Nuestra victoria es la fe
Introducción:
El corazón humano, en cierto sentido, es
más grande que todo el universo material. Todo lo ha hecho Dios para el hombre.
En su corazón, es donde quiere Jesús reinar principalmente. Desde allí, reinará
en toda la sociedad humana.
- Cristo Rey:
En primer lugar, recordamos que Cristo es
nuestro Rey. El profeta ve su llegada: “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es
justo y victorioso, es humilde… Su dominio se extenderá de un mar hasta el
otro” (Zac 9,9-10).
Es importante detenernos en la descripción.
Zacarías dice que el futuro Mesías reinará en la justicia, es victorioso y
humilde, de un dominio sin fin. El Rey de las aparentes “paradojas”. Dominador
y justo, humilde y victorioso. Jesús siempre es así: inmenso en lo escondido, majestuoso en el silencio, grande en la
pequeñez.
- Un reino disputado:
Este Rey quiere reinar en nuestro corazón.
Sin embargo, éste, muchas veces es sede de un espíritu contrario al del Señor.
Dos reinos se disputan nuestra alma: por un lado Cristo, por otro el demonio,
como instigador de todo mal. Nuestro cometido es elegir bien: “Nosotros no somos deudores de la carne, para vivir de una manera carnal.
Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las
obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán” (Rm 8,12-13).
“De ahí que el hombre esté
dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva,
aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la
luz y las tinieblas (GS 13,2)” (CATIC 1707).
Lo que
nos enseña la Iglesia sobre la lucha espiritual es algo que todos
experimentamos: tentaciones, dificultades, obstáculos… Queremos seguir de cerca
a Jesús y nos cuesta terriblemente.
Queremos cambiar y el mal nos sale al acecho. Sin embargo, tenemos medios
suficientes para vencer.
- La fe que vence:
Para vencer hemos de recurrir a los dones
de Dios. En resumida cuenta, toda la realidad de la fe nos ayuda para ser
fieles al Señor. Por esto, san Juan dice: “la
victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe” (1 Jn 5,4). “El que cree en Cristo se hace hijo de Dios. Esta adopción filial lo
transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz
de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador el
discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral,
madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo” (CATIC 1709).
En este sentido, es necesario cultivar una
verdadera y completa vida de fe, que tenga en cuenta todos sus aspectos:
conocimiento, obras de amor, la gracia de los sacramentos, la oración. Siempre
necesitaremos recurrir constantemente al Señor que nos invita a ir a Él (Cf. Mt
11,28), aprender de Él, escuchar las palabras del Padre (Cf. Mt 11,25) y vivir
de su Espíritu (Cf. Rm 8,9).
Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre Inmaculada nos
ayude a preparar, con la fe, un corazón bien dispuesto para nuestro gran Rey,
Jesucristo.