Homilía Domingo XII Tiempo Ordinario Ciclo A


Perdido y recuperado


Introducción:
Imaginemos que uno de nuestros tatarabuelos tuvo en su poder un gran tesoro. Tan inmenso que nos hubiese servido a toda la familia por muchas generaciones. Sus hijos y los hijos de sus hijos hubiesen ido heredando sin poder gastarlo del todo… Sin embargo, ese tatarabuelo, perdió ese tesoro. Con él, todos sus descendientes también lo perdieron.

  1. El pecado original:
Algo parecido a eso es lo que nos enseña San Pablo. Él nos explica el pecado original así: “Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rm 5,12). Adán perdió, para él y para todos, la vida de la gracia y, por eso, entró la muerte en el mundo.
Dice el Catecismo: “El pecado original, en el que todos los hombres nacen, es el estado de privación de la santidad y de la justicia originales. Es un pecado «contraído» no «cometido» por nosotros; es una condición de nacimiento y no un acto personal. A causa de la unidad de origen de todos los hombres, el pecado original se transmite a los descendientes de Adán con la misma naturaleza humana, «no por imitación sino por propagación». Esta transmisión es un misterio que no podemos comprender plenamente” (CATIC Compendio 76).

  1. Perdido y recuperado:  
Pero, aunque fue grande la pérdida, nuestra fe nos enseña que alguien recuperó ese tesoro y más abundantemente. El mismo San Pablo continúa: “Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud” (Rm 5,15).
El hombre es un ser bueno, creado por Dios, pero dañado por el pecado, inclinado al mal y herido para el bien. Por eso, su vida siempre será una lucha. Pero también es cierto que Nuestro Salvador conquistó la victoria y nos entrega todos los medios para alcanzar la salvación. Para la herida de la ignorancia, Jesús nos da la luz de la fe, para la herida la malicia la caridad, para la herida del desorden pasional las demás virtudes…


  1. La actitud correcta:
Por eso, el hijo de Dios, ya desde el bautismo está comprometido a luchar contra el mal y vivir la fe. La lucha contra el pecado, el vencer ese “hombre viejo” heredado de Adán, ese esfuerzo continuo por vencer los propios defectos… es parte de la vida cristiana. También es necesario no sólo creer en Dios sino también acomodar nuestra vida a dicha fe. Éste es el camino de la santidad a la que todos estamos llamados, de hecho, como dice el Catecismo: “La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles” (CATIC 2045).

Conclusión:
Le pedimos a la Inmaculada Madre de Nuestro Salvador nos conceda acercarnos, verdadera y profundamente, a su Hijo.