Misionamos en Toay



Capilla Inmaculado Corazón de María, 6 de marzo de 2014

Querido Teófilo”:
Te escribo esta carta porque deseo que conozcas lo que nos ha ocurrido en estos días, algo hermoso que el Señor nos ha regalado y quiero compartirlo contigo. Se trata de la misión eucarística casa por casa que pudimos realizar en Toay, en enero.
“Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: «Resérvenme a Saulo y a Bernabé para la obra a la cual los he llamado». Ellos, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron” (Hch 13,2-3).
Después de algunas reuniones organizativas, un tanto, explicativas (porque muchos era la primera misión que hacíamos) y un tiempo de oración, que consistió en proponerse cada uno hacer algunas Horas Santas, tuvimos el Envío Misionero el día 3 de enero en Sagrado Corazón. Sin intención de comparación, pero como les sucedió a los Apóstoles, fuimos los que Dios quiso.
Con bendición, agua y cruces al cuello salimos de la misa, con el corazón puesto en el día siguiente en que comenzaría la misión. “Vayan, sin miedo, a servir” se nos recordó en la homilía.
Sinceramente, he esperado mucho este momento” escribió alguien en el “Diario de la Misión”. A la mañana siguiente, un grupo en colectivo desde Anguil, otro desde la parroquia y uno más fue directamente al lugar de encuentro: María Auxiliadora de Toay. Desde allí fuimos al albergue.
Tuvimos otra reunión de preparación, recibimos el material para repartir y los pañuelos amarillos que nos distinguieron esos días. Nos repartieron en grupos y fuimos a rezar un momento, en silencio, a la capilla…

Equipo misionero:
“Llamó a su lado a los que quiso” (Mc 3,14). Siempre es así. El Señor nos quiere y nos llama para compartir su obra, no porque nos necesite sino porque nos quiere, nos ama y desea que le acompañemos en su misión. Por esto, surgió este grupo formado por un misionero eucarístico de San Rafael, varios jóvenes y adolescentes que nunca habían misionado, otros que sí, un curita inexperto, un seminarista y algunos adultos que hacían lo que podían con sus tiempos.
“Qué alegría es poder ver a la luz de la fe que Dios me llama y me envía. No importa que tan joven o inexperta o incapaz me sienta, porque Aquel que me eligió, me acompaña a visitar cada hogar y me anima a compartir lo que he recibido.” comentó una misionera. “No digas: ‘Soy demasiado joven’, porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene.” (Jer 1, 7)
No faltó alguna lágrima, no faltó alguna dificultad, como tampoco faltó el entusiasmo, la alegría y el corazón puesto tanto en la convivencia interna como en apostolado externo. Tampoco podemos olvidar los que sin poder asistir, nos apoyaron con sus oraciones. Incluso, un día nos acompañaron algunas misioneras locales.
El domingo por la tarde, anocheciendo, los misioneros tuvimos la primera bendición personal con el Santísimo Sacramento.

Un día en la misión:
La misión duró del 4 de enero al 11 y ningún día fue igual al otro. Sin embargo, más o menos, a  grandes rasgos puedo decir que a la mañana, nos reuníamos a rezar un momento, a veces en el albergue y a veces en la capilla. Además, todos los días, se exponía Jesús sacramentado a las 9 de la mañana. Luego, íbamos a desayunar y prepararnos para las visitas de casa entre las 9:30 y las 10 hs. Al mismo tiempo, alguno de nosotros ponía su voz en el coche-parlante.
Al regresar, antes de ir al almuerzo, podíamos visitar a Jesús que nos esperaba en el altar. Después, descanso o recreación.
A las 16 hs teníamos un encuentro formativo, que le llamamos “misión interna”, un momento para crecer los misioneros. En realidad, toda la misión hace crecer, pero este momento es especial para eso.
Después de la merienda, un grupo retomaba las casas y otro se dedicaba a los niños. Era muy hermoso ver, tanto a la mañana como a la tarde, llegar algún grupo de mayores que venían a ayudarnos. A lo largo de los días, nuevas caras iban apareciendo con un renovado entusiasmo.
A las 19:30 hs venía lo central de la misión eucarística: la predicación del misionero, la Misa y la Hora Santa. Luego cena, algún momento de recreación y a descansar.

