Judas y San Matías



Introducción:
El Señor, muchas veces, enseñó con parábolas “campesinas”, ya que tomaba como ejemplos de la vida espiritual, realidades cercanas a la gente de campo, como los cambios climáticos, los animales, la semilla, los diversos tipos de terrenos…
La semilla y el terreno: 
Una de esas parábolas, puede ser titulada como: “La semilla que crece sola” (Cf. Mc 4,26ss). En ella, Jesús nos enseña que su Palabra, tiene vida propia, tiene una fuerza interior que la hace capaz de dar fruto: “Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6,68) le dijo San Pedro al Señor. Dios puede transformar nuestra existencia, llenándola de verdadera Vida.
Sin embargo, para entender la acción divina en nosotros, debemos recordar otra parábola, la que solemos llamar “Parábola del Sembrador” (Cf. Mc 4,3ss), en la cual se nos dice que el fruto que esta semilla dé, depende de la recepción, es decir, de la tierra que reciba a esa semilla, de la respuesta libre del hombre al don de Dios. El Señor nos ama a todos, pero queda, en cada uno, responder libremente a ese amor: de hecho, algunos responden mal y otros, entre los que responden bien, unos dan más fruto que otros.
Judas:
Esto, que es una real posibilidad en toda vida cristiana, sucedió en el grupo, elegido por el Señor, de los Apóstoles: algunos respondieron bien, otros, no tanto.
Éste es el caso del Apóstol Judas, hombre misterioso, que nos hace pensar en lo difícil de comprender  el corazón humano, no para asustarnos, sino para confiar más en la obra misericordiosa que Dios quiere hacer en nuestras vidas y abandonarnos responsablemente en sus manos.
“"El que iba a entregarlo". Esta expresión se encuentra dos veces en el cuarto Evangelio, después de una confesión de fe de Pedro (cf. Jn 6, 71) y luego, durante la unción de Betania (cf. Jn 12, 4). Otros pasajes muestran que la traición se estaba gestando: "aquel que lo traicionaba", se dice de él durante la última Cena… (cf. Mt 26, 25) y luego en el momento en que Jesús fue arrestado (cf. Mt 26, 46. 48; Jn 18, 2. 5)” (Benedicto XVI, audiencia general del 18 de octubre de 2006). Los grandes crímenes, se van preparando de a poco: nadie abandona al Señor totalmente de una sino que, el que es infiel en lo poco, termina siéndolo en lo mucho.
“Se trata, por lo tanto, de una figura perteneciente al grupo de los que Jesús había escogido como compañeros y colaboradores cercanos. Esto plantea dos preguntas al intentar explicar lo sucedido. La primera consiste en preguntarnos cómo es posible que Jesús escogiera a este hombre y confiara en él… Es un misterio su elección” (Benedicto XVI, audiencia general del 18 de octubre de 2006). El Sembrador siembra su semilla de amor…
Una segunda pregunta atañe al motivo del comportamiento de Judas: ¿por qué traicionó a Jesús?... Lucas escribe: "Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce" (Lc 22, 3). De este modo, se va más allá de las motivaciones históricas y se explica lo sucedido basándose en la responsabilidad personal de Judas, que cedió miserablemente a una tentación del Maligno. En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio. Jesús lo trató como a un amigo (cf. Mt 26, 50) pero, en sus invitaciones a seguirlo por el camino de las bienaventuranzas, no forzaba las voluntades ni les impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la libertad humana. En efecto, las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas” (Benedicto XVI, audiencia general del 18 de octubre de 2006).
Ante esto, nos preguntamos cómo podemos evitar caer en tentación. Así nos contesta el Papa: “El único modo de prevenirlas consiste en no cultivar una visión de las cosas meramente individualista, autónoma, sino, por el contrario, en ponerse siempre del lado de Jesús, asumiendo su punto de vista. Día tras día debemos esforzarnos por estar en plena comunión con Él” (Benedicto XVI, audiencia general del 18 de octubre de 2006). Y continúa: “Recordemos dos cosas. La primera: Jesús respeta nuestra libertad. La segunda: Jesús espera que queramos arrepentirnos y convertirnos; es rico en misericordia y perdón” (Benedicto XVI, audiencia general del 18 de octubre de 2006).
San Matías:
Así y todo, Judas traicionó al Señor, pero su lugar no quedó vació, pues la Palabra divina suscitó a otro que lo ocupara, reparando con su vida, la infidelidad del traidor.
Muy poco sabemos acerca del Apóstol elegido para ocupar el lugar de Judas: “No sabemos nada más de él, salvo que fue testigo de la vida pública de Jesús (cf. Hch 1, 21-22), siéndole fiel hasta el final. A la grandeza de su fidelidad se añadió después la llamada divina a tomar el lugar de Judas, como para compensar su traición.
De aquí sacamos una última lección: aunque en la Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros nos corresponde contrarrestar el mal que ellos realizan, con nuestro testimonio fiel a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador” (Benedicto XVI, audiencia general del 18 de octubre de 2006).
Conclusión:
Así, meditando la vida de los Apóstoles elegidos por el Señor, podemos ver nuestra debilidad, nuestras limitaciones, pero sobre todo, el poder de esa semilla divina que tanto en ellos, como en nosotros, quiere dar fruto abundante: el fruto de una vida de fe demostrada en obras. Por esto le pedimos a la Virgen: Madre que se note que creemos en un Dios que nos ama, que creemos en el Corazón de Jesús, que los Apóstoles contemplaron de cerca, como estamos llamados a contemplarlo también nosotros.

