Admirable Intercambio
Introducción:
¿Qué significa en la misa, el vino mezclado
con unas gotitas de agua? La unión de ambos elementos simboliza el admirable
intercambio que hace posible nuestra eterna salvación. Mientras se mezclan las
gotitas de agua con el vino, el sacerdote reza silenciosamente: “Por el misterio de esta agua y este vino
haz que compartamos la Divinidad de Quien se dignó participar de nuestra
humanidad.”
- Desde el principio:
Este gran intercambio es lo que se realiza
en el santo bautismo, según nos enseña San Pablo (Cf. Rm 6,3-4.8-11). Al ser bautizados en
Cristo, el Hijo de Dios vivo, nosotros sepultamos en su muerte nuestro pecado y
recibimos la vida de hijos de Dios.
Esta realidad, tan profunda como
desconocida, es el centro de nuestra redención. Somos verdaderos cristianos en
la medida en que le damos a Dios todo lo nuestro para que lo transforme y
recibimos de Él sus dones sagrados.
- Una vida exigente:
En el
Evangelio, Nuestro Señor no esconde lo difícil que es seguirlo verdaderamente.
Él, que había resumido la ley en el amor a Dios y al prójimo, ahora describe
este amor a Dios diciendo que debe estar por encima de todo otro cualquier amor
legítimo, que debe estar en las buenas y en las malas y que debe demostrarse en
la entrega (Cf. Mt
10,37-42).
Este
“camino difícil” sólo es posible gracias a ese continuo intercambio entre Dios
y se creatura fiel, que, aunque débil se esfuerza en entregarle todo a Dios y a
disponerse a recibir su gracia, su bondad y misericordia que transforman
nuestra existencia, como sucedió en la vida de los Santos.
- El valor de la santa misa:
“¿Dónde, nos preguntamos con el Papa
Benedicto XVI, se hace presente de modo real este maravilloso intercambio, para
que se haga presente en nuestra vida y la convierta en una existencia de
auténticos hijos de Dios? Se hace muy concreto en la Eucaristía. Cuando
participamos en la santa misa presentamos a Dios lo que es nuestro: el pan y el
vino, fruto de la tierra, para que Él los acepte y los transforme donándonos a
Sí mismo y haciéndose nuestro alimento, a fin de que recibiendo su Cuerpo y su
Sangre participemos en su vida divina” (Benedicto XVI, 04/01/12). De cada misa,
el buen cristiano sale distinto. Y es importante que nos hagamos esa pregunta:
“¿Qué le he entregado a Dios hoy? ¿Qué me ha dado? ¿Cómo lo he recibido?”
San León Magno decía: «Reconoce, cristiano,
tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no
pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa
de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del
poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios» (Sermón 1
sobre la Navidad, 3,2).
Conclusión:
Le pedios a nuestra Santísima Madre del
Cielo interceda por nosotros para que podamos establecer ese vínculo de
estrecha caridad y amistad con Dios, fuente de toda Santidad.