Homilía Domingo XXII Tiempo Ordinario Ciclo B



  Palabra de Vida


Introducción:
Tan importante es, para nuestra vida, la Palabra de Dios que las lecturas de este domingo, nuevamente nos hacen meditar en ella. Así lo vivieron los Santos, tanto que por ejemplo, una de las cosas que le admiró a San Agustín de San Ambrosio fue verlo leer la Escritura. Más de una vez se lo encontró sólo con la Biblia entre sus manos, leyendo silenciosamente (Cf. Confesiones VI 3,3).

  1.  La Palabra de Dios:
De los diversos Textos podemos sacar la respuesta a esta pregunta: ¿Qué importancia tiene la Palabra de Dios para mí? Moisés dice de parte de Dios: “Escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que les da el Señor” (Deut. 4,1). Y más adelante dice: “Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos” (Deut. 4,6).
Por otro lado, el Apóstol Santiago refleja lo mismo con otras palabras: “Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad” (Sant. 1,18). Y luego afirma: “La Palabra sembrada en ustedes… es capaz de salvarlos” (Sant. 1,21).
Así vemos que la Palabra de Dios nos da:
  • Vida: Dios con su Palabra nos engendra y nos da una vida distinta de la natural, ya que nos capacita para vivir como hijos suyos. Por esto, dice San Juan al comenzar su Evangelio: “a todos los que la recibieron (a Jesús, Palabra de Dios), a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).
  • Sabiduría y prudencia: el humilde, que quiere aprender de Dios y escucha con fe sus palabras, adquiere la sabiduría de lo Alto, esa de la cual habló el sabio Salomón diciendo: “aunque alguien sea perfecto entre los hombres, sin la Sabiduría que proviene de ti, será tenido por nada” (Sab 9,6). Porque los pensamientos de Dios están mucho más elevados que los nuestros y al leer sus palabras con fe, se eleva nuestro conocimiento.
  • Salvación: de hecho, la tierra prometida al pueblo judío es figura del Cielo, nuestra verdadera Patria. Por esto, llevar a nuestra vida la Palabra divina es camino para llegar a la Vida celestial. Y de hecho, cuando aquel joven del Evangelio le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la Vida eterna, Jesús le responde: “cumple los Mandamientos” (Mt 19,17).

  1.  En la Iglesia:
La pregunta siguiente es ¿dónde podemos encontrar dicha Palabra? Y la respuesta obvia es que, de modo privilegiado, ella se encuentra en la Sagrada Escritura, sin embargo, la sola Escritura nos es muy difícil para interpretarla correctamente. Por esto, debemos leer la Escritura en la Iglesia. De hecho, Jesús les dijo a sus discípulos: “El que los escucha a ustedes, me escucha a Mí” (Lc 10,16). Y a los Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia, les dijo: “El que los recibe a ustedes, me recibe a Mí; y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió” (Mt 10,40).
Así, “la Iglesia, “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15), “recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva” (LG 17)” (CATIC 2032). Por esto, el Magisterio de la Iglesia tiene la misión de transmitirnos fielmente la Palabra de Dios y por esto nos enseña con la autoridad de Cristo, tanto en materia dogmática como moral (Cf. CATIC Compendio 430), ya que para la salvación no sólo hay que creer en determinadas realidades, sino también vivir conforme a ellas.

  1.  Para nosotros:
Por esto y para que a nosotros, el Señor Jesús no tenga que decirnos: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios” (Mc 7,8), hacemos el propósito no sólo de querer oír la Palabra divina sino también de querer practicarla sinceramente (Cf. Sant 1,22).
Para esto no sólo debemos conocer la Sagrada Escritura y el Catecismo, sino que además hemos de llevarlos a la oración, ya que “se vive como se ora” (CATIC Compendio 572). El que reza puede vivir como cristiano, porque en la oración le abrimos nuestro corazón a Dios y así Él puede sembrar su Palabra de vida eterna, en la oración las verdades que Dios nos enseña encienden nuestro corazón como les sucedió a los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24), ya que, al rezar, esas palabras no quedan en el pasado, sino que se transforman en un diálogo con el Dios que nos acompaña en la vida.
Por esto, al tomar la Biblia en nuestras manos, hemos de leerla rezando. ¿Cómo? Una de las formas es la Lectio Divina, que tanto promovía el Papa Emérito Benedicto XVI. Básicamente consiste en leer algún texto bíblico y meditarlo contestando algunas preguntas: ¿Qué dice el Texto? (Lectura); ¿Qué me dice el Texto? (Meditación); ¿Qué le digo yo a Dios, cómo le contesto? (Oración); Aceptando la mirada de Dios sobre la realidad nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor (Verbum Domini 87)? (Contemplación); ¿Qué acción concreta me puedo proponer como respuesta a este encuentro con el Señor? (Acción).