Santos Mateo y Tomás



Introducción:
Como los cimientos de una casa, los Apóstoles son venerados en la Iglesia, porque sobre ellos la edificó Cristo. Por esto, son ellos las piedras donde se apoya nuestra fe. Pero no sólo en cuanto a los contenidos, pues los cristianos de siempre creemos lo que Jesús les transmitió a ellos, sino también en cuanto a las actitudes de fe. En nuestro caso los Santos Mateo y Tomás, son modelos de cómo vivir la fe.
Santos Mateo y Tomás:
En primer lugar, veamos brevemente algunos pasajes de sus vidas. “Mateo, nos dice el Papa Benedicto, está siempre presente en las listas de los Doce elegidos por Jesús (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15; Hch 1, 13). En hebreo, su nombre significa "don de Dios". El primer Evangelio canónico, que lleva su nombre, nos lo presenta en la lista de los Doce con un apelativo muy preciso: "el publicano" (Mt 10, 3). De este modo se identifica con el hombre sentado en el despacho de impuestos, a quien Jesús llama a su seguimiento: "Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y le siguió" (Mt 9, 9)” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006). Era “recaudador en Cafarnaúm, situada precisamente "junto al mar" (Mt 4, 13), donde Jesús era huésped fijo en la casa de Pedro” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006). Al elegir a Mateo el publicano, Jesús nos muestra que Él “no excluye a nadie de su amistad” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006).
Por otro lado, si pensamos en Santo Tomás, podemos recordar “cuando Jesús, en un momento crítico de su vida, decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén (cf. Mc 10, 32). En esa ocasión Tomás dijo a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Jn 11, 16). Esta determinación para seguir al Maestro es verdaderamente ejemplar y nos da una lección valiosa: revela la total disponibilidad a seguir a Jesús hasta identificar su propia suerte con la de Él y querer compartir con él la prueba suprema de la muerte” (Benedicto XVI, audiencia general del 27 de septiembre de 2006).
“Una segunda intervención de Tomás se registra en la última Cena. En aquella ocasión, Jesús, prediciendo su muerte inminente, anuncia que irá a preparar un lugar para los discípulos a fin de que también ellos estén donde Él se encuentre, especifica: «Y adonde yo voy sabéis el camino» (Jn 14, 4). Entonces Tomás interviene diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14, 5). En realidad, al decir esto se sitúa en un nivel de comprensión más bien bajo; pero esas palabras ofrecen a Jesús la ocasión para pronunciar la célebre definición: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6)” (Benedicto XVI, audiencia general del 27 de septiembre de 2006).
“Luego, es muy conocida, incluso es proverbial, la escena de la incredulidad de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Pascua” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006).
La fe pronta del publicano:
Volviendo al ejemplo de San Mateo, él nos muestra que nuestra fe sea pronta en obedecer, en llevar a las obras lo que cree nuestro interior: “Mateo, nos enseña el Papa, responde inmediatamente a la llamada de Jesús: "Él se levantó y lo siguió". La concisión de la frase subraya, claramente, la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente, Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006).
Así la fe, se nos presenta como una aceptación realmente importante en la vida, que marca un antes y un después en muchos aspectos. Implica un compromiso serio de amor, ante Aquel que “nos amó primero” (1Jn 4,10). Conlleva el abandonar muchas cosas para quedarnos con el Todo: “se levantó y lo siguió”.
La fe del discípulo incrédulo:
Ahora, si nos fijamos en el otro Apóstol, podemos encontrar una ayuda a nuestra fe, sobre todo, en los momentos de dificultad: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. “Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros como habló con él. Al mismo tiempo, su pregunta también nos da el derecho, por decirlo así, de pedir aclaraciones a Jesús. Con frecuencia no lo comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender. De este modo, con esta sinceridad, que es el modo auténtico de orar, de hablar con Jesús, manifestamos nuestra escasa capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asumimos la actitud de confianza de quien espera luz y fuerza de quien puede darlas” (Benedicto XVI, audiencia general del 30 de agosto de 2006). Más aún, con su duda retractada nos enseña a confiar más, en el poder de Dios, que en nuestra debilidad (Cf. Jn 20,24-28).
Conclusión:
Así, apoyados en estos Apóstoles que son nuestros guías, con el ejemplo de su vida, y también son nuestra protección con su poderosa intercesión, le pedimos al Señor y a su Madre, una vida de auténtica fe, pronta a la obediencia y capaz de superar las adversidades, para que nuestro obrar sea, un sincero y humilde: “Señor mío y Dios mío”.

