Homilía Domingo XXIX Tiempo Ordinario Ciclo C


Crecimiento de la fe


Introducción:
La fe, nuestra fe, es como una semilla que crece. Podríamos decir que tiene fuerza para crecer sola. Sin embargo, necesita de buena tierra y de nuestra colaboración para dar el fruto esperado. La pregunta, entonces: ¿cómo puedo hacer para crecer en la fe?

  1. Escuchar y recordar:  
En primer lugar, “la fe sólo crece y se fortalece creyendo” (Papa Benedicto XVI, PF n° 7), aceptando el don de la Palabra y meditándolo en el propio corazón. La Escritura no se cansa de repetir: “Recuerda”, pasar por el corazón. Como nos describe al hombre sabio el salmo primero, diciendo que medita la ley del Señor “de día y de noche” (Cf. Salmo 1).
Podríamos decir que la fe, debe estar presente en el propio corazón, ser parte importante de la vida interior. San Pablo recomendaba: “Permanece fiel a la doctrina que aprendiste” (2Tim 3,14).
Mediante el continuo acto de fe, es importante tener presente la Palabra que es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien(2Tim 3,16-17).

  1. Orar:
Más importante aún es suplicar, pedir el don, rezar: “Era necesario orar siempre…” como dice San Lucas (18,1). Dios, siempre nos escucha, aunque nos haga esperar. Más aún, la enseñanza sobre la oración es clara: “Sin desanimarse” (Ídem).
Este es el ejemplo del gran Moisés. Él no abandonó la oración hasta ver terminada la victoria. Cuando su cansancio avanzaba, el enemigo vencía. Como la fuerza del hombre está en Dios, su fe se fortalece cuando, ante el mismo Dios, el creyente suplica y  se abandona en sus manos (Cf. Ex 17,8-13).

  1. Transmitir:
Finalmente, y de mucha importancia, la fe crece dándola, transmitiéndola a los demás con las buenas obras y con el apostolado o misión. La luz de una vela crece al querer encender otra…
“Proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella…” (2Tim 4,2) le dice San Pablo a uno de los primeros obispos de la Iglesia. Adaptada a cada una de nuestras vocaciones, la misma máxima vale para todos los cristianos. Que la Palabra de Dios nos ilumine y, a través de nosotros ilumine a los demás. Que podamos proclamar la Divina Palabra con el ejemplo, con las obras cotidianas hechas por amor a Dios, con nuestra entrega y coherencia, con la fidelidad a la oración, con el necesario desprendimiento de todo lo que nos aleja de Dios…

Conclusión:
Pidamos a la Virgen la gracia de vivir de tal modo el cristianismo que, al final, el Señor nos encuentre “firmes en la fe” (1Cor 16,13).