Homilía Domingo XXVI Tiempo Ordinario Ciclo A



Un llamado para todos


Introducción:
Nuestra vida cristiana, en todo su desarrollo, tiene algunas características constantes. Siempre, el cristiano, por ejemplo, deberá renovar en su interior, el deseo profundo y eficaz de conversión.

  1. La conversión, obra de Dios:
Dios quiere que el malvado se aparte del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, de tal modo que así preserve su vida (Cf. Eze 18,27). Versículos más arriba, decía Dios por medio del mismo profeta: “¿Acaso deseo Yo la muerte del pecador –oráculo del Señor– y no que se convierta de su mala conducta y viva?” (Eze 18,23).
Dios quiere siempre nuestra vida y salvación. Por esto, quiere nuestra continua conversión, como el primero de los hijos del Evangelio que, aunque le dice que no, rechazando la voluntad paterna, luego se arrepiente y actúa conforme a las palabras de su Padre. Esta actitud de conversión no se agota sólo en cuanto a las obras exteriores, sino que “es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)” (CATIC 1428).
Conversión es metanoia, es decir, un cambio de mente, un cambio interior, cuando el corazón humano ya no quiere darle la espalda al Señor y se encamina hacia Él.

  1. Primera conversión:
Jesús, desde el comienzo de su misión, dirige esta llamada apremiante, que es parte esencial de su anuncio: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio” (CATIC 1427).
Los más alejados, los que no creen en Dios o viven como si Dios no existiera, son los primeros destinatarios de este mensaje. La llamada a la fe es, a su vez, una invitación a convertir corazón y vida al Señor.

  1. Conversión continua:
Pero también nosotros, los discípulos del Señor, necesitamos escuchar constantemente este llamado. La conversión es, según la Iglesia, una “tarea ininterrumpida” (CATIC 1428). Siempre necesitamos revisar nuestra vida, examinar nuestras intenciones, para rectificar el camino.
De ahí que con el salmista, cada uno de nosotros puede hacer propia su oración: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad” (Sal 24/25,4-5).
La continua conversión, también es necesaria porque nuestro fin es tremendamente elevado. Dios quiere que lo imitemos, lo cual se realiza cuando imitamos a Jesús, como lo desea el Apóstol: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).
Así nos damos cuenta que este camino de conversión no sólo es algo permanente, sino que además, es una propuesta fascinante.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude en este proceso de la vida cristiana para que, también nosotros podamos ayudar a los que están más lejos de Dios a acercarse a Él.

Homilía Domingo XXV del Tiempo Ordinario Ciclo A



Jornaleros del Reino en el mundo


Introducción:
Todos los bautizados somos hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo. Pero también, todos los bautizados somos “jornaleros”, todos, cada uno según su vocación, somos servidores del Reino. A cada uno de nosotros el Señor nos llama a colaborar en su obra de amor y salvación.

  1. Llama a todos:
Con el bautismo y la confirmación, todos los cristianos estamos llamados a colaborar en el Reino de Dios, a trabajar en le viña de Nuestro Señor Jesucristo. Todos tenemos en la Iglesia, no sólo un lugar importante, sino también una misión que realizar.
En la medida en que la hacemos por Dios y en nombre de la Iglesia, nuestra Madre, nos hacemos sus ojos, manos o pies, para que ella actúe en el mundo. En este sentido, no sólo los sacerdotes y consagrados colaboran con la obra del Señor, sino también los laicos, tienen un cometido específico.

  1. La misión de los laicos:
En este sentido, bien nos podemos preguntar cuál es la obra que Dios quiere “delegar” en los cristianos laicos. Así, nos lo enseña el Catecismo: “Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados” (CATIC Compendio 188).
Dicho de forma sencilla, Dios quiere llegar con su sabiduría salvadora y su amor que todo lo transforma a todos los rincones de la sociedad. Quiere llegar a las escuelas, a los hospitales, a los estudios jurídicos, universidades, al ámbito de la política, el arte, el deporte… Para ello cuenta con los católicos que allí desarrollan sus vidas. ¡Ésta es la misión del laico! Como la levadura que, en medio de la masa, la transforma y hace elevar.
Para esto, el fiel laico, necesita una profunda vida de fe, en la cual, oración y acción se conjuguen armoniosamente para que, lo que recibe de Dios mediante sus momentos de oración, lo transmita a los demás con su acción y testimonio.

