Homilía Domingo XXVI Tiempo Ordinario Ciclo B



  Auténticos profetas

Núm 11,25-29; Sal 18/19,8.10.12-14; Sant 5,1-6; Mc 9,38-43.45.47-48

Introducción:
Hoy en día, como siempre, pero de un modo especial, hace falta en el mundo gente que transmita a los demás la Palabra de Dios que salva. Que sean como esas lámparas que, con su luz, alumbran la oscuridad del corazón de los hombres.

  1.  Todos profetas:
Por esto, Moisés nos hace oír su lejana voz: “¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!” (Núm 11,29). Porque ser profeta quiere decir portavoz de Dios. El profeta, en efecto, transmite a los demás la Palabra de Dios. Y a esto, aunque de diverso modo, todos estamos llamados: pensemos en San Cayetano sacerdote, pensemos en San Lorenzo diácono y mártir, pero también pensemos en Santa Gianna Bereta Molla esposa y madre de familia, o en Santa María Goretti niña… todos ellos, junto a los demás Santos en general, hicieron suya primero y por eso transmitieron a los demás la Palabra que Dios no se cansa de anunciarnos.

  1.  Auténticos en la fe:
Así, una primera forma de transmitir a los demás nuestra fe, como profetas del Señor, es con el testimonio de la propia vida. Por esto, al escuchar las palabras de Jesús, que nos puede parecer un tanto duras, debemos pensar en su profundo significado más que en lo material de las palabras: cortar las manos, el pie, el ojo… (Cf. Mc 9,43-45) significa quitar de nuestra vida todo lo que no nos deja vivir como cristianos auténticos.
 Nos está invitando a adoptar una actitud de autenticidad en nuestros comportamientos y de radicalidad en nuestras opciones de vida; a no ser mediocres ni conformistas” (Catholic.net: P. Sergio Cordova LC). Esto no significa que todo sea malo, sino Jesús nos invita a una vida nueva y llena del amor de Dios, en la cual, todo lo que se oponga a este amor debe ser desterrado, todo lo que no nos deje amar verdaderamente a nuestros hermanos debe quedar a un costado, todo lo que nos lleve a hacerles mal, a dañarlos, a utilizarlos… debe desaparecer.
Así, le pedimos al Señor antes del Evangelio que nos transforme, que nos ayude a vivir como cristianos que no es fácil, que nos de la valentía de decirle que sí una vez más: “Tu palabra, Señor, es verdad; conságranos en la verdad” (Versículo del Aleluya), le decimos, en la verdad de lo que significa ser cristianos: seguidores de un Dios que nos amó tanto que entregó a su Hijo por salvarnos.

  1. Guarda del corazón:
Pero esto, no significa hacer grandes cosas extraordinarias, llamativas, extrañas, sino dejar que Dios nos dé un corazón semejante al suyo. Pues del corazón salen las malas obras (Cf. Mc 7,21), por eso, hay que conservar el corazón, nuestras intenciones y nuestras acciones según la voluntad de Dios. Así, cortar la mano, el pie, el ojo significa sacar de nuestro corazón lo que desagrada a Dios, nos hace mal a nosotros mismo y ofende a nuestros hermanos.

Conclusión:
Por esto, pidiéndole a nuestra Madre su ayuda y su guía, pensemos en qué cosas debemos dejar (egoísmo, un rencor, una situación que nos daña, un pensamiento que nos quita la paz…) para que el Señor aumente en nosotros su Vida Divina.

Homilía Domingo XXV Tiempo Ordinario Ciclo B



  La paz de Dios

Sabiduría 2, 17-20; Sal 53, 3-4. 5. 6 y 8; Santiago 3, 16-4, 3; Marcos 9, 30-37

Introducción:
Dice Jesús que Él vino a traer la espada (Cf. Mt 10,34ss). En realidad, siendo el Príncipe de la paz, al venir como la luz del mundo, en algunos suscita el rechazo (Cf. Jn 1,5).

