Homilía Domingo XXIV Tiempo Ordinario Ciclo B


¿Quién es Jesús?

Is 50, 5-9ª; Sal 114/115, 1-6. 8-9; Sant 2, 14-18; Mc 8, 27-35

Introducción:
Como la Virgen, muchas veces en nuestra vida, es bueno y necesario, meditar muchas veces sobre nuestra fe. Por esto, se renuevan en nuestro corazón las preguntas que nos impulsan a buscar la luz que nos guíe. Pero de todas las preguntas que más necesitamos reflexionar, la de Jesús ocupa el primer lugar.

  1.  ¿Quién es Jesús?
Tan importante es esta pregunta que el mismo Cristo nos la hace: “En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: – «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: – «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: – «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» Pedro le contestó: – «Tú eres el Mesías.»” (Mc 8,27-29).
De estas distintas respuestas podemos ver que, las primeras, aunque en algo se acerquen a la realidad, quedan a distancia, mientras que la respuesta de Pedro, aunque breve, da en el meollo. Es la respuesta de la fe, ya que, como dice San Mateo, “esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17).

  1.  ¿Quién es Jesús para mí?
Y descubrir al verdadero Jesús mediante la fe es de suma importancia puesto que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1).
Encontrarnos con Jesús, con el verdadero “Hijo de Dios” (Mt 16,16) hecho hombre, es lo que nos hace cristianos, lo que nos ilumina en la vida, lo que nos da la fortaleza para seguir su camino y llegar hasta el final.
Por esto nos preguntamos y volvemos a preguntarnos: ¿Quién es Jesús? ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida?
Pero el encuentro con este Jesús debe ser tan cercano, tan profundo, tan íntimo y maduro que nos lleve a seguirlo hasta la cruz. Lo cual, como le sucedió a San Pedro, a nosotros también nos cuesta.

  1. La respuesta de la fe:
Por esto, preguntarnos por Jesús es preguntarnos por nuestra fe en Él. Es preguntarnos por nuestros pensamientos, si “son los de Dios” o “los de los hombres” (Mc 8,33).
Jesús termina diciendo que “el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34b), porque las pruebas, que no son pocas, son necesarias para que crezca nuestra fe. Para lo cual hay que estar preparados…
A veces, las circunstancias de la vida ponen a pruebas nuestras obras de fe, por el lado del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad… A algunos les cuesta entender los caminos de la vida y, ante la cruz, se alejan de Dios, olvidando que por nosotros, ese mismo Dios subió a la cruz. Es la semilla que, al no tener profundidad por las piedras, se va secando.
Otros, tropiezan con pruebas muy distintas, a veces por los atractivos del mundo, por los deseos desviados de su corazón, por las propuestas de los demás, que luchan contra las exigencias de seguir a Jesús… Y así la semilla se va ahogando por las espinas.
Es necesario ser fieles a la fe en las obras pequeñas y cotidianas, sobre todo a la oración que dialoga con el Señor para seguirlo de cerca, para poder crecer en esos momentos de prueba y no desfallecer en el camino.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, siempre cercana a Jesús, tanto en Belén como en el Calvario, que nos dé una fe madura, para ir tras el Señor no a la distancia, sino lo más cerca que podamos.