  1. El triple munus:
En esta misión, el laico tiene una especial participación en el triple oficio (munus) de Cristo Salvador. A su modo, cada cristiano, colabora con la obra de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.
“Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo” (CATIC Compendio 189).
“Los laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)” (CATIC Compendio 190).
“Los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad” (CATIC Compendio 191).

Conclusión:
Pidamos a la Virgen Inmaculada, colaboradora de la Palabra encarnada, nos dé a cada uno de nosotros, la fortaleza y el entusiasmo para trabajar en la viña de nuestro amado Padre Dios, según la misión propia que el Señor ha pensado para nosotros.

Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario Ciclo A



Perdonar y ser perdonados


Introducción:
La misericordia vence en el juicio (Cf. Sant. 2,13). Por eso, en nuestra lucha contra el mal, no sólo hemos de evitarlo, sino también procurar hacer el bien, sobre todo, practicando la misericordia a imitación de Nuestro Señor.

  1. El perdón del Señor:
Ante todo, dirigimos nuestra mirada a Dios y vemos su Corazón misericordioso, que sabe perdonar: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Responsorio del salmo); “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura” (Sal 102/103,3-4).
Dios es como ese Rey que, con justicia, quiere arreglar las deudas con sus servidores. Pero que escucha los ruegos y atiende el corazón arrepentido y perdona. Pero, a su vez, quiere, que su perdón engendre perdón.
Así, innumerables Santos, entre ellos los mártires, han sido capaces de perdonar muchísimo mal hecho contra ellos. Recordemos al cardenal Van Thuan, obispo vietnamita, prisionero de los comunistas durante muchos años. Con su entrega, convertía a sus propios carceleros. Incluso uno, arriesgándose, le dejó tener una cruz de madera escondida.

  1. Perdón y venganza:
Dios perdona, Dios quiere nuestro perdón: “Perdona, dice el Eclesiástico, el agravio a tu prójimo” (Eclo 28,2), “acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa” (Eclo 28,7).
Finalmente, como un consejo importante de vida espiritual: “Evita los altercados y pecarás mucho menos” (Eclo 28,8).
También nos recuerda: “El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados” (Eclo 28,1).  Y como anticipando la parábola del Evangelio, nos enseña: “Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!” (Eclo 28,3-4).

  1. Un camino posible para todos: El perdón hecho oración:
Queda claro entonces que, para recibir el perdón de Dios, nosotros mismos debemos perdonar a nuestros hermanos:
Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado” (CATIC Compendio 594).
La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina, y es una cumbre de la oración cristiana” (CATIC Compendio 595).
En este camino de la misericordia que perdona, en el cual, pueden suceder acontecimientos muy difíciles, sin embargo, siempre se podrá recurrir a la oración. Esta es una herramienta siempre a mano. Quizás no siempre sean posible otros gestos de perdón más expresivos, pero siempre podrá estar la oración. No sólo la meditación del amor de Dios para que nos ayude a perdonar, sino también la intercesión por aquellos que nos han hecho sufrir que ya es una forma de perdón: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” dice Nuestro Señor (Mt 5,44).

Conclusión:
Suplicamos a Nuestra Madre del Cielo nos ayude a tener los mismos sentimientos que tiene el Sagrado Corazón de su Hijo.

Homilía Domingo XXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A



Misericordia y verdad


Introducción:
En la vida de un verdadero cristiano, van creciendo todas las virtudes juntas, porque se relacionan, porque la obra de Dios en nuestro corazón es ordenada. Por esto, en un auténtico cristiano, se unen características que, para un no creyente, pueden parecer difícilmente reconciliables. El seguidor de Cristo es justo y misericordioso, exigente y paciente, prudente y fuerte, magnánimo y humilde… también une en su vida el amor y la verdad.

  1. Lo más grande es el amor:
Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4)” (CATIC 2447).
En algunas ocasiones, la misericordia se ejercita diciendo la verdad aunque no sea tan agradable escucharla…