  1. Jesús perseguido:
Tanto la primera lectura como el Evangelio nos revelan la violencia que se levanta contra el Señor: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán” (Mc 9,31).
Él es el Cordero que, aunque manso, lo llevan a matar cruelmente. El Príncipe de la paz, que es asesinado como malhechor. Bien caben en los labios de Cristo las palabras del salmista: “gente soberbia se ha alzado contra mí, hombres violentos atentan contra mi vida, sin tener presente a Dios” (Sal 53/54,5).
Ya el mismo prólogo de San Juan veía esta oposición radical al Salvador: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). El anciano Simeón lo declaró, por esto, signo de contradicción.

  1. Primer y último lugar:
Frente a esta violencia y rechazo, que caracteriza a una de las posibles respuestas ante el misterio de Cristo, el Señor enseña el camino opuesto: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,36).
Sus palabras nos revelan la grandeza del servicio: “En el servicio… todos se benefician de la grandeza de uno. Quien es grande en el servicio, es grande él y hace grandes a los demás; más que elevarse por encima de los demás, eleva a los demás consigo” (P. Raniero Cantalamessa). El Señor nos enseña, incluso, a servir a los pequeños.
Este servicio, según otro pasaje del Evangelio, está relacionado con dar la vida cumpliendo la voluntad del Padre: “el Hijo del hombre, que no vino para ser vendido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,28). Y dar la vida, tanto en lo grande como en lo pequeño, es amar, lo cual define maravillosamente Santo Tomás diciendo que “amar es desear el bien a alguien” (Citado en CATIC 1766).

  1. Construir la paz:
Este servicio, con el que cooperamos a la obra de salvación del Señor, contribuye a la paz, ya sea cuando cultivamos el bien como cuando combatimos el mal. Así lo expresa el Apóstol Santiago. De la envidia y la discordia surge el desorden, enemigo de la paz. Por otro lado, de lo Alto nos viene la sabiduría que es pura, pacífica, benévola, conciliadora, misericordiosa, sincera, justa.
El mal surge, muchas veces, de las pasiones desordenadas que hay en nuestro corazón. Por esto, practicando las virtudes, con oración y constancia, el buen cristiano vence la violencia, primero en su propio corazón, para poder imitar a Cristo. Es amando de verdad, a semejanza del Señor, como crecemos en nuestra vida espiritual y, a la vez, contribuimos a la paz de los que nos rodean.

Conclusión:
Nos encomendamos a la Virgen fiel, pidiéndole que nos conceda poder vivir y transmitir a los demás la paz que siempre necesitamos recibir de Cristo.

Homilía Domingo XXIV Tiempo Ordinario Ciclo B



¿Quién es Jesús?

Is 50, 5-9ª; Sal 114/115, 1-6. 8-9; Sant 2, 14-18; Mc 8, 27-35

Introducción:
Como la Virgen, muchas veces en nuestra vida, es bueno y necesario, meditar muchas veces sobre nuestra fe. Por esto, se renuevan en nuestro corazón las preguntas que nos impulsan a buscar la luz que nos guíe. Pero de todas las preguntas que más necesitamos reflexionar, la de Jesús ocupa el primer lugar.

  1.  ¿Quién es Jesús?
Tan importante es esta pregunta que el mismo Cristo nos la hace: “En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: – «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: – «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: – «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» Pedro le contestó: – «Tú eres el Mesías.»” (Mc 8,27-29).
De estas distintas respuestas podemos ver que, las primeras, aunque en algo se acerquen a la realidad, quedan a distancia, mientras que la respuesta de Pedro, aunque breve, da en el meollo. Es la respuesta de la fe, ya que, como dice San Mateo, “esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17).

  1.  ¿Quién es Jesús para mí?
Y descubrir al verdadero Jesús mediante la fe es de suma importancia puesto que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1).
Encontrarnos con Jesús, con el verdadero “Hijo de Dios” (Mt 16,16) hecho hombre, es lo que nos hace cristianos, lo que nos ilumina en la vida, lo que nos da la fortaleza para seguir su camino y llegar hasta el final.
Por esto nos preguntamos y volvemos a preguntarnos: ¿Quién es Jesús? ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida?
Pero el encuentro con este Jesús debe ser tan cercano, tan profundo, tan íntimo y maduro que nos lleve a seguirlo hasta la cruz. Lo cual, como le sucedió a San Pedro, a nosotros también nos cuesta.

