Santa Gianna Beretta Molla



Introducción:
El amor, que crece con el conocimiento de lo que se ama, es el motor de cada vida humana. Por esto, es conocida una frase que dice: “Dime lo que amas y te diré quién eres”. Así, según lo que amemos, seremos. Si nuestro amor es bueno, bien nos hará, si es mal
o, será nuestra ruina.

1.         El amor, motor de la vida:
Una imagen del amor a Dios, que lo busca y es capaz de muchas cosas por Él lo encontramos en Santa María Magdalena. Esta mujer, amando al Señor se levantó muy de madrugada para ir al sepulcro, lloraba por Él e, incluso, tenía la intención de ir a buscarlo ella misma (Cf. Jn 20,11-18).
Su amor era tan grande que no se contentó con el primer intento. “Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro... Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará” (San Gregorio Magno, Liturgia de las Horas, Oficio de lectura, 22 de Julio).

2.         El polifacético amor de Santa Gianna:
Como una semejanza de esta mujer del evangelio, tuvimos en el siglo pasado a una italiana, que vivió entre los años 1922 a 1962. Actualmente la conocemos como Santa Gianna Beretta Molla.
En su vida, su amor a Dios no se conformó con algún tipo de obra sino que se desarrolló en una respuesta integral, marcada profundamente por su personal vocación de esposa, madre y médica.
“Desde su tierna infancia, acoge el don de la fe y la educación cristiana que recibe de sus padres. Considera la vida como un don maravilloso de Dios, confiándose plenamente a la Providencia, y convencida de la necesidad y de la eficacia de la oración.
Durante los años de Liceo y de Universidad, en los que se dedica con diligencia a los estudios, traduce su fe en fruto generoso de apostolado en la Acción Católica y en la Sociedad de San Vicente de Paúl, dedicándose a los jóvenes y al servicio caritativo con los ancianos y necesitados. Habiendo obtenido el título de Doctor en Medicina y Cirugía en 1949 en la Universidad de Pavía, abre en 1950 un ambulatorio de consulta en Mésero, municipio vecino a Magenta. En 1952 se especializa en Pediatría en la Universidad de Milán. En la práctica de la medicina, presta una atención particular a las madres, a los niños, a los ancianos y a los pobres” (www.vatican.va).
“Se interroga sobre su porvenir, reza y pide oraciones, para conocer la voluntad de Dios. Llega a la conclusión de que Dios la llama al matrimonio. Llena de entusiasmo, se entrega a esta vocación, con voluntad firme y decidida de formar una familia verdaderamente cristiana” (www.vatican.va).

3.         El amor respeta la vida:
Tiene tres hijos, y su matrimonio es feliz. Sin embargo, con el cuarto embarazo llega el momento de una gran decisión. “En septiembre de 1961, al cumplirse el segundo mes de embarazo, es presa del sufrimiento. El diagnóstico: un tumor en el útero. Se hace necesaria una intervención quirúrgica. Antes de ser intervenida, suplica al cirujano que salve, a toda costa, la vida que lleva en su seno, y se confía a la oración y a la Providencia. Se salva la vida de la criatura” (www.vatican.va).
Santa Gianna, sabiendo que la vida humana es sagrada porque viene directamente de Dios, hizo lo que pudo para salvar ambas, prefiriendo en todo caso, la de su hija. Así fue que con tratamiento y todo, a los 7 días del parto, dejó este mundo. El Papa Pablo VI, en un Ángelus, se refirió a ella diciendo: “una joven madre de la diócesis de Milán que, por dar la vida a su hija, sacrificaba, con meditada inmolación, la propia” (www.vatican.va).
Con este ejemplo heroico, nos enseña a nosotros a respetar, en todo momento, desde los detalles más pequeños, hasta los más grandes, toda vida humana, principalmente la más indefensa. Al igual que en Santa Gianna, la fe en "la acción creadora de Dios" (EV 53), es la que nos hace, no sólo no atentar contra la vida de los demás ni la propia, sino que además, nos mueve a buscar siempre lo mejor para ella. El creyente tiene sobrados motivos para amar, cuidar, favorecer y defender la vida de todo ser humano.

