Conocer y amar a Cristo
Introducción:
“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” Esa es la
pregunta de un cristiano verdadero. Pensemos que, San Pablo, quien la escribió,
antes fue un perseguidor de Cristo, hasta que se encontró real y profundamente
con Él. Desde aquel momento, su vida cambió.
“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” nos queremos
preguntar, hoy, nosotros. Para eso hay que amar entrañablemente al Señor, para
lo cual hay que conocerlo.
- Los misterios de la vida de Cristo
El Evangelio nos narra diversos aspectos de la vida de
nuestro Señor. De allí que para conocerlo, sea tan importante el trato íntimo
con Dios mediante la lectura y meditación de su Palabra. Incluso este fragmento
de San Mateo, nos describe diversas actitudes de Jesús. Ante la muerte del
Bautista toma la decisión de alejar de allí; buscó estar tranquilo; al ver la
multitud se compadeció de ella; hizo el milagro de curar a varios enfermos;
finalmente realizó la multiplicación del pan y los pescados.
“A través de sus gestos, sus milagros y sus
palabras, se ha revelado que “en él reside toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es
decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae
consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio
invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (CATIC 515).
- Conocer a Cristo:
Al leer profundamente el Evangelio, con un espíritu de fe,
vemos en cada gesto del Señor, sea grande o pequeño, la inmensidad del amor
divino: ““Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en
que… fue llevado al cielo” (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios
de Navidad y de Pascua” (CATIC 512). Hay que verlo como signos de su
Divinidad y du su misión de salvación.
En cada gesto, cada hecho y dicho del Señor, vemos a Dios,
que nos salva. Justamente esto significa el nombre de Jesús (“Yahveh es
salvación”). Al conocer a Jesús, conocemos al Padre y su voluntad de hacernos
eternamente felices. En este sentido, cabe recordar entre otros, a uno de los
grandes apóstoles del santo Rosario, Santo Domingo de Guzmán, quien se dedicó a
hacer conocer la vida de Cristo mediante esta bella e importantísima oración. Conocer
a Cristo es conocer todo lo que Dios quiso revelarnos. También San Ignacio de
Loyola nos alienta, en sus Ejercicios Espirituales, a tener una íntima
experiencia del Señor, un encuentro tan profundo en la fe que nada nos pueda
apartar de Él.
- Amar a Cristo:
De ahí la pregunta de San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos
del amor de Cristo?” (Rm 8,35). Si conocemos intensamente al Señor, podremos
amarlo así. Ese es el amor que Dios quiere darnos: con todo el corazón, con
toda el alma, con todas las fuerzas (Cf. Mc 12,29-30), “amar a Dios sobre todas
las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él” (CATIC 2093). Un amor que
sea capaz de vencer todo obstáculo, toda dificultad, que pueda permanecer fiel,
no gastarse por el contrario crecer, no guardarse por el contrario contagiar.
San Pablo continúa la pregunta enumerando algunas
dificultades que podrían apartarnos del amor del Señor. Sin embargo, él con su
vida muestra que este grito es verdadero: “en todo esto obtenemos una amplia
victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rm 8,37).
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen la gracia de esforzarnos por conocer de
tal modo a Jesús que cambie nuestra vida para siempre.