  1. La respuesta de la fe:
Por esto, preguntarnos por Jesús es preguntarnos por nuestra fe en Él. Es preguntarnos por nuestros pensamientos, si “son los de Dios” o “los de los hombres” (Mc 8,33).
Jesús termina diciendo que “el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34b), porque las pruebas, que no son pocas, son necesarias para que crezca nuestra fe. Para lo cual hay que estar preparados…
A veces, las circunstancias de la vida ponen a pruebas nuestras obras de fe, por el lado del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad… A algunos les cuesta entender los caminos de la vida y, ante la cruz, se alejan de Dios, olvidando que por nosotros, ese mismo Dios subió a la cruz. Es la semilla que, al no tener profundidad por las piedras, se va secando.
Otros, tropiezan con pruebas muy distintas, a veces por los atractivos del mundo, por los deseos desviados de su corazón, por las propuestas de los demás, que luchan contra las exigencias de seguir a Jesús… Y así la semilla se va ahogando por las espinas.
Es necesario ser fieles a la fe en las obras pequeñas y cotidianas, sobre todo a la oración que dialoga con el Señor para seguirlo de cerca, para poder crecer en esos momentos de prueba y no desfallecer en el camino.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, siempre cercana a Jesús, tanto en Belén como en el Calvario, que nos dé una fe madura, para ir tras el Señor no a la distancia, sino lo más cerca que podamos.

Homilía Domingo XXIII Tiempo Ordinario Ciclo B



Médico y Salvador


Introducción:
Cuando el profeta Isaías describe la misión del Mesías, de Jesús, entre las distintas facetas no olvida mencionar una referida a los enfermos: “El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos” (Is 4,18). Y más adelante: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo” (Is 35,5-6).

  1. Nuestras enfermedades:
Dios conoce que “la enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud” (CATIC 1500).
Por lo cual, a lo largo de la Escritura muestra su bondadosa misericordia, ya que: “hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y endereza a los que están encorvados. El Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados. El Señor reina eternamente” (sal 145/146,7-10).
Más aún, su bondad sobrepasa el mal físico y subsana el mal espiritual: “¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman?” (Sant 2,5).
Por esto, “la enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal 38,5; 39,9.12)” (CATIC 1502). La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo” (CATIC 1503). Así “sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua” (CATIC 1505).

  1. Cristo, Médico del cuerpo y del alma:
Como signo de esto, San Marcos entre otras muchas curaciones nos narra la de un sordomudo: “Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Abrete»” (Mc 7,33-34).

  1. Signo de salvación:
Un modo con el que Jesús sigue acercándose a nuestras enfermedades, un signo de esta salvación que Cristo vino a traernos, de este poder que Jesús dejó entre los hombres, es el Sacramento de la Unción de los Enfermos. De hecho, para las enfermedades graves, en los momentos difíciles, Dios ha querido hacerse especialmente presente en la vida de sus hijos mediante este importante Sacramento. Y así, mediante la Unción, “Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos” (CATIC 1504) en el cuerpo, pero sobre todo en el alma.
Por esto es necesario que los cristianos revaloremos este sacramento, que lo pidamos con tiempo, que nos preparemos y preparemos a los demás a dejarnos ayudar por Jesús.

Conclusión:
Nos encomendamos a la Virgen, para que nos haga crecer en la fe, de tal modo que, incluso aquello que tanto nos cuesta llevar como es el sufrimiento y el dolor, pueda ayudarnos a seguir a Jesús de cerca.

Homilía Domingo XXII Tiempo Ordinario Ciclo B



  Palabra de Vida


Introducción:
Tan importante es, para nuestra vida, la Palabra de Dios que las lecturas de este domingo, nuevamente nos hacen meditar en ella. Así lo vivieron los Santos, tanto que por ejemplo, una de las cosas que le admiró a San Agustín de San Ambrosio fue verlo leer la Escritura. Más de una vez se lo encontró sólo con la Biblia entre sus manos, leyendo silenciosamente (Cf. Confesiones VI 3,3).

