Perdonar y ser perdonados
Introducción:
La misericordia vence
en el juicio (Cf. Sant. 2,13). Por eso, en nuestra lucha contra el mal, no
sólo hemos de evitarlo, sino también procurar hacer el bien, sobre todo,
practicando la misericordia a imitación de Nuestro Señor.
- El perdón del Señor:
Ante todo, dirigimos nuestra mirada a Dios y vemos su
Corazón misericordioso, que sabe perdonar: “El Señor es compasivo y
misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Responsorio del salmo); “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus
dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura”
(Sal 102/103,3-4).
Dios es como ese Rey que, con justicia, quiere arreglar las
deudas con sus servidores. Pero que escucha los ruegos y atiende el corazón
arrepentido y perdona. Pero, a su vez, quiere, que su perdón engendre perdón.
Así,
innumerables Santos, entre ellos los mártires, han sido capaces de perdonar
muchísimo mal hecho contra ellos. Recordemos al cardenal Van Thuan, obispo
vietnamita, prisionero de los comunistas durante muchos años. Con su entrega,
convertía a sus propios carceleros. Incluso uno, arriesgándose, le dejó tener
una cruz de madera escondida.
- Perdón y venganza:
Dios perdona, Dios quiere nuestro perdón: “Perdona, dice el
Eclesiástico, el agravio a tu prójimo” (Eclo 28,2), “acuérdate de los
mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del
Altísimo, y pasa por alto la ofensa” (Eclo 28,7).
Finalmente, como un consejo importante de vida espiritual: “Evita
los altercados y pecarás mucho menos” (Eclo 28,8).
También nos recuerda: “El hombre vengativo sufrirá la venganza
del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados” (Eclo 28,1). Y como anticipando la parábola del Evangelio,
nos enseña: “Si un
hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No
tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus
pecados!” (Eclo 28,3-4).
- Un camino posible para todos: El perdón hecho oración:
Queda claro entonces que, para recibir el perdón de Dios, nosotros mismos debemos perdonar a
nuestros hermanos:
“Al
pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero
confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los
sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col
1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros,
antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado” (CATIC Compendio 594).
“La
misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros
sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece
imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu
Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar
la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón
participa de la misericordia divina, y es una cumbre de la oración cristiana” (CATIC Compendio 595).
En este
camino de la misericordia que perdona, en el cual, pueden suceder
acontecimientos muy difíciles, sin embargo, siempre se podrá recurrir a la
oración. Esta es una herramienta siempre a mano. Quizás no siempre sean posible
otros gestos de perdón más expresivos, pero siempre podrá estar la oración. No
sólo la meditación del amor de Dios para que nos ayude a perdonar, sino también
la intercesión por aquellos que nos han hecho sufrir que ya es una forma de
perdón: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” dice Nuestro Señor (Mt 5,44).
Conclusión:
Suplicamos a Nuestra Madre del Cielo nos ayude a tener los
mismos sentimientos que tiene el Sagrado Corazón de su Hijo.