Conclusión:
Éste es el compromiso que pedimos a María santísima, Madre de la Vida, y a la Santa italiana. Nunca, pero menos en estos momentos tan difíciles, nos podemos quedar sin hacer algo por la vida del hombre en peligro. La indiferencia en este caso es muy peligrosa, e impensable en un cristiano que se ha encontrado con el Señor resucitado, dador de vida.

Santa Faustina



Introducción:
Nadie ama lo que no conoce. Por esto el Señor,
que quiere ensanchar nuestro corazón con su amor, nos invita también a conocerlo cada vez más.
1.         Contemplar a Jesús:
Jesús al final de Evangelio de San Mateo (Cf. Mt 28,8-10), nos dirige una importantísima invitación. Nos interpela igual que a los apóstoles a través de aquellas mujeres. También a nosotros nos invita a ir a verlo, a contemplar su rostro.
Sin embargo, esta invitación no se agota en un simple mirar físico. Pues algunos, aunque lo pudieron observar en la montaña, antes de la ascensión, “dudaron” (Mt 28,27). La invitación que hoy nos hace Dios es a contemplar, con fe, el rostro del Señor, más aún, a creer en su Corazón resucitado. Y de él recibir, su amor y misericordia. Ya que creer en el amor que Dios nos tiene, nos hace posible amarlo a Él y, por Él, a nuestros hermanos.
2.         Santa Faustina y el Corazón de la Misericordia:
Así lo hizo, así nos lo enseñó, Santa Faustina. Del Corazón resucitado de Cristo, ella vio “dos haces de luz que iluminan el mundo: "Estos dos haces -le explicó un día Jesús mismo- representan la sangre y el agua" (Diario, Librería Editrice Vaticana, p. 132)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
“Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
“Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
El mensaje que Jesucristo dio a la humanidad a través de la santa polaca, no es nuevo, pero sí muy oportuno para el siglo XX, dado entre las dos grandes guerras mundiales. Incluso, todavía hoy, el mundo necesita recibir ese mensaje. La pregunta es ¿cómo? El mismo Papa nos dice: “Cristo nos enseñó que "el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)" (Dives in misericordia, 14)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
Así, nos preguntamos cómo lo vivía Santa Faustina: ella, “dejó escrito en su Diario: "Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo" (p. 365)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
 3.        Las obras de misericordia como manifestación de nuestra fe:
Y siguiendo con los interrogantes, nos preguntamos: ¿cómo podemos vivirlo nosotros hoy? La respuesta ya está dada: creyendo cuánto nos amó Dios, amaremos nosotros con su amor. “En efecto, nos dice el Beato Juan Pablo II, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia!.” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
Pero este camino, tiene distintos elementos, todos ellos muy importantes: Primero, están los mandamientos, ya que como nos enseña el mismo Jesús: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15). De hecho, no mentir, no robar, no dañar al prójimo, son una muestra de justicia amorosa.
Pero también no podemos olvidar las llamadas obras de misericordia, en las cuales el amor muestra su condición de gratuito, dando al más necesitado, incluso al que nos ha hecho algún mal. En cuanto a ellas, conviene recordar no sólo las materiales, sino también las espirituales, como dar un buen consejo, corregir al que se equivoca, rezar por todos, soportar con paciencia los defectos ajenos, perdonar las ofensas… Así, podremos ser en el mundo testigos auténticos del amor de un Dios que nos libró de nuestras miserias tomándolas sobre Sí.
Conclusión:
Finalmente, terminamos con una oración del mismo Sumo Pontífice a la Santa de la misericordia:
“Tú, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la misericordia divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos”.

