El que reza se salva
Introducción:
“Nos hiciste, Señor,
para Ti” le decía San Agustín a Dios. Por eso, lo único importante en la
vida es caminar hacia la salvación,
para estar con Dios eternamente.
Para este fin el Hijo de Dios murió en la cruz, resucitó y dejó en su Iglesia
los medios de salvación. Entre ellos, aunque no sea el único, ocupa un lugar
importantísimo, la oración.
- Oración humilde:
Dice el Antiguo Testamento que “la súplica del humilde atraviesa las nubes” (Eclo 35,17). Por esto,
el verdadero creyente, practica lo del salmo: “Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca”
(Cf. Salmo 33/34), convencido de que “Si
el afligido invoca al Señor, Él lo
escucha.”
También el Evangelio resalta la importancia, no sólo de la oración, sino de una de sus
características necesarias, la humildad:
“Dos hombres subieron al Templo
para orar; uno era fariseo y el otro, publicano […]. El publicano,
manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,
sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que
soy un pecador!". Les aseguro que este último volvió a su casa justificado
[…], porque todo el que se ensalza será
humillado y el que se humilla será ensalzado»” (Cf. Lc 18,10-14).
- Conocer a Dios y a uno mismo:
Para ser verdaderamente
humildes, necesitamos dos conocimientos. En primer lugar debemos conocer a
Dios y, en segundo, a nosotros mismos.
Necesitamos conocer
la grandeza de Dios, su majestad, su misericordia… Es importante pensar que
Él es nuestro Creador y, por lo tanto, todo lo bueno en nuestra vida es un
regalo suyo. Además, sin Él no podemos hacer nada para nuestra salvación.
Nunca debemos olvidar que la oración no se agota en la
súplica. Siempre es importante crecer en la vida de oración y llegar a meditar y contemplar el misterio divino.
A su vez, necesitamos
conocer también la realidad de nuestra vida, nuestra fragilidad y nuestros
pecados, nuestras limitaciones y nuestros puntos más débiles así como los dones
que Dios nos ha dado. Somos creaturas necesitadas de Dios y, muchas veces, de
los demás.
Ésta es la realidad. Estas dos verdades, sobre Dios y sobre
nosotros, nos ayudan a mantenernos en nuestro lugar, es decir, en ser humildes.
- Un camino sencillo, el Santo Rosario:
Para conocer a Dios y
conocernos a nosotros mismos, la oración es imprescindible. Entre otros
modos, el Rosario también tiene su
gran importancia en este campo. Cuando meditamos los misterios del Santo
Rosario, contemplamos a Dios y también nos vemos a nosotros mismos en la vida
de Cristo:
“Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario
no son ciertamente exhaustivos, pero llaman
la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta
continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los
Evangelistas, refleja aquel Misterio que
supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne” (San Juan Pablo II, RVM n° 24),
que nos revela la grandeza de Dios.
Pero también la grandeza del hombre perfecto, ante el cual
nos damos cuenta, con mayor claridad, de nuestra propia miseria: “Siguiendo el
camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre, desvelado y
redimido, el creyente se sitúa ante la
imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa
de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio
de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y,
siguiendo sus pasos hacia el Calvario,
comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo
y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está
llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo,
se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el
misterio del hombre” (San Juan Pablo II, RVM n° 25).
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la humildad y perseverancia para tener
una profunda vida de oración para poder ir siempre por el camino de la
salvación.