Mis cinco panes y dos peces

 

Jesús, el Hijo de Dios, al entregar su vida por nosotros y resucitar, sigue estando presente y, cerca de cada uno, continúa su obra de amor alimentando nuestras almas. Como lo hizo hace más de dos mil años, cuando dio de comer a una multitud con sólo cinco panes y dos peces (Cf. Mc 6,41-43), ahora, nos alimenta a nosotros con pequeñas y sencillas realidades que reavivan continuamente nuestra vida de fe.

 

El pan de la Señal de la Cruz

El primer pan que nos alimenta es la señal de la Cruz, una oración y gesto muy sencillos, que quizá hayamos aprendido de niños. Es como un abrazo de Dios que nos cubre y protege, nos ilumina y alienta.

Cuando rezamos la señal de la cruz, hacemos dos actos de fe importantísimos. Manifestamos que creemos en la Santísima Trinidad, Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, conocemos así la intimidad de Dios, que es uno solo pero no es solitario. Además recordamos que Cristo nos ha salvado con su muerte en la cruz, con su entrega total.

De este modo, Dios se nos presenta como el Amor mismo, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos han compartido su amor al querer salvarnos. Cuando hacemos la señal de la cruz es importante tener el corazón lleno de confianza y amor en Dios, sabiendo que Él quiere darnos su bondad.

Así, al rezar esta pequeña pero poderosa oración con frecuencia, vamos aprendiendo a poner todas las cosas en las manos de Dios y en su amor, vamos adquiriendo la capacidad de ofrecer a Él todo lo que hacemos y de darle gracias por todos sus dones. 

 

El pan del agua bendita

El segundo pan que alimenta nuestra vida de fe es el agua bendita que utilizamos al entrar en la iglesia o, incluso en nuestras casas, al momento de hablar con Dios. El agua bendita, entre otras cosas, nos recuerda el Santo Bautismo que hemos recibido.

Es importante recordar continuamente que Dios es nuestro Padre, que nos ama infinitamente, nos da su vida, nos cuida, educa, guía, y siempre está presente. Al usar el agua bendita, es bueno experimentar en nuestro interior la alegría de ser sus hijos y el deseo de comportarnos como tales. Por esto, usamos el agua bendecida unida a nuestra oración para que, al mojar nuestras manos y frente, nuestro corazón se abra para los dones espirituales de Dios.

 

El pan de la oración

Un tercer pan, muy nutritivo, es la oración. Por un lado es bueno estar en la presencia de Dios siempre, pensando en Él y haciendo todo por Él. Pero también es necesario dedicar algunos momentos al día para hablar especialmente con Dios, escuchar su palabra, reflexionar en lo que Él quiere para nosotros. Rezar u orar es estar en diálogo con el Señor y eso, siempre nos llena de gracia el corazón. 

Dios está siempre presente y conoce todo lo que nos ocurre, incluso nuestros pensamientos. Por eso escucha siempre nuestra oración, aunque no siempre acceda a lo que le pedimos, ya que como Padre sabe mejor que nosotros lo que necesitamos.

De todos modos, es importante rezar siempre, para pedir y para agradecer, para escuchar y hablar, para dejarnos amar por Él y regalarle, como actos de amor, nuestro tiempo, nuestra atención, y nuestro corazón.

 

El pan de la Palabra

El cuarto pan es el de la Divina Palabra, la Biblia. Dios nos ha enviado una carta enorme, larga y variada, apta para todos los momentos y circunstancias, que es su palabra. Él nos habló y nos habla y sus palabras nos dan vida eterna. Él nos guía, alienta, corrige, ilumina, consuela…

Por eso es importante poder dedicar algún momento a leer los Evangelios, los Salmos o algún otro texto bíblico. Leer un fragmento, cerrar los ojos y abrir el corazón para escuchar lo que Dios nos dice, para pensar en lo que hemos leído y por responderle a Dios, con nuestras palabras y acciones.

Al leer la Biblia, nuestro corazón debe estar amorosamente disponible, sediento como cierva que busca el agua (Cf. Salmo 41) para recibir lo que Dios nos quiera decir. No podemos leer la Escritura como cualquier libro, sino como la Carta de Dios.

 

El pan del perdón

El quinto pan es el perdón. Como todos necesitamos ser perdonados y perdonar, Dios nos regala su perdón en el Bautismo y en la Confesión. Y nos ayuda a perdonar a los demás para vivir en paz con Él y con el prójimo.

Dios tiene un corazón infinitamente misericordioso y no se cansa de perdonarnos. Más aún, su bondad ayuda a nuestro corazón para que hagamos lo mismo. Por esto, con humildad, debemos siempre desear el perdón de Dios, buscarlo, y transmitirlo a los demás, siendo nosotros también misericordiosos con los otros.

 

Los dos peces

Además de estos cinco panes, tenemos dos peces. Antiguamente, con el pez se representaba a Cristo, por eso uno de los peces es Jesús. Y el otro es la persona que mejor reflejó a Jesús: su Madre. Jesús y María son como dos peces que alimentan nuestra vida entera con su ejemplo y con su amor.

Jesús como único Salvador, y Ella como la mejor discípula y, por tanto, la más preparada maestra, ambos a su modo, nos fortalecen en el amor divino.

Jesús, como Dios, recibe nuestra vida, oración, nuestro corazón entero. La Virgen María intercede ante el Señor por nosotros. Los encontramos a ambos en la oración silenciosa de nuestra casa, cada día, pero también en la santa misa dominical, en la Iglesia.

 

Y así, con estas sencillas realidades, no sólo podemos crecer en nuestra fe, sino que podremos alimentar el corazón de otros. Que Jesús nos conceda siempre estos poquitos panes, que nuestra alma no sufra el hambre interior y que los que nos rodean puedan también recibir con gusto estos regalos del Cielo. Amén.