La paz de Dios
Sabiduría 2, 17-20; Sal 53, 3-4. 5. 6
y 8; Santiago 3, 16-4, 3; Marcos 9, 30-37
Introducción:
Dice Jesús que Él vino a traer la espada (Cf. Mt 10,34ss).
En realidad, siendo el Príncipe de la paz, al venir como la luz del mundo, en
algunos suscita el rechazo (Cf. Jn 1,5).
- Jesús perseguido:
Tanto la primera lectura como el Evangelio nos revelan la
violencia que se levanta contra el Señor: “El Hijo del hombre va a ser
entregado en manos de los hombres; lo matarán” (Mc 9,31).
Él es el Cordero que, aunque manso, lo llevan a matar
cruelmente. El Príncipe de la paz, que es asesinado como malhechor. Bien caben
en los labios de Cristo las palabras del salmista: “gente soberbia se ha alzado
contra mí, hombres violentos atentan contra mi vida, sin tener presente a Dios”
(Sal 53/54,5).
Ya el mismo prólogo de San Juan veía esta oposición radical
al Salvador: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). El
anciano Simeón lo declaró, por esto, signo de contradicción.
- Primer y último lugar:
Frente a esta violencia y rechazo, que caracteriza a una de las posibles
respuestas ante el misterio de Cristo, el Señor enseña el camino opuesto: “El
que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de
todos” (Mc 9,36).
Sus
palabras nos revelan la grandeza del servicio: “En el servicio… todos se
benefician de la grandeza de uno. Quien es grande en el servicio, es grande él
y hace grandes a los demás; más que elevarse por encima de los demás, eleva a
los demás consigo” (P. Raniero Cantalamessa). El Señor nos enseña, incluso, a servir a los
pequeños.
Este
servicio, según otro pasaje del Evangelio, está relacionado con dar la vida
cumpliendo la voluntad del Padre: “el Hijo del hombre, que no vino para
ser vendido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,28). Y dar la vida,
tanto en lo grande como en lo pequeño, es amar, lo cual define maravillosamente
Santo Tomás diciendo que “amar es desear el bien a alguien” (Citado en CATIC 1766).
- Construir la paz:
Este servicio, con el que cooperamos a la obra de salvación
del Señor, contribuye a la paz, ya sea cuando cultivamos el bien como cuando
combatimos el mal. Así lo expresa el Apóstol Santiago. De la envidia y la
discordia surge el desorden, enemigo de la paz. Por otro lado, de lo Alto nos
viene la sabiduría que es pura, pacífica, benévola, conciliadora,
misericordiosa, sincera, justa.
El mal surge, muchas veces, de las pasiones desordenadas que
hay en nuestro corazón. Por esto, practicando las virtudes, con oración y
constancia, el buen cristiano vence la violencia, primero en su propio corazón,
para poder imitar a Cristo. Es amando de verdad, a semejanza del Señor, como
crecemos en nuestra vida espiritual y, a la vez, contribuimos a la paz de los
que nos rodean.
Conclusión:
Nos encomendamos a la Virgen fiel, pidiéndole que nos
conceda poder vivir y transmitir a los demás la paz que siempre necesitamos
recibir de Cristo.