La visita de casas:
“Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?” (LC 15,4).
Lo característico de una misión es ir a buscar a los que no vienen, salir a todos, golpear cada puerta. Por esto, dedicamos un tiempo para eso y nos organizamos para poder visitar todo el lugar. En general, podemos decir que se visitó toda la zona urbana a pie y se recorrió la zona de quintas con el coche-parlante. Claro que no había gente en todas las casas por horario de trabajo o vacaciones. También pudimos ir al barrio militar. No todos nos recibieron, pero a todos quisimos llegar.
Ir casa por casa es un gran desafío y una gran alegría. “Me cuesta arrancar cuando hay que salir a la calle, con el calor, a golpear puertas, meterme al mundo de cada familia. Pero cuando estoy en la calle visitando no me quiero volver!!!” (Diario de la Misión).
El primer día, dos misioneras escribieron en el “Diario de la Misión”: “Recién volvemos de misionar, realmente nos fue muy bien. Particularmente agradezco a Dios y a su Santo Espíritu por iluminarme y por este enorme regalo de poder testimoniar mi fe. Queda mucho por hacer y decir y Jesús nos acompaña!”.
La otra persona dice: “Mucha gente era evangélica y algo que me llamó la atención hoy es que una señora cuando nos acercamos nos dice: Pensé que eran evangélicos. Entonces con mi compañera nos dio la impresión de que no misionan mucho los de nuestra religión”.
El domingo 5, otro misionero explicaba que “compartimos muchas lindas experiencias con gente de otras religiones y la verdad nos trataron superbién, hicimos un intercambio muy pacífico de las mismas…”.
En el día de ayer, anotó otro grupo de misioneros, cuando salimos por primera vez, encontramos gente muy agradable con nosotros, lo que más nos movió fue lo dicho por una mujer, sus palabras de aliento, su agradecimiento”.
Insistía otro: “La mayor felicidad estaba cada vez que nos recibían, nos invitaban a pasar o tan sólo nos escuchaban, ni hablar cuando personas que visitamos y nos contaron que estaban alejados y de pronto verlos en la misión de niños, en misa y algunos quedándose a la hora santa. Mayor era mi felicidad y me sentía útil ya que gracias a nuestra visita en su hogar, ellos habían vuelto a acercarse a Jesús” (Diario de la Misión).
Otras dos misioneras que nos acompañaron un día, escribían: “Para nosotras fue muy agradable participar de la misión y que la gente nos escuche y nos abra las puertas de su casa” (Diario de la Misión).

El coche-parlante:
Una ayuda, un compañero, una voz cantante de lo que iría sucediendo… el coche-parlante. Con voces que iban cambiando, tanto a la mañana como a la tarde, este coche bocinero, juglar, predicador… iba anunciando a todos, los de las casa y los de las quintas, lo central de cada día de la misión.

La misión interna:
Como te decía más arriba, a las 16 hs. Nos reuníamos para la “misión interna”. En general eran charlas. El primer día fue sobre la misión, qué decir, cómo misionar, qué zonas le tocaba a cada grupo, etc. El domingo sobre la lectura de la biblia, cómo escuchar a Dios mientras leemos la Escritura. En esta no fue solo teoría, hicimos una práctica y Dios nos habló… El tercer y cuarto día vimos películas: La Misión y El Nacimiento. El miércoles, conversamos sobre la vocación, el llamado y cómo responder. El jueves, sobre la perseverancia y los medios para no abandonar a Jesús. El viernes, tuvimos una charla por separado, las chicas y los varones, sobre varios temas… Y el sábado, para el cierre, hicimos un balance todos juntos.
A esto hay que sumarle lo que compartimos esos días, la convivencia, dichos y anécdotas, experiencias y dichos que surgieron, el aguante ante las dificultades, las reconciliaciones… todo eso fue misión interna. Una misionera lo sintetizó así: “Estoy muy feliz, porque hemos conformado una linda comunidad” (Diario de la Misión). Otra persona lo expresaba de este modo: “Es evidente la alegría que hay en nuestros corazones por haber podido conocer y compartir momentos con personas tan maravillosas que disfrutan de llevar la palabra de Dios a quienes la necesitan, o simplemente darles una bendición, rezar con ellos” (Diario de la Misión).

