Ser buena semilla
Introducción:
Las parábolas nos enseñan la realidad a la
luz de la fe: cómo es el mundo en que vivimos y cuál es nuestra misión en él…
En el Campo del mundo hay semilla buena y semilla mala, pero nosotros somos
sembrados por Dios para dar buen fruto.
- Dos sembradores:
En el mundo, como nos enseña la primera
parábola de Jesús, hay buenos y malos, pero también hay dos sembradores:
Nuestro Señor siembra la buena semilla; el diablo la mala. De hecho ya desde el
comienzo, Satanás no ha dejado de tentar al hombre para que se aparte de Dios
(Cf. CATIC 391).
Cada uno de estos dos sembradores tiene su
semilla, su forma de sembrar, sus tácticas. “La
Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama
“homicida desde el principio” (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la
misión recibida del Padre” (CATIC 394). “Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una
criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no
puede impedir la edificación del Reino de Dios. […]. El que Dios permita la actividad
diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas
interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28)”
(CATIC 395).
Nuestro Señor, por el contrario, sembró y
sigue sembrando algo distinto. Él, actualmente, siembra especialmente por medio
de su Palabra, de los Sacramentos y de su Iglesia, sobre todo, por medio de los
Santos.
- Sembrados para el bien:
Nuestro Señor habla de que la siembra, en
medio del mundo, son los hombres… Ciudadanos del Reino de Dios por un lado, partidarios
del demonio por otro. Nosotros, ¿qué semilla somos?
Nuestro Salvador también nos enseñó que por
los frutos se conoce el árbol… Por eso, para saber qué semilla somos, nos
preguntamos qué frutos damos.
Más aún, la Divina Palabra nos enseña que, aunque
seamos débiles, pequeños y pocos, el fruto se relaciona con el poder de Dios.
Nuestra pequeñez se hace grande por el poder de Dios y puede hacer mucho bien a
los demás (como el grano de mostaza).
- Nuestra misión:
Para ser verdaderamente la buena semilla,
debemos tener en cuenta dos cosas: por un lado, combatir al mal sembrador; por
otro, dar fruto.
Para evitar que el demonio nos haga de su
siembra necesitamos:
- Vigilancia: el Evangelio dice que la mala siembra se hizo “mientras la gente dormía”. No podemos quedarnos dormidos en lo que se refiere a Dios, pensando en otras cosas menos importantes, ocupados totalmente por las cosas de la tierra…
- Confianza en Dios: su misericordia es más poderosa que nuestra miseria y que el poder del demonio. Como dice la primera lectura (Sab 12,13.16-19): “tu soberanía universal te hace perdonar a todos”; “juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”; “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. Su poder misericordioso hace que lo pequeño crezca admirablemente como el grano de mostaza y que poca cantidad transforme algo mayor como la levadura.
- Oración: con el salmista reconocemos que “Tú, Señor, eres bueno y clemente” (Salmo 85). Por eso recurrimos a Él, sabiendo que es necesario orar para no caer en la tentación (Cf. Mt 26,41).
Para dar fruto hemos de practicar las
virtudes, dando testimonio de vida cristiana. Así, podremos contagiar de
Evangelio el mundo que nos rodea. Seremos como esa levadura que hace crecer,
esas ramas que cobijan.
Conclusión:
Le pedimos a la Inmaculada Virgen María nos
conceda ser buena semilla, no sólo para nuestra salvación sino para la de
muchos otros más.