Siembra divina
Introducción:
Con un lenguaje campestre, Nuestro Señor nos introduce, en
más de una ocasión, en el profundo misterio de su Palabra. En las lecturas de
este domingo, el agua del cielo y la semilla nos hablan de la fecundidad de la
obra de Dios.
- La fecundidad de Dios:
Según el libro del Profeta Isaías, la Palabra de Dios tiene
el poder de fecundar nuestras vidas, ya que “realiza todo lo que Yo quiero y
cumple la misión que Yo le encomendé” (Is 55,10-11). Es como el agua, tan
necesaria para la vida del campo. En el Evangelio esta misma Palabra es
comparada con la semilla que tiene vida latente. Sólo depende, para dar fruto,
del terreno que la reciba. El salmo canta la generosidad del Dios Creador (Cf.
Sal 64/65,10-14). Así también Dios realiza generosamente en nuestro corazón la
obra de su amor.
- Una siembra interior:
Con estas semejanzas, queremos meditar en la fecundidad que
Dios quiere poner en nuestra vida cuando siembra sus dones en nuestro corazón: “Cuando
San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le
declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino
de mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. “Para dar
esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos
ayuda, junto con el auxilio interior del
Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del
espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad’” (DV 5).”
(CATIC 153).
Lo que le ocurrió al primer Papa, también nos sucede a
nosotros. Es Dios el que transformar
nuestras almas, mediante sus dones
celestiales. Él no sólo siembra la fe, sino también el deseo de vivir según
ella, la fortaleza para vencer las dificultades, la humildad para recurrir en
busca de ayuda, la perseverancia hasta el final…
- El buen terreno:
Sin embargo, toda esta poderosa acción divina requiere una respuesta libre. La
semilla siempre es fecunda, pero necesita del terreno adecuado para germinar.
El Catecismo, después de enseñar que la fe es un don gratuito de Dios, afirma
también que “es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del
hombre, el cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente
libremente a la verdad divina” (CATIC Compendio 28).
El fruto depende de
nosotros, de nuestra generosidad en responder. Así como la tierra requiere
un trabajo esmerado para que la semilla dé lo mejor de sí, también nuestro
corazón, que recibe la fe del cielo, necesita un trabajo continuo: la lectura,
continua y orante, de la Palabra de Dios;
la oración generosa; los sacramentos frecuente y
convenientemente recibidos; la práctica de las virtudes y la lucha
contra el pecado…
Conclusión:
Nos encomendamos a la Reina del Cielo, para que nuestro corazón no reciba en vano
tantos regalos de lo Alto, sino que, con humildad y constancia, podamos dar
fruto “a su debido tiempo” (Sal 1,3).