Introducción:
La vida de fe, no es para una clase de personas, no es para
una etapa determinada de la vida, no es para una nacionalidad concreta
excluyendo a las demás. La invitación a la felicidad que viene de la fe es para
todos. De hecho, la historia de la Iglesia lo corrobora, pues entre la lista de
los santos, hay hombres y mujeres, ancianos y niños, ricos y pobres, políticos
y militares, etc. Incluyendo también almas jóvenes.
1. La fe del apóstol Tomás:
El Señor, en el Evangelio que narra su aparición a los
Apóstoles el domingo siguiente a la resurrección, nos dice a todos: “Felices
los que creen sin haber visto” (Jn 20,29). Después de que el Apóstol Santo
Tomás no quiso creer y, el Señor, en su condescendencia lo ayudó a que crea,
proclama una bienaventuranza para los tiempos futuros: “Felices los que creen”.
De este modo, el Señor resucitado nos enseña que el camino
de nuestra felicidad pasa por la fe, una fe profundamente vital, que desde
nuestra mente y corazón sea capaz de dar una nueva orientación a nuestra
existencia.
2. “Feliz el que cree sin ver”.
De esto, es ejemplo para nosotros, el joven Pier Giorgio
Frassati. Nacido en Turín, hacia el año 1901, y fallecido en 1925 a causa de
una poliomielitis fulminante contagiada en una de sus visitas a los enfermos.
Él decía: “Vivir sin fe, sin un patrimonio que defender, sin mantener una lucha
por la Verdad no es vivir, sino ir tirando”.
A “Pier Giorgio Frassati… el poder del Espíritu de Verdad,
unido a Cristo, lo hizo moderno testigo de la esperanza que surge del
Evangelio, y de la gracia de salvación que obra en el corazón del hombre. Así
se convirtió en el testigo vivo y el defensor valiente de esta esperanza en
nombre de los jóvenes cristianos del siglo veinte” (Beato Juan Pablo II en su
beatificación).
“La fe y la caridad,
verdaderas fuerzas motrices de su vida, lo hicieron activo trabajador en el ambiente en que vivió, en la familia y en
la escuela, en la universidad y en la sociedad; lo transformaron en alegre y
entusiasta apóstol de Cristo” (Beato Juan Pablo II en su beatificación).
“El secreto de su celo apostólico y de su santidad hay que
buscarlo en el itinerario ascético y espiritual que recorrió; en la oración, en la perseverante adoración, incluso nocturna, del Santísimo
Sacramento; en su sed de la palabra de Dios, escrutada en los
textos bíblicos; en la serena aceptación
de las dificultades de la vida, incluida la familiar; en la castidad vivida como disciplina alegre…;
en la predilección diaria del silencio
y la "normalidad de la vida".
Precisamente en estos factores nos ha hecho descubrir la fuente de su vitalidad
espiritual (Beato Juan Pablo II en su beatificación).
Su vida “no presenta gran cosa de extraordinario… En él la fe y los sucesos cotidianos se
funden armónicamente hasta el punto que la adhesión al Evangelio se traduce
en atención amorosa a los pobres y a los
necesitados, creciendo continuamente hasta los últimos días de la
enfermedad que lo llevará a la muerte. El gusto por la belleza y el arte, la pasión por el deporte y por la montaña, la atención a los problemas de la sociedad no le impiden la relación constante con el
Absoluto” (Beato Juan Pablo II en su beatificación). Más aún, “su vocación de
laico cristiano se realizaba en múltiples compromisos asociativos y políticos,
en una sociedad en fermento indiferente y tal vez hostil a la Iglesia” (Beato
Juan Pablo II en su beatificación).
3. Juventud para el Señor:
“Él proclama, con su ejemplo, que es "dichosa" la vida llevada en el Espíritu de Cristo,
Espíritu de las Bienaventuranzas, y que sólo el que se hace "hombre de las
Bienaventuranzas" consigue comunicar a los hermanos el amor y la paz. Él
afirma que vale la pena sacrificarlo
todo por servir al Señor. Da testimonio de que la santidad es posible para
todos y que sólo la revolución de la
caridad puede encender en el corazón de los hombres la esperanza de un futuro
mejor” (Beato Juan Pablo II en su beatificación). Para los jóvenes de hoy,
nuestro beato, es una muestra de que con Jesús se puede ser feliz y de que es
normal la vida según el Evangelio.
En este sentido podemos recordar una de las primeras
palabras del Papa Benedicto: “¿Acaso no
tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro
de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él–, miedo de que Él pueda quitarnos
algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande,
único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego
en la angustia y vernos privados de la libertad?... ¡no! quien deja entrar a
Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre,
bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida.
Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la
condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que
nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir
de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos
jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, lo da todo. Quien se da
a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par, las puertas a
Cristo y encontraréis la verdadera vida. Amén.” (Homilía en la Misa del
inicio de su pontificado).
Conclusión:
Pidamos a nuestra Madre descubrir este tesoro escondido a
los ojos sin fe, pidamos la felicidad de un corazón convencido y verdaderamente
creyente.