Palabra de Vida
Introducción:
Tan importante es, para nuestra vida, la Palabra de Dios que las lecturas de
este domingo, nuevamente nos hacen meditar en ella. Así lo vivieron los Santos,
tanto que por ejemplo, una de las cosas que le admiró a San Agustín de San Ambrosio fue verlo leer la
Escritura. Más de una vez se lo encontró sólo con la Biblia entre sus manos,
leyendo silenciosamente (Cf. Confesiones VI 3,3).
- La Palabra de Dios:
De los diversos Textos podemos sacar la respuesta a esta
pregunta: ¿Qué importancia tiene la
Palabra de Dios para mí? Moisés dice de parte de Dios: “Escucha los preceptos y las leyes que yo
les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que
les da el Señor” (Deut. 4,1). Y más adelante dice: “Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y
prudentes a los ojos de los pueblos” (Deut. 4,6).
Por otro lado, el Apóstol Santiago refleja lo mismo con
otras palabras: “Él ha querido
engendrarnos por su Palabra de verdad” (Sant. 1,18). Y luego afirma: “La Palabra sembrada en ustedes… es capaz de
salvarlos” (Sant. 1,21).
Así vemos que la Palabra de Dios nos da:
- Vida: Dios con su Palabra nos engendra y nos da una vida distinta de la natural, ya que nos capacita para vivir como hijos suyos. Por esto, dice San Juan al comenzar su Evangelio: “a todos los que la recibieron (a Jesús, Palabra de Dios), a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).
- Sabiduría y prudencia: el humilde, que quiere aprender de Dios y escucha con fe sus palabras, adquiere la sabiduría de lo Alto, esa de la cual habló el sabio Salomón diciendo: “aunque alguien sea perfecto entre los hombres, sin la Sabiduría que proviene de ti, será tenido por nada” (Sab 9,6). Porque los pensamientos de Dios están mucho más elevados que los nuestros y al leer sus palabras con fe, se eleva nuestro conocimiento.
- Salvación: de hecho, la tierra prometida al pueblo judío es figura del Cielo, nuestra verdadera Patria. Por esto, llevar a nuestra vida la Palabra divina es camino para llegar a la Vida celestial. Y de hecho, cuando aquel joven del Evangelio le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la Vida eterna, Jesús le responde: “cumple los Mandamientos” (Mt 19,17).
- En la Iglesia:
La pregunta siguiente es ¿dónde podemos encontrar dicha Palabra? Y la respuesta obvia es que,
de modo privilegiado, ella se encuentra en
la Sagrada Escritura, sin embargo, la sola Escritura nos es muy difícil
para interpretarla correctamente. Por esto, debemos leer la Escritura en la Iglesia. De hecho, Jesús les dijo
a sus discípulos: “El que los escucha a ustedes, me escucha a Mí” (Lc 10,16). Y
a los Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia, les dijo: “El que los recibe a
ustedes, me recibe a Mí; y el que me
recibe, recibe a Aquel que me envió” (Mt 10,40).
Así, “la Iglesia,
“columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15), “recibió de los apóstoles este
solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva” (LG 17)” (CATIC
2032). Por esto, el Magisterio de la
Iglesia tiene la misión de transmitirnos fielmente la Palabra de Dios y por
esto nos enseña con la autoridad de Cristo, tanto en materia dogmática como
moral (Cf. CATIC Compendio 430), ya que para la salvación no sólo hay que
creer en determinadas realidades, sino también vivir conforme a ellas.
- Para nosotros:
Por esto y para que a nosotros, el Señor Jesús no tenga que
decirnos: “Ustedes dejan de lado el
mandamiento de Dios” (Mc 7,8), hacemos el propósito no sólo de querer oír la Palabra divina sino también de
querer practicarla sinceramente (Cf. Sant 1,22).
Para esto no sólo
debemos conocer la Sagrada Escritura y el Catecismo, sino que además hemos
de llevarlos a la oración, ya que “se vive como se ora” (CATIC Compendio
572). El que reza puede vivir como cristiano, porque en la oración le abrimos nuestro corazón a Dios y así Él puede sembrar
su Palabra de vida eterna, en la oración las verdades que Dios nos enseña encienden nuestro corazón como les
sucedió a los discípulos de Emaús
(Cf. Lc 24), ya que, al rezar, esas palabras no quedan en el pasado, sino que
se transforman en un diálogo con el Dios
que nos acompaña en la vida.
Por esto, al tomar la Biblia en nuestras manos, hemos de leerla rezando. ¿Cómo? Una de
las formas es la Lectio Divina, que
tanto promovía el Papa Emérito Benedicto XVI. Básicamente consiste en leer
algún texto bíblico y meditarlo contestando algunas preguntas: ¿Qué dice el Texto? (Lectura); ¿Qué me dice el Texto? (Meditación); ¿Qué le digo yo a Dios, cómo le contesto?
(Oración); Aceptando la mirada de Dios sobre la realidad nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y
de la vida nos pide el Señor (Verbum Domini 87)? (Contemplación); ¿Qué acción concreta me puedo proponer como
respuesta a este encuentro con el Señor? (Acción).
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen fiel, que nos ayude con su ejemplo e
intercesión a amar lo que Dios nos dice, porque su Palabra es buena para
nosotros, más aún, nos promete una vida plena, tanto aquí como en el Cielo.