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen fiel, que nos ayude con su ejemplo e intercesión a amar lo que Dios nos dice, porque su Palabra es buena para nosotros, más aún, nos promete una vida plena, tanto aquí como en el Cielo.

Homilía Domingo XXI Tiempo Ordinario Ciclo B



  Respuesta eucarística


Introducción:
En los últimos cuatro domingos, el Señor nos ha enseñado el gran regalo de la Eucaristía, es decir, de su presencia entre nosotros. Ahora, al final del Sermón eucarístico, nosotros junto con el Apóstol San Pedro, también estamos llamados a responder. De hecho, algunos no comprendieron, se escandalizaron y se marcharon; otros, siguiendo al primer Papa, reafirmaron su propósito de seguir a Jesús.

  1. Respuesta de fe:
De hecho, cuando Jesús terminó de hablar, algunos exclamaron: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60), y comenzaron a abandonarlo. Porque éste es “el misterio de la fe”, y exige de nosotros una profunda respuesta.
Por esto, San Juan no puede pasar por alto otro tipo de respuesta, justamente la contraria, la que nosotros queremos imitar hoy: “Señor, dijo San Pedro, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). El Apóstol, como modelo de todo corazón creyente, manifiesta la certeza de que no hay otro camino de salvación: “¿A quién iremos?”. Y además, nos descubre el valor escondido en todo lo que el Señor ha dicho: “Tú tienes palabras de Vida eterna”.
Finalmente, remata su afirmación con una convicción propia de las personas de fe: “sabemos” dice, porque creer no es opinar sobre algunos temas, sino estar convencido de aquellas realidades que Dios nos enseña. Como dice el salmo: que lo oigan los humildes y se alegren” (Sal 33/34,3). Y así, para poder seguir al Señor de cerca, sobre todo presente en el Sacramento del Altar, nuestro corazón también afirma con fuerza: “sabemos que eres el Santo de Dios”.

  1. Respuesta litúrgica:
Si creemos verdaderamente en la Eucaristía, una segunda forma de respuesta es participar de su celebración. En la realidad, la Iglesia se reúne en la Misa junto a Cristo, lo celebra cuidadosamente, a la vez que recibe de un modo especial, la presencia amorosa de su Divino Esposo (Cf. 5,21-32).
Fe y celebración son inseparables: no podemos creer profundamente y no participar de lo que creemos; es más, con la fe se descubre el sentido de la celebración y la misma celebración ayuda a aumentar la fe.
En la celebración eucarística, la Iglesia entera ofrece a Dios lo más grande que puede ofrecer: su corazón unido al de Jesús; pero además, recibe de Dios lo más grande que puede recibir: sus palabras que son “espíritu y vida” y su presencia que nos acompaña, alimenta, fortalece y guía. Así, por este hermoso intercambio, la Misa se convierte en un momento privilegiado de oración, de trato con Dios y no sólo eso, sino que también es escuela e incentivo para que toda nuestra vida quede impregnada por este trato íntimo con Dios, nuestro Padre.