Beato Pier Giorgio



Introducción:
La vida de fe, no es para una clase de personas, no es para una etapa determinada de la vida, no es para una nacionalidad concreta excluyendo a las demás. La invitación a la felicidad que viene de la fe es para todos. De hecho, la historia de la Iglesia lo corrobora, pues entre la lista de los santos, hay hombres y mujeres, ancianos y niños, ricos y pobres, políticos y militares, etc. Incluyendo también almas jóvenes.
1.         La fe del apóstol Tomás:
El Señor, en el Evangelio que narra su aparición a los Apóstoles el domingo siguiente a la resurrección, nos dice a todos: “Felices los que creen sin haber visto” (Jn 20,29). Después de que el Apóstol Santo Tomás no quiso creer y, el Señor, en su condescendencia lo ayudó a que crea, proclama una bienaventuranza para los tiempos futuros: “Felices los que creen”.
De este modo, el Señor resucitado nos enseña que el camino de nuestra felicidad pasa por la fe, una fe profundamente vital, que desde nuestra mente y corazón sea capaz de dar una nueva orientación a nuestra existencia.
2.         “Feliz el que cree sin ver”.
De esto, es ejemplo para nosotros, el joven Pier Giorgio Frassati. Nacido en Turín, hacia el año 1901, y fallecido en 1925 a causa de una poliomielitis fulminante contagiada en una de sus visitas a los enfermos. Él decía: “Vivir sin fe, sin un patrimonio que defender, sin mantener una lucha por la Verdad no es vivir, sino ir tirando”.
A “Pier Giorgio Frassati… el poder del Espíritu de Verdad, unido a Cristo, lo hizo moderno testigo de la esperanza que surge del Evangelio, y de la gracia de salvación que obra en el corazón del hombre. Así se convirtió en el testigo vivo y el defensor valiente de esta esperanza en nombre de los jóvenes cristianos del siglo veinte” (Beato Juan Pablo II en su beatificación).
“La fe y la caridad, verdaderas fuerzas motrices de su vida, lo hicieron activo trabajador en el ambiente en que vivió, en la familia y en la escuela, en la universidad y en la sociedad; lo transformaron en alegre y entusiasta apóstol de Cristo” (Beato Juan Pablo II en su beatificación).
“El secreto de su celo apostólico y de su santidad hay que buscarlo en el itinerario ascético y espiritual que recorrió; en la oración, en la perseverante adoración, incluso nocturna, del Santísimo Sacramento; en su sed de la palabra de Dios, escrutada en los textos bíblicos; en la serena aceptación de las dificultades de la vida, incluida la familiar; en la castidad vivida como disciplina alegre…; en la predilección diaria del silencio y la "normalidad de la vida". Precisamente en estos factores nos ha hecho descubrir la fuente de su vitalidad espiritual (Beato Juan Pablo II en su beatificación).
Su vida “no presenta gran cosa de extraordinario… En él la fe y los sucesos cotidianos se funden armónicamente hasta el punto que la adhesión al Evangelio se traduce en atención amorosa a los pobres y a los necesitados, creciendo continuamente hasta los últimos días de la enfermedad que lo llevará a la muerte. El gusto por la belleza y el arte, la pasión por el deporte y por la montaña, la atención a los problemas de la sociedad no le impiden la relación constante con el Absoluto” (Beato Juan Pablo II en su beatificación). Más aún, “su vocación de laico cristiano se realizaba en múltiples compromisos asociativos y políticos, en una sociedad en fermento indiferente y tal vez hostil a la Iglesia” (Beato Juan Pablo II en su beatificación).
3.         Juventud para el Señor:
“Él proclama, con su ejemplo, que es "dichosa" la vida llevada en el Espíritu de Cristo, Espíritu de las Bienaventuranzas, y que sólo el que se hace "hombre de las Bienaventuranzas" consigue comunicar a los hermanos el amor y la paz. Él afirma que vale la pena sacrificarlo todo por servir al Señor. Da testimonio de que la santidad es posible para todos y que sólo la revolución de la caridad puede encender en el corazón de los hombres la esperanza de un futuro mejor” (Beato Juan Pablo II en su beatificación). Para los jóvenes de hoy, nuestro beato, es una muestra de que con Jesús se puede ser feliz y de que es normal la vida según el Evangelio.
En este sentido podemos recordar una de las primeras palabras del Papa Benedicto: “¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él–, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?... ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par, las puertas a Cristo y encontraréis la verdadera vida. Amén.” (Homilía en la Misa del inicio de su pontificado).
Conclusión:
Pidamos a nuestra Madre descubrir este tesoro escondido a los ojos sin fe, pidamos la felicidad de un corazón convencido y verdaderamente creyente.

