Homilía Domino XIII Tiempo Ordinario Ciclo C


Vocación a la santidad


Introducción:
Sígueme” le dijo a uno el Señor. Aunque de distinto modo, a todos nos llama. Él pensó en nosotros y nos quiso para hacernos felices. Esto constituye una gran alegría que tenemos sus discípulos.

  1. El llamado de Jesús:
Jesús llama, invita, nos interpela. Se fija en nosotros con una intención: ¿qué querrá para nosotros? Pero antes de responder a esta pregunta, debemos recordar algo muy importante: su infinito amor. Porque la respuesta se relaciona con esto: lo que Él quiera de nosotros será nuestro mayor bien, porque así nos ama.
Ahora sí, volviendo a la pregunta, su respuesta es múltiple, porque primero hay una voluntad de Dios para todos, y luego, Jesús tiene un llamado individual para cada uno. Pero ambos llamados, íntimamente unidos, son la muestra de su amor por nosotros.

  1. Vocación universal:
En primer lugar, todos somos llamados a la santidad: “Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales» háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor” (Gal 5,13), nos dice el Apóstol. Esta vocación a la libertad de hijos es lo mismo que decir vocación a la caridad, o vocación a la santidad.
Por esto nos enseña el Catecismo que “todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la santidad” (CATIC 2013).
Ahora bien, esta vocación universal, ¿cómo se consigue? “Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre” (CATIC 2013).
Finalmente, hemos de recordar que “el camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas” (CATIC 2015). Este camino cobra distintas formas según la vocación personal de cada uno.

  1. Nuestra respuesta:
Ante este llamado, no cabe ninguna indiferencia. El Señor llama, el Señor espera. Por esto, hemos de vencer todo miedo, ya que al desconocer lo que Dios nos quiere mostrar nos puede atacar este sentimiento que no nos deja avanzar por el camino. La Sagrada Escritura nos presenta el “no teman” como un estribillo que nos llena de consuelo, confianza y fortaleza.
Además, nuestra respuesta debe ser generosa, no medida, no calculada, sino entregada en esas manos de las cuales sólo podemos esperar las cosas mejores, aunque no siempre las entendamos.
Finalmente y relacionado con lo anterior, hemos de responder con un corazón creyente. Pero creyente de tal modo que la fe se refleje en las obras más que en las palabras, en las decisiones más que en las excusas, en la dócil disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra.

Conclusión:
Le rogamos a nuestra Madre, esclava del Señor, nos ayude a imitarla en su respuesta al anuncio de Ángel.

Homilía del Corpus Christi Ciclo C


Breve misa explicada


Introducción:
Al venir a misa, son diversas las cosas que debemos tener en cuenta para lograr comprender, al menos en parte, su gran importancia, su gran misterio.
  1. Las dos mesas:
En la multiplicación de los panes, Jesús alimenta a su pueblo. Pero es bueno darnos cuenta que lo alimenta de dos modos, lo alimenta con dos “panes”. Ya que, como dice San Lucas, “Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios...”, luego, “al caer la tarde” realiza el milagro de multiplicar de los panes (Cf. Lc 9,11b-17), figurando la Eucaristía.
También en la misa, Jesús, nos sigue alimentando con estos dos panes: su Palabra y su Cuerpo. Por lo cual, hay dos mesas: el ambón y el altar. Pero con ambos alimentos, es el único Señor el que nos sale al encuentro, no sólo en aquel momento de la celebración, sino para la vida entera. A esto, corresponden en la misa, sus dos partes más importantes: la liturgia de la Palabra y la de la Eucaristía.
De aquí que el cristiano deba esforzarse, en la medida en que puede, por participar de ambos panes, para encontrarse doblemente, con su único Señor.
  1. Gestos importantes:
Además de esto, en cada Misa tenemos diversos gestos que, aunque no sean centrales,  no pierden su importancia:
  • Saludo y pedido de perdón: Comenzamos la misa, luego de la procesión de entrada que simboliza nuestra vida hacia Dios, con el saludo y señal de la cruz que nos recuerdan que estamos en la presencia del Señor. Ante Él nos reconocemos pecadores y le pedimos humildemente perdón. Los domingos, además, cantamos su Gloria.
  • Escucha y respuesta: Atentos, escuchamos la Palabra de Dios, sentados las primeras lecturas y de pie el Evangelio. Luego su explicación, que se llama homilía, de parte del sacerdote o diácono. A lo cual respondemos con el Credo (días de precepto) y oración de los fieles.
  • Presentación y Ofrecimiento: presentamos y ofrecemos, no sólo el pan y el vino, sino además, nuestra vida y corazones, “los gozos y alegrías de cada día” (Misal Romano), para que cobren sentido junto al sacrificio de Cristo.
  • Comunión y seguimiento: Al escuchar la plegaria eucarística, resuenan las palabras de Jesús: “esto es mi Cuerpo”, “este es el cáliz de mi Sangre”. Por lo cual, después del Padrenuestro, la oración de los hijos de Dios, si estamos convenientemente  preparados, nos acercamos a comulgar, es decir, a recibir al Señor, para que entre en nuestra vida y podamos seguirlo e imitarlo.
  • Transmitir a los demás: Luego de un momento de silencio, de gran importancia, en el que agradecemos a Dios su amor, y después de la oración final, nos vamos “en paz”, o sea, para transmitir a los demás esa paz que hemos recibido.

