Homilía de Corpus Christi


Alfa y Omega


Introducción:
San Juan, antes de transmitirnos las grandes profecías del último libro de la Biblia, el Apocalipsis, dice: “Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso” (Apoc 1,8). Quiere dejar bien en claro que las Palabras del Libro no son suyas, sino del Señor, de Aquel que es el Principio y Fin de todo.

  1. Dios con nosotros:
Aunque en la actualidad siguen siendo muchos los que no creen en este misterio tan grande, -incluso entre aquellos que se llaman cristianos-, la Palabra de Nuestro Señor sigue resonando: “el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo.”
Dios que se acercó a la humanidad, de un modo muy particular, cuando su Hijo Eterno se encarnó, no la abandonó, sino que quiso quedarse para siempre, dejándonos en la Hostia consagrada, su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Por esto, la Eucaristía es principio y fin de toda nuestra vida cristiana, como enseña el Concilio Vaticano II.

  1. Principio de la vida cristiana:
En primer lugar, la Santísima Eucaristía es el principio, la fuente de donde brota todo el bien que Dios quiere darnos. Cuando participamos de la santa misa, devotamente, recibimos mucha gracia y bendición, no solo para nosotros, sino para los demás, incluyendo a las almas del purgatorio. Cada misa es una fuente inagotable de don divino.
El momento más importante es, sin duda, cuando, con el corazón bien dispuesto, nos acercamos a comulgar: “La Sagrada Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo y con su Iglesia, conserva y renueva la vida de la gracia, recibida en el Bautismo y la Confirmación y nos hace crecer en el amor al prójimo. Fortaleciéndonos en la caridad, nos perdona los pecados veniales y nos preserva de los pecados mortales para el futuro” (CATIC Compendio 292).
El cardenal Van Thuan se las ingenió para poder celebrar la santa misa durante el tiempo que fue preso por los comunistas. Él mismo narra cómo esas misas ofrecidas y, en ocasiones, momentos de adoración eucarística, fueron los que lo mantuvieron fuerte durante su largo cautiverio. Nosotros también, en cualquier circunstancia de la vida, podemos encontrar en nuestro Señor, que se ha queda en la Eucaristía, todo lo que necesitamos para ser buenos cristianos y santos.

  1. Fin de la vida cristiana:
A su vez, en el Santísimo Sacramento, se encuentra también la cumbre, el fin,  de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo y el hombre glorifica a Dios (Cf. CATIC 1325). Éste es el fin de todo: nuestra salvación y la gloria de Dios. No hay nada en el mundo que haya logrado eso, como fue el sacrificio de Cristo en la cruz. Dicho sacrificio se actualiza en cada santa misa. De allí, su importancia.
Todas nuestras aspiraciones, todo desafío o proyecto, todas las ansias que, verdaderamente se encaminan hacia Dios, encuentran, en la Santísima Eucaristía, su realización más perfecta. En cada ocasión, buena o mala, el cristiano verdadero, puede encontrar en el sacrificio eucarístico no sólo el ejemplo y modelo de obrar, sino también la motivación más importante: todo lo ofrece junto a la Hostia del altar.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conceda la fe para encontrar siempre en el Santísimo Sacramento nuestro sostén y el consuelo en todas las dificultades.