refiere a la creación, ¡cuánto más en los bienes espirituales!,
que nos son necesarios para la salvación.
Y para que recordemos cuánta es la generosidad de Dios, Jesús hace este milagro: da de comer a
una multitud con unos pocos panes.
- El Pan de Dios:
Jesús, después de curar a un enfermo en la piscina de
Betsata y de predicar (Cf. Jn 5,1ss), “atravesó el mar de Galilea” (Jn 6,1). Al
desembarcar, aunque lo esperaba una gran multitud, no se quedó en la orilla,
sino que “subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos” (Jn 6,3).
Y ¿qué más hizo? Levantando sus ojos vio a la multitud que se
acercaba, y pensó en ellos, pensó en
que sus fuerzas se estarían debilitando y en que necesitarían alimentarse. Y
había pensado también en cómo los iba a ayudar: Él mismo les iba a dar un alimento poderoso. Y por esto, para
mostrarnos no sólo su poder sino
también su generosidad, con unos
pocos pedazos de pan, le dio de comer a toda esa gente.
Él conoce lo que nos
cuesta caminar en la vida como verdaderos cristianos, y por esto, ha preparado
un alimento que nos fortalece: el Pan de Dios, que no son aquellos 5
pancitos de cebada, sino uno que se multiplica con mayor generosidad, del cual
nosotros mismos también podemos comer: “Yo
soy el Pan de Vida” (Jn 6,35), dice el Señor. Y por esto se quedó en la
forma de pan, en la Eucaristía.
- Un Pan que nos transforma:
Así, con una generosidad que dura siglos enteros, y que no
se acabará hasta el fin de los tiempos, Jesús
se queda en cada sagrario de la tierra como Pan divino, para que, los que nos
reconocemos necesitados de Dios, podamos acudir a Él.
Así, en la Eucaristía tenemos muy cerca de nosotros todo el poder del amor de Dios que quiere dar un
sentido profundo a nuestras vidas. Es el Pan de Dios, Jesús en la
Eucaristía, quien nos hace capaces de comportarnos “de una manera digna de la
vocación que han recibido” (Ef 1,1),
como dice el Apóstol.
De hecho, las virtudes que nos señala San Pablo, las podemos
encontrar si las buscamos en Jesús, si venimos a buscarlas en cada Misa, pero
también en esos silenciosos momentos de adoración eucarística, donde Jesús
siempre nos espera. Así, en el Corazón
eucarístico de Jesús podemos encontrar la humildad, la mansedumbre, la paciencia
y, sobre todo, el amor verdadero (Cf. Ef 1,2).
En la Eucaristía,
podemos encontrar la paz que todos necesitamos, la luz que oriente nuestro
caminar, el entusiasmo para no bajar los brazos… ¡Qué importante que es
esto! Porque “es el Señor” (Jn
21,7). Pero aquí nos preguntamos: ¿por qué los cristianos no frecuentan tanto
este Sacramento admirable? Aunque las
respuestas puedan ser varias, hagamos nosotros el propósito de creer en el
Señor y de venir a buscarlo en la Eucaristía.
- “Danos hoy nuestro Pan de cada día”:
Por esto, el Señor nos enseñó a pedirlo, a pedir este Pan de Dios todos los días
con la oración del Padre Nuestro: “Puesto que «no sólo de pan vive el hombre,
sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4), la petición
sobre el pan cotidiano se refiere igualmente al hambre de la Palabra de Dios
y del Cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía, así como al hambre
del Espíritu Santo… Y esto se nos concede, sobre todo, en la Eucaristía,
que anticipa el banquete del Reino venidero” (CATIC Compendio 593).
Conclusión:
Y terminamos esta reflexión con una petición a la Virgen,
Mujer eucarística: “Madre, que nos demos cuenta de lo grande que es este regalo
que Dios nos da, a Jesús Pan de vida, presente en la Eucaristía”.