Homilía Domingo XXX Tiempo Ordinario Ciclo C


El que reza se salva


Introducción:
Nos hiciste, Señor, para Ti” le decía San Agustín a Dios. Por eso, lo único importante en la vida es caminar hacia la salvación, para estar con Dios eternamente. Para este fin el Hijo de Dios murió en la cruz, resucitó y dejó en su Iglesia los medios de salvación. Entre ellos, aunque no sea el único, ocupa un lugar importantísimo, la oración.

  1. Oración humilde:
Dice el Antiguo Testamento que “la súplica del humilde atraviesa las nubes” (Eclo 35,17). Por esto, el verdadero creyente, practica lo del salmo: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca” (Cf. Salmo 33/34), convencido de que “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.”
También el Evangelio resalta la importancia, no sólo de la oración, sino de una de sus características necesarias, la humildad: “Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano […]. El publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!". Les aseguro que este último volvió a su casa justificado […], porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado»” (Cf. Lc 18,10-14).

  1. Conocer a Dios y a uno mismo:
Para ser verdaderamente humildes, necesitamos dos conocimientos. En primer lugar debemos conocer a Dios y, en segundo, a nosotros mismos.
Necesitamos conocer la grandeza de Dios, su majestad, su misericordia… Es importante pensar que Él es nuestro Creador y, por lo tanto, todo lo bueno en nuestra vida es un regalo suyo. Además, sin Él no podemos hacer nada para nuestra salvación.
Nunca debemos olvidar que la oración no se agota en la súplica. Siempre es importante crecer en la vida de oración y llegar a meditar y contemplar el misterio divino.
A su vez, necesitamos conocer también la realidad de nuestra vida, nuestra fragilidad y nuestros pecados, nuestras limitaciones y nuestros puntos más débiles así como los dones que Dios nos ha dado. Somos creaturas necesitadas de Dios y, muchas veces, de los demás.
Ésta es la realidad. Estas dos verdades, sobre Dios y sobre nosotros, nos ayudan a mantenernos en nuestro lugar, es decir, en ser humildes.

  1. Un camino sencillo, el Santo Rosario:
Para conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, la oración es imprescindible. Entre otros modos, el Rosario también tiene su gran importancia en este campo. Cuando meditamos los misterios del Santo Rosario, contemplamos a Dios y también nos vemos a nosotros mismos en la vida de Cristo:
“Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne” (San Juan Pablo II, RVM n° 24), que nos revela la grandeza de Dios.
Pero también la grandeza del hombre perfecto, ante el cual nos damos cuenta, con mayor claridad, de nuestra propia miseria: “Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre, desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre” (San Juan Pablo II, RVM n° 25).

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la humildad y perseverancia para tener una profunda vida de oración para poder ir siempre por el camino de la salvación.

Homilía Domingo XXIX Tiempo Ordinario Ciclo C


Crecimiento de la fe


Introducción:
La fe, nuestra fe, es como una semilla que crece. Podríamos decir que tiene fuerza para crecer sola. Sin embargo, necesita de buena tierra y de nuestra colaboración para dar el fruto esperado. La pregunta, entonces: ¿cómo puedo hacer para crecer en la fe?

  1. Escuchar y recordar:  
En primer lugar, “la fe sólo crece y se fortalece creyendo” (Papa Benedicto XVI, PF n° 7), aceptando el don de la Palabra y meditándolo en el propio corazón. La Escritura no se cansa de repetir: “Recuerda”, pasar por el corazón. Como nos describe al hombre sabio el salmo primero, diciendo que medita la ley del Señor “de día y de noche” (Cf. Salmo 1).
Podríamos decir que la fe, debe estar presente en el propio corazón, ser parte importante de la vida interior. San Pablo recomendaba: “Permanece fiel a la doctrina que aprendiste” (2Tim 3,14).
Mediante el continuo acto de fe, es importante tener presente la Palabra que es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien(2Tim 3,16-17).