  1. La corrección fraterna:
Dentro de las diversas obras de misericordia, “la corrección es un bien y un servicio que se hace al prójimo. Pero aquí también hay reglas del juego, y hemos de tenerlas muy en cuenta para practicar cristianamente estos consejos de nuestro Señor. Veamos algunas de ellas.
La primera es que, antes de corregir…, debemos estar muy atentos nosotros para no faltar o equivocarnos en aquello mismo que corregimos a los demás; y, por tanto, el que corrige -ya se trate de un maestro, de un educador y, con mayor razón, de un padre o madre de familia- debe hacerlo primero con el propio testimonio de vida y ejemplo de virtud y después también podrá hacerlo con la palabra y el consejo. Nunca mejor que en estas circunstancias hemos de tener presente el sabio proverbio popular de que "las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra". Las personas –sobre todo los niños, los adolescentes y los jóvenes– se dejan persuadir con mayor facilidad cuando ven un buen ejemplo que cuando escuchan una palabra de corrección o una llamada al orden.
La segunda regla es que, al corregir, hemos de ser muy benévolos y respetuosos con las personas, sin humillarlas ni abochornarlas jamás, y mucho menos en público…” (Autor: P. Sergio A. Cordova LC | Fuente: Catholic.net).
Nuestro ejercicio de amor comenzará, ante todo, con la oración, que nos hace elegir los mejores caminos para hacer el mayor bien a nuestros hermanos. También le pedimos a Dios la gracia para ser escuchados. Requiere luego, mucha paciencia.

  1. Profeta de los caminos:
Otra forma de misericordia, parecida a la corrección fraterna es la misión del profeta. Principalmente, éste tiene el cometido de mostrar el buen camino, de alentar y animar a transitarlo. Pero también, cuando sus hermanos se equivocan de senda, tendrá que advertir, pues el silencio de quien ve aproximarse un peligro es culpable: “si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Eze 33,8).
Por eso, la Iglesia anuncia el camino de salvación, el poder infinito de la misericordia divina que siempre está dispuesta a perdonar y transformar el corazón arrepentido. Con la misma claridad, también anuncia los peligros, los errores, los caminos que nos alejan de Dios…
El mismo San Pablo ya lo enseñaba: el camino del amor es el de los mandamientos: “los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9). Todos los mandamientos constituyen el camino del amor, inclusive aquellos que más nos cuestan, que no entendemos del todo o que están muy alejados a los modos de pensar del mundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Conclusión:
Le pedimos a Nuestra Madre la gracia de que “viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo” (Ef 4,15).

Homilía Domingo XXII del Tiempo Ordinario Ciclo A



Seguir al Señor


Introducción:
Con la fe en el Hijo único de Dios hecho hombre, somos verdaderos cristianos. Sin embargo, esta fe incluye un fiel y comprometido seguimiento del Señor. Por lo tanto, la vida de fe implica que Jesús sea el centro de nuestra existencia, a quien sigamos con libertad llevando nuestra cruz.

  1. Centralidad:
Ya que somos cristianos porque nos hemos encontrado con el Señor (Cf. DCE 1), “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales” (CATIC 1618).
Esto mismo constituye la experiencia del salmista que se trasluce en su oración: “mi alma tiene sed de Ti, por Ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua.
En una sociedad alejada de Dios, que pareciera cada vez más no necesitar de Él, debemos pedirle al Señor la gracia de estar totalmente orientados hacia Él. Que al menos algunos pocos lo busquemos verdaderamente, con ansias y fidelidad.
¿Es Cristo el centro de la sociedad actual? Claramente no. Pero debemos hacernos una pregunta más importante: ¿es Cristo el centro de mi vida…?

  1. Libertad:
Para que esto sea realidad, Dios no deja de buscarnos y llamarnos con su gracia. Sin embargo, es responsabilidad nuestra responder. Así, el gran Profeta Jeremías lo expresaba diciendo: “Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir” (Jer 20,7). Dios nos seduce, nos invita por diversos modos a entrar en intimidad con Él; nosotros somos libres para responder.
Entonces, debemos meditar en nuestra libertad… ¿cómo la usamos? ¿Somos realmente libres para seguir al Señor o somos esclavos de nosotros mismos, de nuestros miedos, caprichos, desórdenes? ¿Qué le mezquinamos a Él?

  1. Negación y seguimiento:
Seguir al Señor implica, por lo tanto, negarse a uno mismo y cargar la cruz. Negarse significa poder decir que no a todas las tendencias hacia el pecado que tenemos en nuestro propio corazón. El mismo Jesús nos enseñó con claridad que “del corazón salen las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones” (Mt 15,19). Es necesario morir a todo eso, luchar contra el pecado, corregir la dirección de nuestra vida.
A esto se une el cargar la cruz, que no es simplemente sufrir, sino sufrir como Cristo, quien, aceptando la cruz, la abrazó, la besó y la llevó para nuestra salvación. El sufrimiento aceptado y ofrecido colabora con la redención del mundo.

Conclusión:
Le suplicamos a la Virgen, Madre Nuestra, nos conceda la decisión de seguir al Señor de cerca.