Creo en el Hijo de Dios
Génesis 22,1-2. 9-13.15-18; Sal 115,10.15.16-17.18-19; Romanos 8, 31b-34;
Marcos 9, 2-10
Introducción:
Durante el tiempo cuaresmal, la Iglesia nos propone, en el
segundo domingo, el texto de la Transfiguración del Señor. De gran riqueza de
significado, este misterio se nos presenta como luz y fortaleza en nuestro camino de conversión.
- El Hijo de Dios:
San Marcos, al narrar el suceso de la Transfiguración, nos
enseña una verdad muy importante que es bueno recordar siempre: Jesús es el Hijo de Dios. Por esto, en
la Cuaresma, hemos de tener muy presente que todas nuestras oraciones,
esfuerzos y obras buenas son para imitar no a un hombre cualquiera, sino a Dios
que se hizo uno como nosotros. Porque los cristianos no somos como aquellos
admiradores de deportistas, famosos, somos servidores de Dios y por eso
seguimos a Cristo.
El Evangelista nos lo enseña con una breve pero poderosa
frase: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo” (Mc 9,7). Dios Padre
hace oír su voz para declararlo. Y para que no nos quede ninguna duda, nos dice
“mi Hijo”, el único, porque Jesús es el único Hijo, por naturaleza, de Dios.
Pues, “Hijo de
Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8;
Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18,
13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7,
14; Sal 82, 6)” (CATIC 441). Significa entonces una filiación adoptiva, una
relación de gran intimidad entre Dios y su criatura.
En el caso de
Cristo es distinto: “mi Hijo”. Creer, manifestar y vivir profundamente
esta verdad es lo que nos hace cristianos. Porque creer que Jesús fue un
profeta, el mejor de todos o un hombre excepcional, no nos alcanza para ser sus
discípulos de verdad. Es necesario estar convencidos de que Jesús es Hijo de
Dios, cuyo sentido pleno se puede captar en el misterio pascual, como aquel
centurión que exclamó “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15,39).
- Nuestro Salvador:
Como
Dios y hombre, Jesucristo es nuestro Salvador. Por esto, San Pablo ve que en
Cristo, “Dios está con nosotros” (Rm 8,31) de un modo muy especial. Pues, “lo entregó por todos nosotros” (Rm 8,32), para nuestra salvación. Entonces, se
pregunta: ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios?...
¿Quién se atreverá a condenarlos?”
(Rm 8,33-34). Nadie, ni nada.
De hecho, en la medida en que estemos
unidos a Jesús, ningún poder, podrá hacernos caer. De este modo, el texto de la
Transfiguración ilumina nuestro camino de conversión. ¿Queremos ser mejores?
¿Queremos dejar nuestras malas acciones de una vez por todas? ¿Queremos tener
la fortaleza para vivir como Dios quiere? Acerquémonos a Jesús, sin miedos, sin
recaudos, sin cálculos…
- Los testigos:
Esto
es lo que nos enseñan aquellos dichosos discípulos que fueron elegidos para ser
testigos de este misterio. Aquello les daba alegría y temor y tanto los
sobrepasaba, que no sabían qué decir. Pero después lo guardaron en su corazón y
discutían entre sí, esto les sirvió para estar convencidos del misterio de Jesús.
San Pedro en su segunda carta afirma: “Porque no les hicimos
conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas
ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza. En
efecto, Él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena
de majestad le dirigió esta palabra: «Este es mi Hijo muy querido, en quien
tengo puesta mi predilección»”
(2Pd 1,16-17)
Conclusión:
Con este convencimiento, nos encomendamos a María santísima,
pidiéndole la gracia de creer en Jesús. Pero una fe tal que se note en nuestro
modo de vivir, en nuestras obras, en nuestras reacciones ante las dificultades
y en todo lo que hagamos. Que podamos decir con San Pablo: “sé en quien he
puesto mi confianza” (2 Tim 1,12b).