Homilía Domingo XVII del Tiempo Ordinario Ciclo A



Mi Tesoro escondido


Introducción:
Toda la realidad de nuestra fe, posee una doble característica: por un lado es grandiosa, maravillosa, cautivante… por otro, es silenciosa, escondida, difícil de encontrar. Por esto, muchos pasan de largo sin darle demasiada importancia, mientras que otros son capaces de darlo todo por ella.

  1. El Gran Tesoro:
Lo que Dios nos enseña es un tesoro inestimable. El salmista, al darse cuenta lo compara con grandes riquezas: “Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” (Salmo 118/119,72). Sin embargo sigue siendo “un tesoro escondido”, por lo cual no todos podrán exclamar lo mismo. Lo mismo podemos decir de todo lo que Dios nos da, nos aconseja, nos manda, nos promete…
Sobre todo, el gran Tesoro es Jesucristo, nuestro Señor. Él es el “Reino de los Cielos”. De hecho, somos cristianos, principalmente porque nos hemos encontrado con Él (Cf. BENEDICTO XVI, DCE n° 1).

  1. La centralidad de Cristo:
El pasaje de Marta y María, una sirviendo, la otra escuchando… pero en el centro, Jesús, es una realidad continua. El centro de toda la historia de la humanidad y de nuestra historia personal, es Jesús  Nuestro Señor.
Él está en el centro de toda la vida de la Iglesia: en la liturgia Él es el Sacerdote principal, la Víctima ofrecida y, como Dios, junto con el Padre y el Espíritu Santo, es a quien adoramos. Es necesario no olvidar nunca que la misa es para Dios, es nuestra mejor ofrenda a Él. La vida moral consiste en practicar el bien y evitar el mal a imitación de Cristo. La oración es un diálogo con Dios, un diálogo de hijos en el Hijo. Dentro de los misterios de nuestra fe, nadie conoce al Padre sino por el Hijo (Cf. Mt 11,27).
“En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre, que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros… Catequizar es… descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios… Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por El mismo” (CT 5). El fin de la catequesis: “conducir a la comunión con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad”. (ibíd.). “En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca” (CATIC 426-427).
De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe” (CATIC 429). Por esto, también el Señor es el centro de la misión.

  1. Vender todo para tener el Todo:
Esta centralidad, esta importancia y riqueza que tiene para nuestras vidas suscita una respuesta. Si nos damos cuenta de que es el gran tesoro, valdrá la pena vender lo necesario para conseguirlo. ¿Qué tenemos que vender nosotros? ¿Cuáles son las realidades en nuestra vida que nos ponen a distancia, que no nos permiten comprar ese campo donde está Jesús? ¿La ambición, la envidia, el rencor, el poder, la vanagloria, los placeres desordenados, la mentira, la pereza, la inconstancia?
Es necesario que el Señor nos mueva profundamente para que por Él, que todo lo entregó por nosotros, podamos vender lo necesario.

Conclusión:
Le pedimos, humildemente, a nuestra Madre nos conceda las gracias necesarias para quedarnos ahora y siempre con ese Tesoro que vale más que el campo que podemos comprar y que es capaz de hacer feliz nuestra vida.

Homilía Domingo XVI del Tiempo Ordinario Ciclo A



Ser buena semilla


Introducción:
Las parábolas nos enseñan la realidad a la luz de la fe: cómo es el mundo en que vivimos y cuál es nuestra misión en él… En el Campo del mundo hay de todo, pero nosotros somos sembrados por Dios para dar buen fruto.

  1. Dos sembradores:
En el mundo, como nos enseña la primera parábola de Jesús, hay buenos y malos, pero también hay dos sembradores: Nuestro Señor siembra la buena semilla; el diablo la mala. De hecho ya desde el comienzo, Satanás no ha dejado de tentar al hombre para que se aparte de Dios (Cf. CATIC 391).
Cada uno de estos dos sembradores tiene su semilla, su forma de sembrar, sus tácticas. “La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama “homicida desde el principio” (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre” (CATIC 394). “Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. […]. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28)” (CATIC 395).
Nuestro Señor, por el contrario, sembró y sigue sembrando algo distinto. Él, actualmente, siembra especialmente por medio de su Palabra, de los Sacramentos y de su Iglesia, sobre todo, por medio de los Santos.

  1. Sembrados para el bien:
Nuestro Señor habla de que la siembra, en medio del mundo, son los hombres… Ciudadanos del Reino de Dios por un lado, partidarios del demonio por otro. Nosotros, ¿qué semilla somos?
Nuestro Salvador también nos enseñó que por los frutos se conoce el árbol… Por eso, para saber qué semilla somos, nos preguntamos qué frutos damos.
Más aún, la Divina Palabra nos enseña que, aunque seamos débiles, pequeños y pocos, el fruto se relaciona con el poder de Dios. Nuestra pequeñez se hace grande por el poder de Dios y puede hacer mucho bien a los demás (como el grano de mostaza).

  1. Nuestra misión:
Por esto, para ser verdaderamente la buena semilla, debemos tener en cuenta dos cosas: por un lado, combatir al mal sembrador; por otro, dar fruto.
Para evitar que el demonio nos haga de su siembra necesitamos:
  • Vigilancia: el Evangelio dice que la mala siembra se hizo “mientras la gente dormía”. No podemos quedarnos dormidos en lo que se refiere a Dios, pensando en otras cosas menos importantes, ocupados totalmente por las cosas de la tierra…
  • Confianza en Dios: su misericordia es más poderosa que nuestra miseria y que el poder del demonio. Como dice la primera lectura (Sab 12,13.16-19): “tu soberanía universal te hace perdonar a todos”; “juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”; “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. Su poder misericordioso hace que lo pequeño crezca admirablemente como el grano de mostaza y que poca cantidad transforme algo mayor como la levadura.
  • Oración: con el salmista reconocemos que “Tú, Señor, eres bueno y clemente” (Salmo 85). Por eso recurrimos a Él, sabiendo que es necesario orar para no caer en la tentación (Cf. Mt 26,41).
Para dar fruto hemos de practicar las virtudes, dando testimonio de vida cristiana. Así, podremos contagiar de Evangelio el mundo que nos rodea. Seremos como esa levadura que hace crecer, esas ramas que cobijan.

