Perdido y recuperado
Introducción:
Imaginemos que uno de nuestros tatarabuelos
tuvo en su poder un gran tesoro. Tan inmenso que nos hubiese servido a toda la
familia por muchas generaciones. Sus hijos y los hijos de sus hijos hubiesen
ido heredando sin poder gastarlo del todo… Sin embargo, ese tatarabuelo, perdió
ese tesoro. Con él, todos sus descendientes también lo perdieron.
- El pecado original:
Algo parecido a eso es lo que nos enseña
San Pablo. Él nos explica el pecado original así: “Lo mismo que por un hombre
entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a
todos los hombres, porque todos pecaron” (Rm 5,12). Adán perdió, para él y para
todos, la vida de la gracia y, por eso, entró la muerte en el mundo.
Dice el Catecismo: “El pecado original, en
el que todos los hombres nacen, es el estado de privación de la santidad y de
la justicia originales. Es un pecado «contraído» no «cometido» por nosotros; es
una condición de nacimiento y no un acto personal. A causa de la unidad de
origen de todos los hombres, el pecado original se transmite a los
descendientes de Adán con la misma naturaleza humana, «no por imitación sino
por propagación». Esta transmisión es un misterio que no podemos comprender
plenamente” (CATIC Compendio 76).
- Perdido y recuperado:
Pero,
aunque fue grande la pérdida, nuestra fe nos enseña que alguien recuperó ese
tesoro y más abundantemente. El mismo San Pablo continúa: “Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia
otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre,
Jesucristo, sobró para la multitud” (Rm 5,15).
El hombre es un ser bueno, creado por Dios,
pero dañado por el pecado, inclinado al mal y herido para el bien. Por eso, su
vida siempre será una lucha. Pero también es cierto que Nuestro Salvador
conquistó la victoria y nos entrega todos los medios para alcanzar la
salvación. Para la herida de la ignorancia, Jesús nos da la luz de la fe, para
la herida la malicia la caridad, para la herida del desorden pasional las demás
virtudes…
- La actitud correcta:
Por eso, el hijo de Dios, ya desde el
bautismo está comprometido a luchar contra el mal y vivir la fe. La lucha
contra el pecado, el vencer ese “hombre viejo” heredado de Adán, ese esfuerzo
continuo por vencer los propios defectos… es parte de la vida cristiana.
También es necesario no sólo creer en Dios sino también acomodar nuestra vida a
dicha fe. Éste es el camino de la santidad a la que todos estamos llamados, de
hecho, como dice el Catecismo: “La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus
fieles” (CATIC 2045).
Conclusión:
Le pedimos a la Inmaculada Madre de Nuestro
Salvador nos conceda acercarnos, verdadera y profundamente, a su Hijo.