El amor de Dios en nosotros

Según la Palabra de Dios

Si buscamos en la Sagrada Escritura, ante todo debemos considerar lo que dice San Juan en su primera Carta: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8). Y este Amor es el objeto de nuestra vida de fe, ya que “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.” Es lo que nos permite vivir con Dios: “El que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.” Y nos llena de esperanza: “La señal de que el amor ha llegado a su plenitud en nosotros, está en que tenemos plena confianza ante el día del Juicio, porque ya en este mundo somos semejantes a él.” Y todo esto es posible, por el amor de Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4,16-19).

Este amor antecedente de Dios se manifestó, especialmente en Cristo y en Él, se nos presenta como casusa y modelo de nuestro amor:Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). Dicho amor es obra divina en nosotros “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

Este amor nuevo del Señor nos hace plenos y nos permite vivir según todos los mandamientos: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos… se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley” (Rm 13,8-10). Y enriquece nuestra vida con múltiples manifestaciones de amor, como la paciencia, el servicio, la humildad, la bondad… (Cf. 1 Cor 13).

Por tanto, nos damos cuenta de que en la Sagrada Escritura se puede encontrar ese hermoso camino de caridad que, partiendo de Dios en Cristo, llega a nosotros por obra del Espíritu Santo para que podamos amar, en toda circunstancia, con su amor.

Según la enseñanza de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, además de reflexionar sobre algunos de los textos que hemos citado anteriormente y otros semejantes, nos deja importantísimas aclaraciones. Nos recuerda que la caridad es una virtud teologal.[1] Es decir que viene de Dios y se dirige a Él, con lo cual nos pone en contacto, de un modo muy especial con el Señor, abriendo nuestra vida a Él, nos hace “permanecer” en Él por el amor.  

Además, nos recuerda el alcance de este amor que, al imitar al de Cristo, debe llegar incluso hasta los enemigos. Además, como es un amor que viene de la fe, amamos al prójimo porque en él vemos al Señor, como por ejemplo, en los pobres, enfermos, niños.[2]

También les da sentido y valor sobrenatural a todas nuestras obras, perfecciona las demás virtudes, y purifica, fortalece y eleva nuestra capacidad humana de amar,[3] dándonos así un crecimiento personal por encima de nuestra capacidad.

Otro aspecto importante es que “la práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios.”[4] Esa libertad siempre buscada y proclamada pero no siempre encontrada por el hombre, es un don de Dios para los que lo aman. Y aunque el temor y la esperanza también nos permiten vivir según Dios, por encima de ellos, la caridad nos da la verdadera libertad filial.[5]

Además, este amor tan grande produce efectos maravillosos. Algunos de ellos, como resalta el catecismo, son el gozo, la paz y la misericordia,[6] cualidades que aparecen notablemente en las Bienaventuranzas del Señor (Cf. Mt 5) y que son como el compendio de una vida totalmente deseable. Por esto, como dice San Agustín, este amor divino es, para nosotros, “la culminación de todas nuestras obras… hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos.”[7]

De este modo, el catecismo nos revela la riqueza que esconde esta virtud cuyo poder de sanación es tan grande que transforma nuestra existencia radicalmente. Y si bien no cure las enfermedades del cuerpo, sana los corazones, cuando circula por nosotros y llega al prójimo.

Según la experiencia monástica

También es importante tener en cuanta nuestra tradición monástica para descubrir el lugar importantísimo que la caridad tiene en nuestra espiritualidad de monjes. Como es una virtud que se recibe de Dios, la actitud fundamental del monje (y de todo cristiano), la escucha creyente, es necesaria para, no sólo conocer el amor que Dios nos tiene, sino también para recibir, con su palabra, la gracia de imitarlo.

Además, para poder vivir de este amor, como nos enseña San Bernardo, para poder ser llevados a la amorosa contemplación de Dios, necesitamos previamente practicar la misericordia con el prójimo y, para esto, necesitamos a su vez, conocer y experimentar nuestra propia miseria y el amor misericordioso que Dios nos tiene.[8]

Dicha experiencia personal de la propia miseria ante el amor de Dios nos coloca en un estado muy querido por los antiguos monjes, la compunción, que nos purifica, reaviva, empuja, anima, sostiene en nuestro caminar hacia Dios. Esta compunción nos hace vivir en carne propia que el mal, en nosotros, surge por una falta de amor, por no sabernos amados por Dios. Además, la misma compunción nos va sanando, al experimentar justamente, ese amor tan gratuito y desbordante que no mira nuestra miseria sino para transformarla totalmente.

Esta experiencia del amor divino nos permite ver de otro modo al prójimo. La misma compunción nos capacita para ver con ojos de misericordia a quienes, como nosotros, están enfermos por falta de amor. Esta mirada incluso, con la caridad iluminada por la fe, llega, como vimos más arriba, a descubrir a Cristo en los demás, descubriendo el aspecto sacramental de la realidad, gracias al cual, viendo lo visible, contemplamos lo invisible. Mirada que se desarrolla, por ejemplo, en la liturgia y en toda la realidad monástica, gracias a la fe. En cuanto al prójimo, la caridad nos la hace vivir y experimentar.

Y así, es la caridad fraterna la que construye y mantiene unida a la comunidad. Las mil diferencias que pueden existir entre los miembros de un monasterio, como ocurre en toda la Iglesia, sólo se pueden vivir en la paz de Cristo con la caridad de Cristo. Es el amor lo que une y lo que nos permite crecer, en las dificultades de la convivencia cotidiana.

Finalmente, este amor es el que viviremos eternamente, con lo cual, la caridad madura y bien vivida es como un adelanto del Cielo. De hecho, Santa Teresita, eminente doctora y experta en el amor divino, consideraba al Cielo como el amor que se recibe y da eternamente: “Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.”[9]

 

Como dice, bellamente, el himno Ubi Cáritas:

 

“Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

℣. Nos ha reunido el amor de Cristo.
℣. Alegrémonos y gocémonos en el mismo.
℣. Temamos y amemos a Dios vivo.
℣. Y amémonos con sincero corazón…

℣. Juntos veamos también con los bienaventurados,
℣. Tu rostro en la gloria, ¡oh Cristo Dios!:
℣. Que será un inmenso y honesto gozo,
℣. Por los siglos infinitos de los siglos.
Amén.”



[1] Cf. CATIC 1822.

[2] Cf. CATIC 1825.

[3] Cf. CATIC 1826-1827.

[4] CATIC 1828.

[5] Cf. San Basilio Magno, Regulae fusius tractatae prol. 3.

[6] Cf. CATIC 1829.

[7] San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4

[8] Cf. San Bernardo, Tratado sobre los grados de humildad y soberbia.

[9] Santa Teresita, Carta 254.