Nuestro mejor partido



En pocos días comenzará algo grande, algo casi extraordinario, algo que tendrá al mundo entero cautivado… Se acerca el Mundial de Fútbol 2014. Es grande porque así lo es el fútbol, así lo es Brasil, así lo es todo lo que tiene alcance universal.
Este deporte es el más popular en el mundo entero. Lo juegan los ricos, lo juegan los pobres. Lo juegan los grandes, lo juegan los pequeños. No es simplemente correr tras una pelota… “El fútbol  es disciplina, dedicación, arte, es sudor, esfuerzo y lágrimas… es defender a tu compañero caído, es tender la mano al adversario… Es sinónimo de vida, hay obstáculos y barreras que pasar, decepciones que vivir, goles que fallar. Pero queda en ti superarlo… Fútbol  es humanidad, aceptación, tolerancia… Pueden ser muchos jugadores pero uno el corazón que late y una la mente que piensa… Triunfar es el fin, únicamente juntos se logrará”.
Brasil es un país muy grande. Allí todo adquiere magnitudes enormes. Grande es su selva, su río, grande el Maracaná, grandes sus iglesias. Más grande aún, cuando es sede del mundo, cuando se hace escenario de un evento internacional, cuando todos los país se dirigen hacia allí como espectadores.
¡Cuánto entusiasmo, cuánta preparación! Pensemos en cada jugador, en cada soñador, que estará haciendo aquello por lo que, con esperanza, se preparó duramente, por mucho tiempo. Pensemos en cuántos, aunque con gran esfuerzo, se quedarán afuera de la cancha.
Imaginemos, si es posible, lo que pasará por aquellas mentes y aquellos corazones que, al pisar el césped, pensarán en todos los que, con su misma camiseta, los acompañarán a la distancia, en todos aquellos que gritarán, con la misma alegría, sus goles y que llorarán, con el mismo dolor, sus derrotas…  Así es el fútbol, así es la vida verdadera.
“¡Jesús nos ofrece algo más grande que la Copa del Mundo! Nos ofrece la posibilidad de una vida fecunda, una vida feliz, y también un futuro con Él que no tendrá fin, allá en la vida eterna” (Papa Francisco, Brasil 2013).
No todos podremos jugar un partido en el Mundial, pero sí todos somos convocados para jugar el partido de nuestra vida. ¡Este es nuestro mejor partido! A todos nos llaman para atajar las tentaciones del mal, para rechazar lo que nos pueda hacer perder. Hay que ver bien por donde viene la pelota contraria.
Todos podemos tirar el balón hacia adelante, con nuestra cabeza, con nuestras manos, con nuestros pies: con la cabeza,  reflexionando y rezando lo que es más importante en la vida; con las manos, pasando lo bueno que tenemos a los demás; con los pies, yendo a los lugares donde nos necesitan…
Más de una vez, será necesario parar la pelota y levantar la mirada para ver a quienes tenemos cerca, a quienes lejos. También tendremos que estar atentos para escuchar al DT. No podemos cortarnos solos.
Siempre es bueno recordar que, lo bueno que hagamos, hará sonreír a muchos, así como lo malo, entristecerá a otro tanto.
Finalmente, necesitamos la valentía de definirnos, de apuntar bien y patear con fuerza en buena dirección, según nos dice Dios. Así se hacen los goles, en el fútbol  y en la vida. ¡Juguemos, efectivamente, nuestro mejor partido!

