Homilía Domingo XX Tiempo Ordinario Ciclo B



  Alimento del hombre peregrino


Introducción:
Comida, Vida y Cielo se nombran y se relacionan en las palabras que Jesús dirige en la sinagoga de Cafarnaúm: Él mismo se nos entrega como alimento, que nos da la vida verdadera, para esta tierra y para llegar a la definitiva del Cielo. Siguiendo sus palabras podemos meditar en la Eucaristía, primero como alimento; luego como Pan de Vida y como Pan de esperanza.

  1. Su Cuerpo y Sangre, nuestro alimento:
El alimento que Jesús nos propone, en el camino de nuestra vida, es Él mismo: “Mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Jn 6,55). Así, Él quiere alimentar nuestras vidas con su abundante Vida divina, de tal modo que nosotros nos vayamos asimilando, pareciendo, asemejando a Él. Dios se hace comida del hombre, para que el hombre se asemeje a Dios: “El que me come vivirá por Mí” (Jn 6,57).
Y así nos dejó su Cuerpo entregado, y su Sangre derramada, bajo la apariencia de pan y vino. Aunque conviene recordar que en cada una de las especies está todo entero, con su Cuerpo y Sangre, con su Alma, y su Divinidad, el Hijo de Dios cerca de nosotros, y así nos visita con todo su ser y con la fuerza de su misterio pascual. Además de que donde está el Hijo está el Padre y el Espíritu Santo.

  1. Pan de Vida eterna:
De este modo, el Dios tres veces Santo, al dársenos nos comparte su Vida, la Vida eterna: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51).
“Vida eterna, nos explica el Papa Benedicto, significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora la vida, la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir” (JOSEPH RATZINGER/BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta-Encuentro, Madrid 2011, página 102).
Esto es lo que llamamos “Gracia santificante”, que no es otra cosa que la participación en la Vida de Dios que nos hace posible conocer y amar a Dios y a los demás como Dios lo hace. De hecho, en la vida de los Santos como San Maximiliano María Kolbe, la Beata Madre Teresa, el Santo Juan Pablo II y tantos otros, vemos que hay acciones que superan las fuerzas humanas. Dios nos muestra que Él puede transformar nuestras vidas llenándolas plenamente.

  1. Pan de la Esperanza:
Por esto, como “la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados "de gracia y bendición" (Plegaria Eucarística I o Canon Romano 96: Misal Romano), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial” (CATIC 1402).
Por lo cual, como anticipación y causa de eterna salvación, la Eucaristía es para nosotros el Pan de la Esperanza, ya que “la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santa Virgen María y a todos los santos” (CATIC 1419).
De hecho, este Alimento del hombre peregrino es para nosotros más necesario que el pan milagroso que comió Elías, con el cual caminó durante 40 días hasta el monte de Dios (Cf. 1R 19,1-8). Así, este Alimento celestial nos asegura la ayuda divina a la vez que nos moviliza para que pongamos nuestra parte en el camino de la salvación.

Conclusión:
Con los ojos puestos en el Dios, que en el Cielo nos espera, para colmarnos de sus bendiciones, le pedimos a la Virgen “nuestra Madre” la gracia de estar cada vez más cerca de Jesús que es nuestra fortaleza y nuestra confianza.