  1. Respuesta cotidiana:
Pero si damos un paso más, lo que creemos, celebramos y rezamos, eso vivimos. Por esto, el creyente en la Eucaristía, con el tiempo, si le permite a Dios, irá teniendo un estilo eucarístico de vida.
¿En qué se caracteriza este estilo eucarístico? Para decirlo con pocas palabras tendríamos que mirar la Última Cena y considerar las virtudes que allí practicó el Señor. Pensemos en la alabanza y en el agradecimiento a Dios por sus dones. Por esto nos preguntamos: ¿Cómo es mi oración, en misa, en casa; es rutinaria o por el contrario es un encuentro personal con Dios?; pensemos en la entrega generosa a los demás, para hacerles bien y servirlos como Dios quiere.
¿Me preocupo por el bien del otro, o lo utilizo según mis intereses? ¿Pensamos en la paz, que es un don de Dios para los corazones que lo aman? ¿Somos pacíficos, interior y exteriormente? ¿Aceptamos la cruz, confiados plenamente en el amor de Dios? Pues Jesús aceptó la suya para ayudarnos con su gracia y con su ejemplo.

Conclusión:
Al terminar, manifestamos nuestro deseo transformado en propósito: “Lejos de nosotros abandonar al Señor” (Jos. 24,16). En cambio, nos comprometemos a hacer en la Misa un acto de fe profunda y verdadera, al rezar el Credo, a hacer un acto de amor a Dios al comulgar y a pedir con confiada esperanza las gracias necesarias para vivir eucarísticamente. Así sea.

Homilía Domingo XX Tiempo Ordinario Ciclo B



  Alimento del hombre peregrino


Introducción:
Comida, Vida y Cielo se nombran y se relacionan en las palabras que Jesús dirige en la sinagoga de Cafarnaúm: Él mismo se nos entrega como alimento, que nos da la vida verdadera, para esta tierra y para llegar a la definitiva del Cielo. Siguiendo sus palabras podemos meditar en la Eucaristía, primero como alimento; luego como Pan de Vida y como Pan de esperanza.

  1. Su Cuerpo y Sangre, nuestro alimento:
El alimento que Jesús nos propone, en el camino de nuestra vida, es Él mismo: “Mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Jn 6,55). Así, Él quiere alimentar nuestras vidas con su abundante Vida divina, de tal modo que nosotros nos vayamos asimilando, pareciendo, asemejando a Él. Dios se hace comida del hombre, para que el hombre se asemeje a Dios: “El que me come vivirá por Mí” (Jn 6,57).
Y así nos dejó su Cuerpo entregado, y su Sangre derramada, bajo la apariencia de pan y vino. Aunque conviene recordar que en cada una de las especies está todo entero, con su Cuerpo y Sangre, con su Alma, y su Divinidad, el Hijo de Dios cerca de nosotros, y así nos visita con todo su ser y con la fuerza de su misterio pascual. Además de que donde está el Hijo está el Padre y el Espíritu Santo.

  1. Pan de Vida eterna:
De este modo, el Dios tres veces Santo, al dársenos nos comparte su Vida, la Vida eterna: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51).
“Vida eterna, nos explica el Papa Benedicto, significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora la vida, la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir” (JOSEPH RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta-Encuentro, Madrid 2011, página 102).
Esto es lo que llamamos “Gracia santificante”, que no es otra cosa que la participación en la Vida de Dios que nos hace posible conocer y amar a Dios y a los demás como Dios lo hace. De hecho, en la vida de los Santos como San Maximiliano María Kolbe, la Beata Madre Teresa, el Santo Juan Pablo II y tantos otros, vemos que hay acciones que superan las fuerzas humanas. Dios nos muestra que Él puede transformar nuestras vidas llenándolas plenamente.

  1. Pan de la Esperanza:
Por esto, como “la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados "de gracia y bendición" (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96: Misal Romano), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial” (CATIC 1402).
Por lo cual, como anticipación y causa de eterna salvación, la Eucaristía es para nosotros el Pan de la Esperanza, ya que “la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos” (CATIC 1419).
De hecho, este Alimento del hombre peregrino es para nosotros más necesario que el pan milagroso que comió Elías, con el cual caminó durante 40 días hasta el monte de Dios (Cf. 1R 19,1-8). Así, este Alimento celestial nos asegura la ayuda divina a la vez que nos moviliza para que pongamos nuestra parte en el camino de la salvación.

