Buenos samaritanos
Sab 1,13-15.2,23-24;
Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11 y 12a y 13b; 2Cor 8, 7. 9. 13-15; Mc 5,21-43
Introducción:
“La felicidad está
más en dar que en recibir” (Hch 20,35) nos dice San Pablo citando unas
palabras de Jesús, que ningún otro había escrito. Pero esto, Jesús lo había
vivido a lo largo de toda su existencia en la tierra.
- Dios es nuestro Buen Samaritano:
El Evangelio de la resurrección de la hija de Jairo, tiene
dos hechos (éste y la curación de la mujer hemorroísa) muy sorprendentes. Pero
además, tiene anotaciones sobre algunas actitudes de Jesús que, aunque nos
podrían pasar desapercibidas, son de mucha importancia para conocer el Corazón
que tanto nos ama:
- En primer lugar, después de venir navegando desde otro lugar, al bajar tubo la delicadeza de atender a la gente que lo estaba aguardando (Cf. Mc 5,21).
- Cuando vino a verlo Jairo, lo escuchó y accedió a acompañarlo de inmediato (Cf. Mc 5,22-24).
- A la Mujer hemorroísa, que se curó al tocar su manto, amablemente le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).
- Al final, además de resucitar a la niña de doce años, tuvo la delicadeza de pedir para ella que le dieran de comer (Cf. Mc 5,42-43).
Así, con estos ejemplos, podemos descubrir el amor delicado
y generoso de Dios que se nos manifestó en Cristo Jesús.
- Los hombres deben ser samaritanos de los demás:
Por todo esto, poniendo como ejemplo a nuestro
Señor, San Pablo nos exhorta a la generosidad para con los más necesitados: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor
Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos
con su pobreza… No se trata de que ustedes sufran necesidad
para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso
presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un
día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad”
(2Cor 8,9.13-14).
Más
aún, el Señor Jesús, identificándose con los pobres, toma como hecho a Él lo
que hacemos a ellos: “Les aseguro que
cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron
conmigo” (Mt 25,40). Por esto, “El día en que su madre le reprendió por
atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: «cuando
servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos
de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús»” (CATIC 2449).
Por
todo esto, debemos esforzarnos por combatir toda forma de pobreza: “El amor a los pobres, dice el
Catecismo, se realiza mediante la lucha
contra la pobreza material, y también contra las numerosas formas de pobreza
cultural, moral y religiosa” (CATIC Compendio 520).
- Nosotros, samaritanos con las obras de misericordia:
Así, ante la pobreza,
nuestra respuesta de cristianos son las obras de misericordia, es decir,
que nuestro corazón se abra a la miseria del otro, se abra para socorrerlo con
lo necesario.
Es importante recordar y tomar conciencia que nuestra forma de vivir, si queremos seguir
a Cristo, debe incluir esta generosidad, que se fija en el hermano necesitado y
busca socorrerlo con alimento y ropa, sí, pero también con un consejo, con
el simple hecho de escuchar su tristeza, con la visita en los momentos de
dificultad, con la oportuna corrección, con el poder, silencioso pero verdaderamente
eficaz, de la oración…
Así, toda nuestra
vida adquiere ese color, ese aroma de bondad que caracterizaba al Señor: “pasó
haciendo el bien… porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). Y de este modo,
la misma vida se transforma en testimonio de nuestra fe en ese Dios que nos ama
infinitamente.
Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre, preocupada por el bien de unos
jóvenes esposos (Jn 2,1-5), nos conceda animarnos cada vez mejor a mirar a los
demás, como lo haría Jesús.