Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario Ciclo B



Enviados a evangelizar

Jb 7,1-4.6-7; Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6; 1Cor 9, 16-19. 22-23; Mc 1, 29-39

Introducción:
Los cristianos sabemos, por gracia divina, que “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1Tim 2,4). Y también sabemos que “la salvación se encuentra en la verdad” (CATIC 851). Es decir, “los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación” (Ídem). Pero para esto, hace falta conocer el misterio del amor de Dios, para lo cual se necesita de quien lo anuncie

  1.  Misión de Cristo y de la Iglesia:
Por esto, Dios envió a lo largo de la historia muchos profetas que anunciaran sus palabras. Y luego, nos mandó lo mejor, a su propio Hijo. Él, como nos narra el Evangelio, vino “para predicar” (Mc 1,38). Por esto, iba de un pueblo a otro, anunciando la llegada del Reino de los Cielos.
Pero San Marcos, en su relato nombra varios elementos relacionados con la misión de Jesús: la predicación, la expulsión de demonios y la oración. Así nos enseña que la evangelización lleva una parte de anuncio de la Buena Noticia, pero también de lucha contra el mal, contra el demonio, el error, la mentira, el pecado… Y antes, se nutre del trato con Dios porque, como dice el refrán: “nadie da lo que no tiene”.
Esta misión, no se acabó, ya que Cristo fundó a la Iglesia para continuarla. Así lo enseña el Concilio Vaticano II: “La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser ‘sacramento universal de salvación’, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres” (AG 1). Y porque este mandato brota del Corazón de Cristo, “del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero” (CATIC 851).

  1.  La evangelización, tarea de todos:
Así pues, como todos los bautizados somos parte de la Iglesia, todos somos misioneros. Desde el bautismo, tenemos este derecho y este deber de amor, de transmitir a los demás lo que nosotros hemos recibido.
Todos podemos decir con el Apóstol: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Cor 9,16). Dios nos ha dado la posibilidad de la salvación, pero que no es sólo para nosotros, por lo cual debemos darla a los demás. Pensemos, por ejemplo, en el celo ardientemente misionero de San Francisco Javier, que viajo a la India, Japón y murió antes de ir a China, predicando por todas partes al Dios del amor.
Dios quiere reunir a sus hijos que están dispersos (Cf. Sal 146,2), que aún no lo conocen ni lo aman. Y no hay que pensar sólo en los asiáticos, de los cuales sólo  el 2,9 % son católicos. Debemos pensar en cuántos conocidos nuestros, amigos, parientes, compañeros… viven como si Dios no existiera. ¿Qué hacemos por ellos? ¡Esa es nuestra misión!

  1.  Medios para evangelizar:
Pero ¿qué podemos hacer por ellos? Mucho: en primer lugar, rezar por su conversión, por las gracias que más necesiten… También es muy importante que nuestra vida sea coherente con nuestra fe y, sobre todo, dos cosas: la caridad a todos incluyendo los que nos hacen mal y la alegría en las dificultades.
Junto con la oración, hay que mencionar el ofrecimiento de nuestros sufrimientos, ya que, como Cristo nos redimió en la cruz, nosotros colaboramos con Él ofreciendo nuestras pequeñas cruces por su amor.
Finalmente, en la medida en que es posible, podemos anunciar al Señor con nuestras palabras, en un apostolado específico, dentro de la familia parroquial, etc.

Conclusión:
Nos conceda Dios el tomar conciencia lo importante que es nuestra misión y lo urgentemente que requiere el mundo actual nuestra respuesta, para que Cristo pueda continuar su misión salvadora en todos los miembros de la Iglesia, cada uno a su modo.