Un llamado para todos
Introducción:
Nuestra vida cristiana, en todo su desarrollo, tiene algunas
características constantes. Siempre, el cristiano, por ejemplo, deberá renovar en su interior, el deseo profundo y
eficaz de conversión.
- La conversión, obra de Dios:
Dios quiere que el malvado se aparte del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la
justicia, de tal modo que así preserve su vida (Cf. Eze 18,27). Versículos más
arriba, decía Dios por medio del mismo profeta: “¿Acaso deseo Yo la muerte del pecador –oráculo del Señor– y no que se convierta de su mala conducta y
viva?” (Eze 18,23).
Dios quiere siempre nuestra vida y salvación. Por esto, quiere nuestra continua conversión, como
el primero de los hijos del Evangelio que, aunque le dice que no, rechazando la
voluntad paterna, luego se arrepiente y actúa conforme a las palabras de su
Padre. Esta actitud de conversión no se agota sólo en cuanto a las obras
exteriores, sino que “es el movimiento del "corazón contrito"
(Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios
que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)” (CATIC 1428).
Conversión es metanoia, es decir, un cambio de mente, un cambio
interior, cuando el corazón humano ya no quiere darle la espalda al Señor y
se encamina hacia Él.
- Primera conversión:
Jesús, desde el comienzo de su misión, dirige esta llamada apremiante, que es parte
esencial de su anuncio: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed
en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta
llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su
Evangelio” (CATIC 1427).
Los más alejados, los que no creen en Dios o viven como si
Dios no existiera, son los primeros destinatarios de este mensaje. La llamada a
la fe es, a su vez, una invitación a convertir corazón y vida al Señor.
- Conversión continua:
Pero también nosotros, los discípulos del Señor, necesitamos
escuchar constantemente este llamado.
La conversión es, según la Iglesia, una “tarea
ininterrumpida” (CATIC 1428). Siempre necesitamos revisar nuestra vida, examinar nuestras intenciones, para rectificar el camino.
De ahí que con el salmista, cada uno de nosotros puede hacer
propia su oración: “Muéstrame, Señor,
tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad”
(Sal 24/25,4-5).
La continua conversión, también es necesaria porque nuestro
fin es tremendamente elevado. Dios quiere que lo imitemos, lo cual se realiza
cuando imitamos a Jesús, como lo
desea el Apóstol: “Tengan los mismos
sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).
Así nos damos cuenta que este camino de conversión no sólo
es algo permanente, sino que además, es una propuesta fascinante.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude en este proceso de la vida
cristiana para que, también nosotros podamos ayudar a los que están más lejos
de Dios a acercarse a Él.