  1. Orar:
Más importante aún es suplicar, pedir el don, rezar: “Era necesario orar siempre…” como dice San Lucas (18,1). Dios, siempre nos escucha, aunque nos haga esperar. Más aún, la enseñanza sobre la oración es clara: “Sin desanimarse” (Ídem).
Este es el ejemplo del gran Moisés. Él no abandonó la oración hasta ver terminada la victoria. Cuando su cansancio avanzaba, el enemigo vencía. Como la fuerza del hombre está en Dios, su fe se fortalece cuando, ante el mismo Dios, el creyente suplica y  se abandona en sus manos (Cf. Ex 17,8-13).

  1. Transmitir:
Finalmente, y de mucha importancia, la fe crece dándola, transmitiéndola a los demás con las buenas obras y con el apostolado o misión. La luz de una vela crece al querer encender otra…
“Proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella…” (2Tim 4,2) le dice San Pablo a uno de los primeros obispos de la Iglesia. Adaptada a cada una de nuestras vocaciones, la misma máxima vale para todos los cristianos. Que la Palabra de Dios nos ilumine y, a través de nosotros ilumine a los demás. Que podamos proclamar la Divina Palabra con el ejemplo, con las obras cotidianas hechas por amor a Dios, con nuestra entrega y coherencia, con la fidelidad a la oración, con el necesario desprendimiento de todo lo que nos aleja de Dios…

Conclusión:
Pidamos a la Virgen la gracia de vivir de tal modo el cristianismo que, al final, el Señor nos encuentre “firmes en la fe” (1Cor 16,13).

Homilía Domingo XXVIII Tiempo Ordinario Ciclo C

Ir y volver a Cristo


Introducción:
Cuando Jesús estaba en casa de Marta y María, cuando la primera estaba trabajando y la segunda escuchaba al Señor, Jesús dijo que esta última había elegido la mejor parte. Jesús es lo más necesario y estar de cara a Él, escuchándolo, es lo más importante (Cf. Lc 10,38-42).

  1. Lo más importante:
Por esto, San Pablo le decía a San Timoteo que se acordara de Jesucristo, muerto y resucitado, pero de tal modo que imitara su vida: “Esta doctrina es digna de fe: Si hemos muerto con Él, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si renegamos de Él, Él también renegará de nosotros. Si somos infieles, Él es fiel” (2Tim 2,8-13).
Estar verdaderamente cerca del Señor es lo más importante, cerca por el conocimiento, cerca por el amor, cerca por la imitación

  1. Ir y volver:
El Evangelio nos relata que unos hombres enfermos se acercaron a Jesús: “Le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»” (Lc 17,12-13).
Pero ¿todos se acercaron del mismo modo? Nueve se acercaron solamente para pedir y, una vez curados, no volvieron más. El número diez, “al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias” (Lc 17,15-16).
Este último fue a encontrarse con Jesús no una sola vez; fue y volvió a ir. Porque reconoció la bondad del Señor. No podemos usar a Dios, sino dejarnos conquistar por su amor, hasta que nos haga semejantes a Él que, por nosotros, murió y resucitó.

  1. Contemplar a Cristo:
Esto sucede en la oración, sobre todo en la oración de contemplación, como es el Santo Rosario. “El Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia” (San Juan Pablo II, RVM 13).
  • Comprender a Cristo: “Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje” (San Juan Pablo II, RVM 14).
  • Imitar a Cristo: “En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'” (San Juan Pablo II, RVM 15).
  • Rogar a Cristo: “En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros” (San Juan Pablo II, RVM 16).
  • Anunciar a Cristo: “El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador” (San Juan Pablo II, RVM 17).

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que nos anime a ser fieles a la oración del Santo Rosario, para que yendo continuamente al encuentro del Señor seamos transformados por su amor y podamos escuchar como aquel leproso agradecido: “tu fe te ha salvado.”