¿Recibiste la confirmación?



Santa Rosa, 25 de abril de 2014
Querido Teófilo:
                        Estaba pensando en que falta poco tiempo para Pentecostés. Que linda solemnidad. Pensar que los Apóstoles vieron las lenguas de fuego, sintieron el viento impetuoso, pero, sobre todo, quedaron llenos del Espíritu Santo.
¡Qué gran misterio! Porque les cambió la vida. De débiles pasaron a ser fuertes, de cobardes se hicieron valientes, de ignorantes su inteligencia se abrió a los misterios del Cielo. Y pensar que algo parecido puede suceder cuando un cristiano se confirma…
A propósito de eso, ¿vos recibiste la confirmación? Porque si no, sería muy importante que pudieras hacerlo. La confirmación es el sacramento que nos hace crecer, espiritualmente hablando. Está bien hacer las cosas de niños cuando uno es un niño, pero crecer es un gran desafío del que nadie debe privarse, ni en la vida natural, ni menos aún, en la vida cristiana. Para ayudarnos en esto, Dios nos ha regalado la Confirmación.
Este crecimiento de la gracia bautismal, nos hace más profundamente hijos de Dios, más semejantes a Jesús, perfecciona nuestro vínculo con la Iglesia, nos fortalece.
Un bautizado, va a misa, reza e intenta portarse bien. Pero esto no es suficiente. El que no se conforma con el mínimo, el que busca la santidad, el que quiere agradar a Dios en todo… quiere más. El que va creciendo no puede guardarse egoístamente su fe, desea compartirla, testimoniarla, quiere contagiar a otros. Por esto, con la confirmación, la Iglesia nos dice que quiere que evangelicemos, como si nos diera el encargo y la misión de hacerlo. Confía en nuestras manos la tarea de hacer que nuestro alrededor sea un poco más cristiano, de iluminar con la luz de la fe, alentar con la fuerza de la esperanza y transformar con el fuego de la caridad.
Además, como esto no es fácil y en la vida tenemos muchas dificultades e, incluso, adversarios, este importante sacramento, aumenta nuestra fortaleza. No hay que tener miedo, al contrario, con mayor razón hay que recibirlo para que Dios nos ayude. Aunque nos cueste ser buenos y fieles seguidores de Jesús, al confirmarnos recibimos un poder que viene de lo Alto.
Incluso, este nuevo regalo de la gracia hará que, si estás bien preparado, crezcas en santidad. Con lo cual, el confirmado se esfuerza por corresponder a este don, con una vida espiritual más seria, adulta, responsable, entregada. Es de gran importancia tener en cuenta que, para crecer espiritualmente, la oración ocupa el primer lugar, lo que incluye la misa, la lectura orante de la Palabra de Dios, el examen de conciencia, entre otros. También, es bueno confesarse seguido y dejarse ayudar por un sacerdote que nos guíe en el camino espiritual. Hay otros medios más que ayudan a que esa llama que el Espíritu Santo enciende no se apague, sino que por el contrario, crezca.
Todo esto, mi querido amigo, se refleja en el rito del sacramento. Al acercarse al obispo, el que va a ser confirmado recibe la señal de la cruz con aceite perfumado en la frente. El aceite significa la marca y la gracia que deja en el alma este sacramento. El perfume insinúa la misión de transmitir a los demás las bendiciones que recibimos de Dios, como una flor transmite su perfume. La cruz es el signo del amor de Dios por nosotros y de nosotros por Él. La frente, parte bien visible, indica que el confirmado tendrá que dar la cara por Cristo, sin temor ni vergüenza.
Bueno, te dejo, porque ya te he robado parte de tu tiempo. Ojala podamos celebrar la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, porque todos lo necesitamos mucho.
Dios te bendiga.
P. Leandro.