  1.  La Palabra de Dios:
De los diversos Textos podemos sacar la respuesta a esta pregunta: ¿Qué importancia tiene la Palabra de Dios para mí? Moisés dice de parte de Dios: “Escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que les da el Señor” (Deut. 4,1). Y más adelante dice: “Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos” (Deut. 4,6).
Por otro lado, el Apóstol Santiago refleja lo mismo con otras palabras: “Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad” (Sant. 1,18). Y luego afirma: “La Palabra sembrada en ustedes… es capaz de salvarlos” (Sant. 1,21).
Así vemos que la Palabra de Dios nos da:
  • Vida: Dios con su Palabra nos engendra y nos da una vida distinta de la natural, ya que nos capacita para vivir como hijos suyos. Por esto, dice San Juan al comenzar su Evangelio: “a todos los que la recibieron (a Jesús, Palabra de Dios), a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).
  • Sabiduría y prudencia: el humilde, que quiere aprender de Dios y escucha con fe sus palabras, adquiere la sabiduría de lo Alto, esa de la cual habló el sabio Salomón diciendo: “aunque alguien sea perfecto entre los hombres, sin la Sabiduría que proviene de ti, será tenido por nada” (Sab 9,6). Porque los pensamientos de Dios están mucho más elevados que los nuestros y al leer sus palabras con fe, se eleva nuestro conocimiento.
  • Salvación: de hecho, la tierra prometida al pueblo judío es figura del Cielo, nuestra verdadera Patria. Por esto, llevar a nuestra vida la Palabra divina es camino para llegar a la Vida celestial. Y de hecho, cuando aquel joven del Evangelio le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la Vida eterna, Jesús le responde: “cumple los Mandamientos” (Mt 19,17).

  1.  En la Iglesia:
La pregunta siguiente es ¿dónde podemos encontrar dicha Palabra? Y la respuesta obvia es que, de modo privilegiado, ella se encuentra en la Sagrada Escritura, sin embargo, la sola Escritura nos es muy difícil para interpretarla correctamente. Por esto, debemos leer la Escritura en la Iglesia. De hecho, Jesús les dijo a sus discípulos: “El que los escucha a ustedes, me escucha a Mí” (Lc 10,16). Y a los Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia, les dijo: “El que los recibe a ustedes, me recibe a Mí; y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió” (Mt 10,40).
Así, “la Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15), “recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva” (LG 17)” (CATIC 2032). Por esto, el Magisterio de la Iglesia tiene la misión de transmitirnos fielmente la Palabra de Dios y por esto nos enseña con la autoridad de Cristo, tanto en materia dogmática como moral (Cf. CATIC Compendio 430), ya que para la salvación no sólo hay que creer en determinadas realidades, sino también vivir conforme a ellas.

  1.  Para nosotros:
Por esto y para que a nosotros, el Señor Jesús no tenga que decirnos: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios” (Mc 7,8), hacemos el propósito no sólo de querer oír la Palabra divina sino también de querer practicarla sinceramente (Cf. Sant 1,22).
Para esto no sólo debemos conocer la Sagrada Escritura y el Catecismo, sino que además hemos de llevarlos a la oración, ya que “se vive como se ora” (CATIC Compendio 572). El que reza puede vivir como cristiano, porque en la oración le abrimos nuestro corazón a Dios y así Él puede sembrar su Palabra de vida eterna, en la oración las verdades que Dios nos enseña encienden nuestro corazón como les sucedió a los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24), ya que, al rezar, esas palabras no quedan en el pasado, sino que se transforman en un diálogo con el Dios que nos acompaña en la vida.
Por esto, al tomar la Biblia en nuestras manos, hemos de leerla rezando. ¿Cómo? Una de las formas es la Lectio Divina, que tanto promovía el Papa Emérito Benedicto XVI. Básicamente consiste en leer algún texto bíblico y meditarlo contestando algunas preguntas: ¿Qué dice el Texto? (Lectura); ¿Qué me dice el Texto? (Meditación); ¿Qué le digo yo a Dios, cómo le contesto? (Oración); Aceptando la mirada de Dios sobre la realidad nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor (Verbum Domini 87)? (Contemplación); ¿Qué acción concreta me puedo proponer como respuesta a este encuentro con el Señor? (Acción).

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen fiel, que nos ayude con su ejemplo e intercesión a amar lo que Dios nos dice, porque su Palabra es buena para nosotros, más aún, nos promete una vida plena, tanto aquí como en el Cielo.