El Adviento, un camino de preparación



Introducción:
El Adviento, nos pone ante la consideración de lo que ha de venir. Es un tiempo de preparación… ¿Para qué? Nos preparamos para la segunda venida de Cristo, algo que es necesario hacer toda la vida y por eso, la Iglesia nos ayuda dedicando un tiempo especial, pero también nos preparamos para celebrar la Navidad. Y en esta preparación, de todas las cosas importantes, las lecturas del primer domingo nos reflejan tres: dejar, vigilar y caminar.

1.      Dejar:
En primer lugar, el Adviento es un tiempo para dejar: “La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz. Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo” (Rm 13,12-14).
San Pablo nos muestra, con estos ejemplos, qué significa dejar o abandonar. Es necesario aligerar la carga para no naufragar. Por esto, pensamos hoy qué cosas, qué situaciones no nos ayudan a acercarnos a Jesús; qué actitudes nuestras, qué defectos nos mantienen a distancia…
A primera vista, el hecho de tener que dejar algo nos parece una idea poco agradable. Sin embargo, es bueno poder pesar realmente la realidad de estas cosas que se nos pide dejar. Es necesario reconocer que el pecado, por un lado o por otro, nos daña y lo hace en lo más profundo de nuestro ser, lastima nuestro propio corazón, nos aleja de los demás y nos separa de Dios. El pecado es ese peso que nos hunde, esa fuerza que nos ahoga, y por tanto, bueno es el tiempo que nos invita a dejarlo.

2.     Vigilar:
Para poder dejar el mal y vencerlo en nuestra vida, Jesús nos dice: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24,42). Prevenir en nuestra vida espiritual, significa poder ver con anterioridad y estar bien preparados para lo que esperamos. Ver de antemano y prepararse para no ser engañados, para no errar el camino, lo cual sería fatal.
Con todo esto, lo que nos enseña Jesús es la actitud del que está despierto y atento a lo que pasa: “Velando en la oración es como no se cae en la tentación” (CATIC 2612).  De este modo, el Adviento nos recuerda la importante necesidad de estar atentos a nuestra vida interior, a nuestra relación con Dios, estar atentos a eso que esperamos… ¿Esperamos el Cielo, la venida de Jesús? ¿Esperamos realmente que venga a nosotros como en un nuevo pesebre?  ¿Esperamos que este tiempo sea para nosotros un crecimiento que nos acerque más a Dios?

3.     Caminar:
Finalmente, este crecimiento, al que nos invita el Adviento, se asemeja al caminar: “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”. Es un tiempo de ir hacia Dios, con la alegría de sabernos amados infinitamente por Él.
De ahí que la invitación del profeta se hace actual para nosotros: “¡Vengan, subamos a la montaña del Señor, a la Casa del Dios de Jacob! El nos instruirá en sus caminos y caminaremos por sus sendas»” (Is 2,3). “Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5).          
Sí, caminos con obras buenas, preparando un buen pesebre para nuestro Dios cercano que viene. Esto es el cometido del tiempo de Adviento.

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre, de la dulce espera, nos conceda practicar este caminar en nuestra vida, dejando todo lo malo, el peso que nos cansa, y eligiendo los buenos pasos que nos acercan a Jesús. Así sea.