Homilía Domingo XII Tiempo Ordinario Ciclo B



El Creador


Introducción:
En medio de nuestras tempestades, nosotros también recurrimos a Aquel que tiene poder sobre todas las cosas, a Jesús Creador y Dueño de todo.

  1. Dios creador del mundo:
Sabemos, por la Sagrada Escritura, especialmente el Libro del Génesis, que el mundo existe porque Dios así lo quiso, por lo mismo, nos enseña la Iglesia que “Dios ha creado el universo libremente con sabiduría y amor” (CATIC Compendio 54).
Ni el mundo ni nosotros somos “el fruto de una necesidad, de un destino ciego o del azar” (Ídem). Somos lo que Dios nos ha pensado y existimos porque Dios nos ha amado, y nos sigue amando.
Sin embargo, por nuestro pecado ha entrado el mal en el mundo. Mal que Dios mismo ha cargado sobre sus hombros para ayudarnos a nosotros cuando lo sufrimos y nos parece que nos ahoga.

  1. Dios dueño del mundo:
Y así como Creador del mundo, Dios es su dueño y muchas veces muestra su poder: “¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del seno materno?” (Job 38) le preguntó el Señor a Job. Y también rezamos con el salmista: “cambió el huracán en una brisa suave y se aplacaron las olas del mar;  entonces se alegraron de aquella calma, y el Señor los condujo al puerto deseado” (Sal 106/107 29-30).

  1. Dios, nuestro Creador y Dueño:
Más aún, Él es nuestro Creador y nuestro Dueño y quiere, si nosotros le dejamos, hacer una obra maestra en nuestra vida. Por esto, nos dice San Pablo: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2Cor 5,17).
Pero cómo lograr esto, ¿qué debemos hacer para que nuestra vida sea como Dios la quiere, es decir, feliz?: “Si tu le dejas” nos dice Santa Maravillas de Jesús, monja carmelita. Porque sean lo oscuras que sean las quebradas o valles por los cuales debamos caminar, sabemos que a nuestro lado está el buen Pastor, que no nos abandona… Pero ¿cómo lo sabemos? Porque Él prefirió morir que abandonarnos, Él dio la vida por nosotros. Y así, no sólo en nuestras alegrías sino también en nuestros sufrimientos Él está presente.
Este Dios Creador que, a su vez, en la cruz se hizo nuestro Redentor tiene una palabra que decirle a nuestro sufrimiento. Pues aunque no se haya acabado el dolor en el mundo, Él lo cargó sobre sus hombros, no para eliminarlo sino para vencerlo con su amor.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Madre, cada vez que miremos al cielo o a la tierra, poder ver la mano de un Padre que siempre está presente para que lo encontremos junto a nosotros en la fe.