La misión de niños:
Una convocatoria especial tuvieron los pequeños. De lunes a viernes estaban programadas actividades con ellos. El primer día aparecieron dos. El segundo un poquito más. Número que iba creciendo mientras la misión se iba acabando…
Juegos, pequeñas catequesis, sonrisas, sirvieron para estrechar los lazos de los niños entre ellos, pero sobre todo con los misioneros. Tampoco faltó el encuentro con Jesús. ¡No te imaginas lo hermoso que fue ver a esos pequeñitos recibir la bendición con el Santísimo!

El centro de la misión: Jesús Eucaristía
Desde el comienzo, el eje de la misión fue Jesús Eucaristía, por esto, la Misa diaria y la Hora Santa meditada fueron esenciales. También teníamos a Jesús expuesto sobre el altar de la mañana a la tarde. ¡Eso fue muy hermoso! Salir a misionar para Jesús y, al volver, encontrarnos con Él en la capilla, esperándonos.
Respecto a la Misa y la Hora Santa, los primeros días había poca gente, a veces iban personas de Santa Rosa, incluso algunos padres de misioneros. Pero el viernes y el sábado, la iglesia estaba casi llena.
Recién terminó la hora santa, escribía alguien uno de los primeros días. Fue sencillamente hermosa” (Diario de la Misión). La hora santa es un momento de estar con Jesús, de pensar en Él y en sus cosas, en el misterio tan consolador de su presencia eucarística. Incluye también un momento de cercanía, cuando estamos por recibir la bendición, como si nos dijera a cada uno: “te amo”, “tú eres de gran precio a mis ojos, porque eres valioso, y yo te amo” (Isaías 43,4). Es uno de los momentos en que hay que dejarlo todo en sus manos, sin temor, sin reservar nada. Porque creemos firmemente lo que Él nos ha dicho: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28).
La presencia del Señor en el Sacramento de su Amor es la gracia más grande que pudimos compartir misioneros y misionados. Una misionera dijo, por ahí, que aunque desde antes creía en la presencia de Jesús, en la misión se había encontrado con Él.
Una joven de Toay, que hacía mucho que no iba a la iglesia, al pasar y verla abierta, entró y se quedó un rato con Jesús que la esperaba.

Los misioneros se van, el Señor se queda:
Llegó el sábado, último día. Misa y procesión con el Santísimo alrededor de la plaza. Llegó el momento de la despedida. Y es así. Hay que volver a casa. Pero el Señor quiere quedarse y, por gracia de Dios, se estableció día de adoración eucarística todos los jueves, después de la misa hasta la misa del viernes.
Con esta noticia, nuestro corazón se llenó de regocijo, porque quedó lo más importante. Además, volveremos a encontrarnos en cada hora santa, nosotros rezando por ellos y ellos por nosotros.

Misioneros misionados:
Antes de despedirme, una última palabra sobre la gracia que fue para cada uno de nosotros el haber podido misionar: “Es una felicidad enorme estar hoy acá, entre tanta alegría, entre tanta presencia tuya en cada corazón… Quisiera ser instrumento de Tu Amor durante mucho tiempo; descubrí que la misión es muy movilizadora, que la alegría de llevarte en mis palabras y aún en mis actos no se compara con… ¡nada!” (Diario de la Misión). Más brevemente decía otra: “Fue una experiencia hermosa” (Diario de la Misión). “Muy feliz y plena me siento… la misionada fui yo” (Diario de la Misión) agrega alguien más. “Con cada testimonio que escuchamos aprendemos algo nuevo que nos ayuda a crecer en amor a Dios” escribía otra persona en el Diario.
Querido Teófilo”, termino con una frase que saqué del Diario de la Misión y desearía que nos quedara grabada en el corazón a todos, incluyéndote:

Sabemos que queda mucho por recorrer”.

