San Andrés, el Protóclito



Introducción:
Muchas veces, nos alegramos cuando nos tienen en cuenta, esto nos gusta, nos hace bien, por ejemplo, cuando nos preguntan sobre un tema, cuando se interesan por nuestra vida, cuando nos llaman por algo.
De hecho, que alguien nos llame por nuestro nombre, nos llena de alegría. Así pues, Dios también nos llama, para cosas muy grandes, como lo llamó a San Andrés.
1.     San Andrés, el primer llamado:
“En un primer momento Andrés era discípulo de Juan Bautista, esto nos muestra que era un hombre que buscaba, que compartía la esperanza de Israel, que quería conocer más de cerca la palabra del Señor, la realidad de la presencia del Señor.
Era verdaderamente un hombre de fe y de esperanza, un día escuchó que Juan Bautista proclamaba a Jesús como "el cordero de Dios" (Jn 1, 36); entonces, se interesó y, junto a otro discípulo cuyo nombre no se menciona, siguió a Jesús, a quien Juan llamó "cordero de Dios". El evangelista refiere: "Vieron dónde vivía y se quedaron con él" (Jn 1, 37-39).
Así pues, Andrés disfrutó de momentos extraordinarios de intimidad con Jesús. La narración continúa con una observación significativa: "Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Encontró él, luego, a su hermano Simón y le dijo:  "Hemos hallado al Mesías", que quiere decir el Cristo y lo condujo a Jesús" (Jn 1, 40-43), demostrando inmediatamente un espíritu apostólico fuera de lo común.
Andrés, por tanto, fue el primero de los Apóstoles en ser llamado a seguir a Jesús. Por este motivo la liturgia de la Iglesia bizantina le honra con el apelativo de "Protóklitos", que significa precisamente "el primer llamado"…” (Benedicto XVI, Audiencia General 14/06/06).
2.     Colaborador “eucarístico”:
Los Evangelios, a su vez, nos narran otro hecho significativo en que aparece este Apóstol: “la multiplicación de los panes en Galilea, cuando en aquel aprieto Andrés indicó a Jesús que había allí un muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos peces: muy poco —constató— para tanta gente como se había congregado en aquel lugar (cf. Jn 6, 8-9). Conviene subrayar el realismo de Andrés: notó al muchacho —por tanto, ya había planteado la pregunta:  "Pero, ¿qué es esto para tanta gente?" (Jn 6, 9)— y se dio cuenta de que los recursos no bastaban. Jesús, sin embargo, supo hacer que fueran suficientes para la multitud de personas que habían ido a escucharlo” (Benedicto XVI, Audiencia General 14/06/06).
Este suceso y la certeza de que San Andrés estuvo en la Última Cena, nos permiten verlo como un hombre eucarístico, como un colaborador de Jesús, que quiere saciar el hambre de amor que tienen los seres humanos mediante el Santísimo Sacramento. Decimos esto porque la multiplicación de los panes es una figura de la Eucaristía: así como Jesús alimentó a una multitud con pocos panes de la tierra, alimentará por todos los siglos a las multitudes con el Pan del cielo y así como San Andrés colaboró en aquel milagro, también tuvo que alimentar, como los demás Apóstoles y sus sucesores, a muchos con el Pan de la Última Cena. Él también escuchó y varias veces habrá tenido que repetir las palabras de Jesús: “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14,22-24). Se encontró con el Señor en este regalo que es la posibilidad de alimentarnos de su amor eucarístico, de esta manera pudo dar el Pan a los demás.
3.     Apóstol de los griegos:
En otra ocasión, “con motivo de la fiesta de la Pascua —narra san Juan— habían ido a la ciudad santa también algunos griegos, probablemente prosélitos o personas que tenían temor de Dios, para adorar al Dios de Israel en la fiesta de la Pascua. Andrés y Felipe, los dos Apóstoles con nombres griegos, hacen de intérpretes y mediadores de este pequeño grupo de griegos ante Jesús” (Benedicto XVI, Audiencia General 14/06/06). Así, una vez más, por estar cerca del Señor, San Andrés puede ser puente entre Él y los hombres, ser mediador para que otros se encuentren, no con él mismo, sino con Jesús, el único que puede salvarnos.
Conclusión:
“Así pues, que el apóstol Andrés nos enseñe a seguir a Jesús con prontitud (cf. Mt 4, 20; Mc 1, 18), a hablar con entusiasmo de Él a aquellos con los que nos encontremos y sobre todo, a cultivar con él una relación de auténtica familiaridad, conscientes de que, sólo en Él, podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte” (Benedicto XVI, Audiencia General 14/06/06).