  1. Lo más importante:
Lo más importante es, sin embargo, descubrir que en la Misa, hay escondida detrás de ambas mesas y de todos los gestos, una presencia: Jesús, que renueva su sacrificio redentor. Él, es el que nos espera en cada celebración eucarística y, por esto, cada misa es importante, cada misa es una cita que no podemos postergar, cada misa es una obligación de amistad con Aquel que nos amó hasta el extremo.

Conclusión:
Por esto, le pedimos a la Virgen siempre fiel nos conceda descubrir esta importante riqueza de la misa, no sólo para hacer cualquier esfuerzo por ir cada domingo, sino también para vivirla cada vez mejor.

Homilía Santísima Trinidad Ciclo C

Solemnidad de la Santísima Trinidad


Introducción:
Dejado del Tiempo Pascual, retomando el Tiempo Ordinario, la Iglesia nos invita a contemplar lo más importante, dirigir nuestra mirada a Dios que es Uno en tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

  1. Dios es uno solo:
Nos dice Moisés que “el Señor es el único Dios” (Deut 4,39). No hay ni puede haber otro ser infinitamente perfecto como Dios, porque no se diferenciarían en nada. “Profesamos un solo Dios porque Él se ha revelado al pueblo de Israel como el Único, cuando dice: «escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor» (Dt 6, 4), «no existe ningún otro» (Is 45, 22). Jesús mismo lo ha confirmado: Dios «es el único Señor» (Mc 12, 29)” (CATIC Compendio 37).
Todo el mundo tiene un solo origen y un solo fin: Dios. Todo está dentro del plan sapientísimo de Dios, aunque no siempre es fácil de comprender para nosotros. Nuestra completa felicidad sólo se encuentra en Él, puesto que ninguna creatura puede aquietar nuestro corazón.

  1. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo:
Pero este Dios único, tiene un gran misterio en su interior, porque es Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Por esto, como últimas palabras, antes de su Ascensión, Jesús nos dijo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado” (Mt 28,19-20a). No dijo “en los nombres”, sino en el nombre significando la unicidad de Dios (Cf. CATIC 233).
“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" (DCG 43)” (CATIC 234).
Por esto, aunque no lo entendamos (y nunca lo entenderemos), debemos tenerlo presente, porque así es nuestro Dios: una familia de amor, cuyo amor mutuo se transmite a nosotros: “Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes” (Jn 15,9).

