Santa Faustina



Introducción:
Nadie ama lo que no conoce. Por esto el Señor,
que quiere ensanchar nuestro corazón con su amor, nos invita también a conocerlo cada vez más.
1.         Contemplar a Jesús:
Jesús al final de Evangelio de San Mateo (Cf. Mt 28,8-10), nos dirige una importantísima invitación. Nos interpela igual que a los apóstoles a través de aquellas mujeres. También a nosotros nos invita a ir a verlo, a contemplar su rostro.
Sin embargo, esta invitación no se agota en un simple mirar físico. Pues algunos, aunque lo pudieron observar en la montaña, antes de la ascensión, “dudaron” (Mt 28,27). La invitación que hoy nos hace Dios es a contemplar, con fe, el rostro del Señor, más aún, a creer en su Corazón resucitado. Y de él recibir, su amor y misericordia. Ya que creer en el amor que Dios nos tiene, nos hace posible amarlo a Él y, por Él, a nuestros hermanos.
2.         Santa Faustina y el Corazón de la Misericordia:
Así lo hizo, así nos lo enseñó, Santa Faustina. Del Corazón resucitado de Cristo, ella vio “dos haces de luz que iluminan el mundo: "Estos dos haces -le explicó un día Jesús mismo- representan la sangre y el agua" (Diario, Librería Editrice Vaticana, p. 132)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
“Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, no sólo recuerda el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14; 7, 37-39)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
“Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
El mensaje que Jesucristo dio a la humanidad a través de la santa polaca, no es nuevo, pero sí muy oportuno para el siglo XX, dado entre las dos grandes guerras mundiales. Incluso, todavía hoy, el mundo necesita recibir ese mensaje. La pregunta es ¿cómo? El mismo Papa nos dice: “Cristo nos enseñó que "el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)" (Dives in misericordia, 14)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
Así, nos preguntamos cómo lo vivía Santa Faustina: ella, “dejó escrito en su Diario: "Experimento un dolor tremendo cuando observo los sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo repercuten en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de modo que me destruyen también físicamente. Desearía que todos los dolores recayeran sobre mí, para aliviar al prójimo" (p. 365)” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
 3.        Las obras de misericordia como manifestación de nuestra fe:
Y siguiendo con los interrogantes, nos preguntamos: ¿cómo podemos vivirlo nosotros hoy? La respuesta ya está dada: creyendo cuánto nos amó Dios, amaremos nosotros con su amor. “En efecto, nos dice el Beato Juan Pablo II, no es fácil amar con un amor profundo, constituido por una entrega auténtica de sí. Este amor se aprende sólo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando nuestra mirada en él, sintonizándonos con su corazón de Padre, llegamos a ser capaces de mirar a nuestros hermanos con ojos nuevos, con una actitud de gratuidad y comunión, de generosidad y perdón. ¡Todo esto es misericordia!.” (Homilía del Beato Juan Pablo II en su canonización).
Pero este camino, tiene distintos elementos, todos ellos muy importantes: Primero, están los mandamientos, ya que como nos enseña el mismo Jesús: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15). De hecho, no mentir, no robar, no dañar al prójimo, son una muestra de justicia amorosa.
Pero también no podemos olvidar las llamadas obras de misericordia, en las cuales el amor muestra su condición de gratuito, dando al más necesitado, incluso al que nos ha hecho algún mal. En cuanto a ellas, conviene recordar no sólo las materiales, sino también las espirituales, como dar un buen consejo, corregir al que se equivoca, rezar por todos, soportar con paciencia los defectos ajenos, perdonar las ofensas… Así, podremos ser en el mundo testigos auténticos del amor de un Dios que nos libró de nuestras miserias tomándolas sobre Sí.
Conclusión:
Finalmente, terminamos con una oración del mismo Sumo Pontífice a la Santa de la misericordia:
“Tú, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la misericordia divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos”.