Lo central de la fe
Mientras Jesús iba predicando por diversos lugares, se
detuvo en la región de Cesarea de Filipo. Allí, en medio de un diálogo con los
suyos, como habrá ocurrido a menudo, se nos ofrece un gran modelo para crecer
en nuestra fe.
En primer lugar, es necesaria una gran cercanía con el Señor. La gente, en su respuesta sobre Cristo,
veía algo de la grandeza del Señor pero no llegaba a adentrarse en el misterio: el Bautista, Jeremías, algún profeta. Es
uno de sus íntimos, el que acierta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”
(Mt 16,16).
Esta cercanía, que es espiritual, se vive en la asiduidad de escuchar y leer la Palabra de
Dios con un corazón atento, en acercarnos
a los sacramentos con devoción y bien preparados, en el esfuerzo continuo en crecer en la oración…
De este modo permanecemos cercanos al Señor.
En ese contexto podemos escuchar su pregunta, la más
importante y central: ¿Quién soy para
ti? “El Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Respuesta que no es sólo verbal sino
operante. Porque si creemos que Él es Dios, tendrá el primer lugar, no sólo
hoy, sino siempre, indiscutiblemente. ¿Creo
sinceramente que Jesús es Dios?
Esta es la fe, que no viene de la carne y la sangre, sino
del Padre celestial, capaz de hacernos felices, incluso cuando nos visita la
noche del dolor, porque nos permite experimentar
la cercanía de Dios que tanto nos ama y nos cuida.