Un misionero.

PD: ¡nos vemos en la próxima misión!

San Alberto Hurtado



Introducción:
La vida del cristiano tiene diversos aspectos incluso, a veces, nos puede resultar difícil lograr el adecuado equilibrio y la necesaria relación entre ellos, como por ejemplo la solicitud por el bien material de los demás y el apostolado. Sin embargo, la Palabra de Dios y el ejemplo de los Santos vienen en nuestra ayuda.
1.         “Te doy lo que tengo”:
Los Apóstoles, en los primeros pasos de la Iglesia naciente, comenzaron a transmitir lo que ellos mismos habían recibido del Señor. Y marcada a fuego les había quedado aquella sentencia del Maestro: “han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10,8).
Aunque no tenían muchas cosas materiales, sí tenían un tesoro espiritual gigantesco para dar, que a su vez redundó en un bien físico. Pues, San Pedro, con la intención de curar al paralítico, le dijo: “Te doy lo que tengo” (Hch 3,6). Y el enfermó se sanó. También cada cristiano, de ayer y de hoy tiene, según su propia vocación, un tesoro para dar, tesoro que tiene una múltiple riqueza que es preciso advertir, pues la fe nos hace ver cuánto nos ama Dios y, así, nos motiva a amar a los demás.

2.         San Alberto, un sacerdote para todos:
San Alberto Hurtado, sacerdote chileno, es entre otros muchos, un ejemplo de esto. Durante su vida, muchas personas podrían haber oído estas palabras de su boca, pero sin duda las vieron reflejadas en sus obras:
Nacido en 1901, tuvo desde pequeño que ir a vivir con otros parientes, experimentando así la pobreza. De este modo, más tarde en su etapa de estudiante, “se interesó vivamente por los pobres, yendo a trabajar con ellos a los barrios más miserables, todos los domingos por la tarde” (www.vatican.va): “Te doy lo que tengo”.
En 1923 entró con los jesuitas y en 1933 fue ordenado sacerdote en Lovaina. Al volver a su país, su celo apostólico se extendió, poco a poco, a todos los campos: educación, orden social, ejercicios espirituales, dirección espiritual, Acción Católica, etc.: “Te doy lo que tengo”.
En 1944, en medio de un retiro, puso los cimientos para su obra más famosa: “el Hogar de Cristo”. “Se trata de aquella forma de actividad caritativa que ayuda a gente sin techo, dándole no sólo un lugar para vivir, sino un verdadero hogar” (www.vatican.va): “Te doy lo que tengo”.
Resumiendo sus últimos años, podemos decir: “fue un tiempo de intenso apostolado, expresión profunda de su amor personal por Cristo y, precisamente por eso, caracterizado por una gran dedicación a los niños pobres y abandonados, por un celo ardiente por la formación de los laicos, y por un vivo sentido de justicia social cristiana” (www.vatican.va).

3.         Unión de apostolado y obra social
En este punto, conviene detenerse a considerar: una profunda vida de fe y amor a Cristo, no disminuye la solicitud por el bien material del prójimo. Muy por el contrario, lo pone en su centro y lo eleva por una solicitud mayor y más importante.
A este respecto, nos decía el siervo de Dios, Papa Pablo VI: “Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre, que hay que evangelizar, no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden, eminentemente evangélico, como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?” (EN 31).

Conclusión:
De este modo, el ejemplo de los Santos y la enseñanza de la Iglesia nos invitan a crecer en la fe. Una fe que, aceptando el amor que viene de Dios, trata por uno y otro lado de transmitirlo a los demás. Así, sabiendo que hemos recibido y, por lo tanto, llevamos en nuestro corazón el amor de Dios, podemos darlo a los demás, de tal modo que nuestra vida se resuma en dos cosas: mirando a Dios: “Todo es gracia”, y mirando a los demás: “Te doy lo que tengo”.