Domingo de Pentecostés
(Vigilia)
Introducción:
En el Credo, cuando afirmamos nuestra fe, expresamos nuestra
certeza en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y sobre la Tercera
Persona, que esta solemnidad nos invita a considerar especialmente, afirmamos
varias verdades. Pero lo primero que creemos sobre el Espíritu Santo se
relaciona con la vida…
- Señor y Dador de Vida:
“Creo en el Espíritu
Santo, Señor y Dador de Vida” (Credo Niceno-Constantinopolitano) decimos
con fe. De hecho, al afirmar Jesús: “De
sus entrañas brotarán manantiales de agua viva” (Jn 7,38), continúa el
Evangelista: “se refería al Espíritu que
debían recibir los que creyeran en Él” (Jn 7,39).
El Espíritu Santo tiene una Vida nueva, distinta, para
darnos; es la Vida de los hijos de Dios, una participación de la Vida de Dios
en nosotros. Y por eso creemos en que Él es el Dador de esa Vida, por lo cual
también se la pedimos.
Este Espíritu Santo no sólo puede revivir los huesos secos
que vio el profeta Ezequiel (Cf. Ez 37,1-14), sino también cada uno de nuestros
corazones. Él los puede regenerar, revitalizar, levantar si están caidos… siempre
que le dejemos, siempre que escuchemos su voz, sus palabras que dan Vida.
Él es el Agua viva, con la cual todo terreno puede dar
fruto, porque donde hay agua hay vida, mientras que sin ella, tarde o temprano
aparece el desierto. Así también en nuestro corazón: si está presente el
Espíritu Santo y lo dejamos actuar en nosotros tendremos vida.
- Las fuentes de esa Agua viva:
Por tanto, nos preguntamos dónde podemos conseguir este
manantial de Vida, este Espíritu santificador. En primer lugar, es Jesús el que
nos lo envía, y de Él lo esperamos recibir. Pero además, hay “lugares” donde podemos encontrarlo:
- Palabra de Dios: mientras leemos, es Él el que toca nuestros corazones (Cf. Hch 16,14) para que sus palabras iluminen nuestra vida entera.
- Liturgia: por medio de los Sacramentos, nos transmite la fuerza del misterio pascual mediante la gracia, que tiene la capacidad de transformar nuestras vidas.
- Oración: mediante la oración, los cristianos nos ponemos bajo la acción de Dios que nos ama y quiere llenarnos de dones. Y es el mismo Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, el que en la oración nos enseña a amar con ese amor divino que Jesús nos mandó vivir a imitación suya (Jn 15,12).
- Nuestra vida: “en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración” (CATIC 2659). “Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los “pequeños”, a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas” (CATIC 2660).
- Esta vida en nosotros:
Jesús nos invita a beber, es decir, recibir al Espíritu
Santo. Para ello hemos de tener sed, darnos cuenta de que lo necesitamos e ir
hacia Él… De este modo, podremos recibir el Don de lo Alto.
Todo esto ha de manifestarse en nuestro cambio, en nuestras
obras y en nuestra capacidad de amar.
Que podamos amar ahora y siempre, como el Señor Jesús, es la
mayor obra que el Espíritu Santo quiere hacer en nuestra vida.
Conclusión:
Le suplicamos a la Virgen Inmaculada, Esposa fiel del
Espíritu Santo, aumente en nuestros corazones el deseo profundo y verdadero de
dejarnos conducir por el Soplo
Divino.
Divino.