Homilía para el Sagrado Corazón de Jesús



Participar del amor de Dios

Introducción:
Celebrando este “Horno de amor divino”, nos alimentamos con la Palabra de Dios y nos acercamos al Señor presente en la Eucaristía para contagiarnos con su fuego.

  1. El amor de Dios:
Con un lenguaje paternal, Dios se refiere al amor que tiene por su pueblo. En palabras de Oseas, lo trata como un hijo, un niño pequeño al cual, con ternura llama, enseña a caminar, alza y cuida. Aunque Israel no comprende todo esto, Dios ama paternalmente a su pueblo.
Dios muestra su condición divina justamente en esto, en su infinito amor: “Mi corazón se subleva contra Mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím. Porque yo soy Dios, no un hombre” (Os 11,8-9).
Por esto exclama Isaías: “Este es el Dios de mi salvación: yo tengo confianza y no temo, porque el Señor es mi fuerza y mi protección; él fue mi salvación” (Is 12,2).
Viendo este amor infinito en el Corazón de Jesús, un santo del siglo XVII se hace predicador incansable de esta devoción. San Juan Eudes, “enseñaba que el Sagrado Corazón es un horno de Amor Divino. Los que desean unirse a su corazón son purificados, inflamados, y transformados por el Fuego Divino” (www.corazones.org).

  1.  Nuestra participación:
San Pablo, contemplando el mismo Sagrado Corazón, nos alienta a participar de su amor: “Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios” (Ef 3,17-19).
Con estas palabras, el Apóstol nos presenta un programa de vida espiritual. Primero, encontrarnos con Cristo y dejar que Él entre en nuestros corazones. Esto se logra recibiendo, con todas sus exigencias, la virtud de la fe.
Luego, San Pablo, describe el dinamismo de esta vida con dos verbos: arraigarse y edificar, ambos en el amor, la caridad que da vida a la fe. Estas virtudes nos hacen tener profundas raíces, nos cimientan en el Señor, fuente de la vida. También, hacen que nuestra vida se vaya construyendo, levantando, creciendo con firmeza y estabilidad.
Contemplando en la fe y viviendo en la caridad el amor de Cristo, somos enraizados y edificados en Dios.

  1.  Vivir los mandamientos
En este sentido, una guía segura para nuestro crecimiento está marcada por estas palabras, el decálogo, que nos enseña con claridad lo que Dios quiere de nosotros. Todos los mandamientos, no son sino concreciones de dos, con los cuales Jesús resume todo:
“En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: "El primero es: `Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas'. El segundo es: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No existe otro mandamiento mayor que estos" (Mc 12,29-31).
El apóstol S. Pablo lo recuerda: "El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud" (Rm 13,8-10)” (CATIC 2196).

Conclusión:
Le imploramos al Inmaculado Corazón de María nos siga ayudando en nuestro camino de caritativa fe, para que, conociendo mejor al Señor podamos imitarlo.