  1.  Dios en mi vida:
Por esto, los cristianos somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así, comenzando de este modo nuestra vida cristiana, debe continuar hasta el fin: en el nombre de nuestro buen Dios, que nos dio “el espíritu de hijos adoptivos” (Rm 8,15). Por esto, para ser buenos hijos de tan buen Padre, a imitación del Hijo, debemos dejarnos ser “conducidos por el Espíritu de Dios” (Rm 8,14). ¿Cómo? Creyendo profundamente que todo lo que Él quiere para nosotros es lo mejor. De este modo, podremos vivir sólo para Él, haciendo su voluntad, porque “la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra” (Sal 32/33,4-5).
Así, como Dios es uno solo, no podemos tener ídolos: Ídolo es todo aquello que amamos como deberíamos amar a Dios, que lo ponemos como lo más importante en nuestra vida, creyendo encontrar allí nuestra felicidad, cuando en realidad, la perdemos. Los ídolos, que nos mienten y engañan son: el poder desmedido, la avaricia, la lujuria… en fin el egoísmo en todas sus formas.
Por esto: “Reconoce hoy, nos recuerda Moisés, y medita en tu corazón que el Señor es Dios –allá arriba, en el cielo y aquí abajo, en la tierra– y no hay otro. Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz” (Deut 4,39-40).

Conclusión:
Dios es importante en nuestra vida… pero misión nuestra es descubrir esta importancia. Por esto, le pedimos a Nuestra Madre la convicción, la coherencia y la alegría de sabernos amados por este Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Homilía Pentecostés Ciclo C

Domingo de Pentecostés

(Vigilia)

Introducción:
En el Credo, cuando afirmamos nuestra fe, expresamos nuestra certeza en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y sobre la Tercera Persona, que esta solemnidad nos invita a considerar especialmente, afirmamos varias verdades. Pero lo primero que creemos sobre el Espíritu Santo se relaciona con la vida…

  1. Señor y Dador de Vida:
Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida” (Credo Niceno-Constantinopolitano) decimos con fe. De hecho, al afirmar Jesús: “De sus entrañas brotarán manantiales de agua viva” (Jn 7,38), continúa el Evangelista: “se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en Él” (Jn 7,39).
El Espíritu Santo tiene una Vida nueva, distinta, para darnos; es la Vida de los hijos de Dios, una participación de la Vida de Dios en nosotros. Y por eso creemos en que Él es el Dador de esa Vida, por lo cual también se la pedimos.
Este Espíritu Santo no sólo puede revivir los huesos secos que vio el profeta Ezequiel (Cf. Ez 37,1-14), sino también cada uno de nuestros corazones. Él los puede regenerar, revitalizar, levantar si están caidos… siempre que le dejemos, siempre que escuchemos su voz, sus palabras que dan Vida.
Él es el Agua viva, con la cual todo terreno puede dar fruto, porque donde hay agua hay vida, mientras que sin ella, tarde o temprano aparece el desierto. Así también en nuestro corazón: si está presente el Espíritu Santo y lo dejamos actuar en nosotros tendremos vida.

  1. Las fuentes de esa Agua viva:
Por tanto, nos preguntamos dónde podemos conseguir este manantial de Vida, este Espíritu santificador. En primer lugar, es Jesús el que nos lo envía, y de Él lo esperamos recibir. Pero además, hay “lugares” donde podemos encontrarlo:
  • Palabra de Dios: mientras leemos, es Él el que toca nuestros corazones (Cf. Hch 16,14) para que sus palabras iluminen nuestra vida entera.
  • Liturgia: por medio de los Sacramentos, nos transmite la fuerza del misterio pascual mediante la gracia, que tiene la capacidad de transformar nuestras vidas.
  • Oración: mediante la oración, los cristianos nos ponemos bajo la acción de Dios que nos ama y quiere llenarnos de dones. Y es el mismo Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, el que en la oración nos enseña a amar con ese amor divino que Jesús nos mandó vivir a imitación suya (Jn 15,12).
  • Nuestra vida: “en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración” (CATIC 2659). “Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los “pequeños”, a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas” (CATIC 2660).

  1. Esta vida en nosotros:
Jesús nos invita a beber, es decir, recibir al Espíritu Santo. Para ello hemos de tener sed, darnos cuenta de que lo necesitamos e ir hacia Él… De este modo, podremos recibir el Don de lo Alto.
Todo esto ha de manifestarse en nuestro cambio, en nuestras obras y en nuestra capacidad de amar.
Que podamos amar ahora y siempre, como el Señor Jesús, es la mayor obra que el Espíritu Santo quiere hacer en nuestra vida.

Conclusión:
Le suplicamos a la Virgen Inmaculada, Esposa fiel del Espíritu Santo, aumente en nuestros corazones el deseo profundo y verdadero de dejarnos conducir por el Soplo
Divino.