Vocación a la santidad
Introducción:
“Sígueme” le dijo
a uno el Señor. Aunque de distinto modo, a todos nos llama. Él pensó en
nosotros y nos quiso para hacernos felices. Esto constituye una gran alegría
que tenemos sus discípulos.
- El llamado de Jesús:
Jesús llama, invita, nos interpela. Se fija en nosotros con
una intención: ¿qué querrá para nosotros?
Pero antes de responder a esta pregunta, debemos recordar algo muy importante: su infinito amor. Porque la respuesta
se relaciona con esto: lo que Él quiera
de nosotros será nuestro mayor bien, porque así nos ama.
Ahora sí, volviendo a la pregunta, su respuesta es múltiple,
porque primero hay una voluntad de Dios para todos, y luego, Jesús tiene un
llamado individual para cada uno. Pero ambos llamados, íntimamente unidos, son
la muestra de su amor por nosotros.
- Vocación universal:
En primer lugar, todos somos llamados a la santidad: “Ustedes, hermanos, han sido llamados para
vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para
satisfacer los deseos carnales» háganse más bien servidores los unos de los
otros, por medio del amor” (Gal 5,13), nos dice el Apóstol. Esta vocación a la libertad de hijos es lo
mismo que decir vocación a la caridad,
o vocación a la santidad.
Por esto nos enseña el Catecismo que “todos los fieles, de
cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG
40). Todos son llamados a la santidad” (CATIC 2013).
Ahora bien, esta vocación universal, ¿cómo se consigue? “Para
alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse
totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo,
haciéndose conformes a su imagen y siendo
obedientes en todo a la voluntad del Padre” (CATIC 2013).
Finalmente, hemos de recordar que “el camino de la
perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate
espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la
mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las
bienaventuranzas” (CATIC 2015). Este camino cobra distintas formas según la
vocación personal de cada uno.
- Nuestra respuesta:
Ante este llamado, no
cabe ninguna indiferencia. El Señor llama, el Señor espera. Por esto, hemos
de vencer todo miedo, ya que al desconocer lo que Dios nos quiere mostrar nos
puede atacar este sentimiento que no nos deja avanzar por el camino. La Sagrada
Escritura nos presenta el “no teman” como un estribillo que nos llena de
consuelo, confianza y fortaleza.
Además, nuestra respuesta debe ser generosa, no medida, no
calculada, sino entregada en esas manos
de las cuales sólo podemos esperar las cosas mejores, aunque no siempre las
entendamos.
Finalmente y relacionado con lo anterior, hemos de responder
con un corazón creyente. Pero creyente de tal modo que la fe se refleje en las
obras más que en las palabras, en las decisiones más que en las excusas, en la
dócil disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra.”
Conclusión:
Le rogamos a nuestra Madre, esclava del Señor, nos ayude a
imitarla en su respuesta al anuncio de Ángel.