Conclusión:
Le pedimos a la Inmaculada Virgen María nos conceda ser buena semilla, no sólo para nuestra salvación sino para la de muchos otros más.

Homilía Domingo XV Tiempo Ordinario ciclo A



                                                        Siembra divina

Introducción:
Con un lenguaje campestre, Nuestro Señor nos introduce, en más de una ocasión, en el profundo misterio de su Palabra. En las lecturas de este domingo, el agua del cielo y la semilla nos hablan de la fecundidad de la obra de Dios.

  1. La fecundidad de Dios:
Según el libro del Profeta Isaías, la Palabra de Dios tiene el poder de fecundar nuestras vidas, ya que “realiza todo lo que Yo quiero y cumple la misión que Yo le encomendé” (Is 55,10-11). Es como el agua, tan necesaria para la vida del campo. En el Evangelio esta misma Palabra es comparada con la semilla que tiene vida latente. Sólo depende, para dar fruto, del terreno que la reciba. El salmo canta la generosidad del Dios Creador (Cf. Sal 64/65,10-14). Así también Dios realiza generosamente en nuestro corazón la obra de su amor.

  1. Una siembra interior:
Con estas semejanzas, queremos meditar en la fecundidad que Dios quiere poner en nuestra vida cuando siembra sus dones en nuestro corazón: “Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad’” (DV 5).” (CATIC 153).
Lo que le ocurrió al primer Papa, también nos sucede a nosotros. Es Dios el que transformar nuestras almas, mediante sus dones celestiales. Él no sólo siembra la fe, sino también el deseo de vivir según ella, la fortaleza para vencer las dificultades, la humildad para recurrir en busca de ayuda, la perseverancia hasta el final…

  1. El buen terreno:
Sin embargo, toda esta poderosa acción divina requiere una respuesta libre. La semilla siempre es fecunda, pero necesita del terreno adecuado para germinar. El Catecismo, después de enseñar que la fe es un don gratuito de Dios, afirma también que “es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del hombre, el cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina” (CATIC Compendio 28).
El fruto depende de nosotros, de nuestra generosidad en responder. Así como la tierra requiere un trabajo esmerado para que la semilla dé lo mejor de sí, también nuestro corazón, que recibe la fe del cielo, necesita un trabajo continuo: la lectura, continua y orante, de la Palabra de Dios; la oración generosa; los sacramentos frecuente y convenientemente recibidos; la práctica de las virtudes y la lucha contra el pecado…

Conclusión:
Nos encomendamos a la Reina del Cielo, para que nuestro corazón no reciba en vano tantos regalos de lo Alto, sino que, con humildad y constancia, podamos dar fruto “a su debido tiempo” (Sal 1,3).

Homilía Domingo XIV Tiempo Ordinario ciclo A



Nuestra victoria es la fe


Introducción:
El corazón humano, en cierto sentido, es más grande que todo el universo material. Todo lo ha hecho Dios para el hombre. En su corazón, es donde quiere Jesús reinar principalmente. Desde allí, reinará en toda la sociedad humana.

  1. Cristo Rey:
En primer lugar, recordamos que Cristo es nuestro Rey. El profeta ve su llegada: “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde… Su dominio se extenderá de un mar hasta el otro” (Zac 9,9-10).
Es importante detenernos en la descripción. Zacarías dice que el futuro Mesías reina en la justicia, es victorioso y humilde, de un dominio sin fin. El Rey de las aparentes “paradojas”. Dominador y justo, humilde y victorioso. Jesús siempre es así: inmenso en lo escondido, majestuoso en el silencio, grande en la pequeñez.

  1. Un reino disputado:  
Este Rey quiere reinar en nuestro corazón. Sin embargo, éste, muchas veces es sede de un espíritu contrario al del Señor. Dos reinos se disputan nuestra alma: por un lado Cristo, por otro el demonio, como instigador de todo mal. Nuestro cometido es elegir bien: “Nosotros no somos deudores de la carne, para vivir de una manera carnal. Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán” (Rm 8,12-13).
De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13,2)” (CATIC 1707).
Lo que nos enseña la Iglesia sobre la lucha espiritual es algo que todos experimentamos: tentaciones, dificultades, obstáculos… Queremos seguir de cerca a Jesús y nos cuesta terriblemente. Queremos cambiar y el mal nos sale al acecho. Sin embargo, tenemos medios suficientes para vencer.

  1. La fe que vence:
Para vencer hemos de recurrir a los dones de Dios. En resumida cuenta, toda la realidad de la fe nos ayuda para ser fieles al Señor. Por esto, san Juan dice: “la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5,4). “El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo” (CATIC 1709).
En este sentido, es necesario cultivar una verdadera y completa vida de fe, que tenga en cuenta todos sus aspectos: conocimiento, obras de amor, la gracia de los sacramentos, la oración. Siempre necesitaremos recurrir constantemente al Señor que nos invita a ir a Él (Cf. Mt 11,28), aprender de Él, escuchar las palabras del Padre (Cf. Mt 11,25) y vivir de su Espíritu (Cf. Rm 8,9).

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre Inmaculada nos ayude a preparar, con la fe, un corazón bien dispuesto para nuestro gran Rey, Jesucristo.