Conclusión:
Con los ojos puestos en el Dios, que en el Cielo nos espera, para colmarnos de sus bendiciones, le pedimos a la Virgen “nuestra Madre” la gracia de estar cada vez más cerca de Jesús que es nuestra fortaleza y nuestra confianza.

Homilía Domingo XIX Tiempo Ordinario Ciclo B



  En la Comunión de la Caridad

1R 19,1-8; Sal 33/34,2-9; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51

Introducción:
Continuando su diálogo con los judíos, que lo habían salido a buscar después de la multiplicación de los panes (Cf. Jn 6), el Señor Jesús insiste en que Él es el “Pan de Vida” (Jn 6,48), una vida que se nos da en abundancia, con generosidad, que se nos ofrece a todos. Por lo tanto, Él es el Pan del amor, de la caridad, es el Pan de la Comunión. De hecho, no por nada, se utiliza esta palabra para referirse al hecho de recibir la Eucaristía, “Comunión”, que significa una común unión con Jesús y en Él, con la Iglesia y con nuestros hermanos.
  1. Comunión con Cristo:
En primer lugar, está la comunión con Dios, ya que Él se nos hizo muy cercano en Jesús. Y al recibir a Jesús en la Eucaristía, nos unimos con Dios Padre y Espíritu Santo. Para el cristiano es de vital necesidad tener un profundo trato con Jesús en la Eucaristía, porque ésta es mucho más que el pan que comió el profeta Elías con el cual pudo caminar 40 días enteros (Cf. 1R 19,1-8); es mucho más que los 5 panes de cebada que se multiplicaron: “es el Señor” (Jn 21,7). Y por esto clamamos con el salmista: “Gusten y vean qué bueno es el Señor! ¡Felices los que en él se refugian!” (Sal 33/34,9).
Pero, para estar con Jesús, para poder encontrarlo con la fe, necesitamos algo muy importante: la gracia de Dios, es decir, su ayuda: “Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6,44). Tenemos que pedir para nosotros y para los demás la gracia de tener fe en la Eucaristía, en la Misa y en la Adoración.
Porque con más fe y más caridad nos damos cuenta de que comulgar no es comer un pan bendito, no es un simple símbolo de la última Cena, no es una representación, sino que es verdaderamente recibir a Jesús que viene a nuestra vida para compartirnos la suya, como la Vid lo hace con los sarmientos (Cf. Jn 15,4-5). Es interesante destacar que San Cayetano, en una época en que no todos los sacerdotes celebraban la Misa diaria, la estableció como regla para sus Canónigos Regulares.
  1. Comunión con la Iglesia:
Pero, además, al unirnos con Jesús, nos unimos con los demás. De hecho, “la Iglesia vive de la Eucaristía” nos dijo el Beato Juan Pablo II. Y continúa: “Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (Ecclesia de Eucharistia 1).
“La Iglesia… no está solamente reunida en torno a Él: siempre está unificada en Él, en su Cuerpo” (CATIC 789). Porque al unirnos todos en Él formamos la Iglesia, de tal modo que sin Jesús en la Eucaristía no existiría la Iglesia como tal. Esto se ve en cada Misa, sea mucha o poca la gente que asista, el pueblo de Dios se congrega en torno a Jesús.
  1.  Comunión con nuestros hermanos:
De modo individual, esto nos atañe también a cada uno, ya que al comulgar Jesús va transformando nuestra vida por el amor, lo cual se ve en las obras de caridad hacia nuestros hermanos. Como lo dice el Apóstol: “Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo” (Ef 4,31-32). En cada Misa podríamos preguntarnos: ¿Hago el bien a mis hermanos? ¿A alguien le hago o deseo el mal?... para que el Señor nos vaya transformando. “Traten de imitar a Dios”, continúa San Pablo. “Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” (Ef 5,2). Nosotros lo tenemos bien cerca, en el santísimo Sacramento. ¡Vayamos hacia Él!
Conclusión:
Con la intención de crecer en la caridad, como lo hacía San Cayetano, le pedimos a María santísima que nos dé a Jesús; que sea Ella la que nos acerque, un poco más, al Corazón Eucarístico de su Hijo, que es para cada uno de nosotros “el Pan de Vida” (Jn 6,48).