Dios misericordioso
Lev 13, 1-2. 44-46;
Sal 31, 1-2. 5. 11; 1Cor 10, 31-11, 1; Mc 1,40-45
Introducción:
Muchas veces en nuestra vida, nos damos cuenta que hay cosas
que quisiéramos que no estuviesen: limitaciones, dificultades, defectos,
pecados… y sabemos que Dios quiere quitarnos el mal de nuestro corazón.
Entonces, ¿qué nos falta? “El que pide recibe” (Mt 7,8), nos dice el Señor.
- El Señor limpia:
De hecho, como nos enseña el Evangelio, Jesús curó al
leproso, después que éste se lo pidió. El enfermo se acercó a Jesús -teniendo
en cuenta que estaba prohibido para el que tenía lepra acercarse a los que
estaban sanos- y, con un corazón humilde, se arrodilló.
La humildad es muy importante en nuestra relación con Dios,
porque nos hace vivir como lo que somos: sus creaturas, sus hijos, sus mendigos
y Dios, es nuestro amable Padre y nuestro soberano Creador.
Así, el corazón humilde está bien dispuesto para acercarse a
Dios, aunque tenga una lepra terrible. Por esto, sea cual sea nuestro pecado y
miseria, gracias a la humildad nos podemos acercar al Señor. Por el contrario,
el corazón soberbio, aunque parezca cerca de Dios, está lejos de Él.
Esta humildad es la que conmueve
el Corazón de Cristo, el cual, no hace otra cosa que extender su poderosa mano
y limpiarnos de nuestras lepras. Jesús quiere curarnos; no sólo que puede, sino
que además lo quiere: quiere sanarnos, curarnos, levantarnos, quiere
resucitarnos. Y por todo esto lo llamamos Dios
misericordioso.
- Nuestra lepra:
La lepra era considerada en la Escritura no sólo como una
enfermedad sino como algo que hacía impura a la persona que la tenía. Y por
esto, la distanciaba del culto y del pueblo.
Nosotros, actualmente y en nuestro ambiente no tenemos la
lepra propiamente dicha (aunque todavía existe). Sin embargo, podemos pensar en
algunas enfermedades del alma que se le parecen. ¿Qué cosas tenemos en nuestro
corazón que nos alejan de Dios y del prójimo? ¿Qué hábitos no nos dejan vivir
la libertad de los hijos de Dios? En este sentido, podemos pensar en el egoísmo
que, al encerrarnos en nosotros mismos nos aísla y el corazón así, poco a poco,
se va pudriendo por dentro.
Sin duda podemos pensar en otras muchas actitudes en
relación con la lepra, pero todas ellas tienen algo de ese egoísmo que se
mira a sí mismo sobre todas las cosas.
Pero estas lepras son peores que la enfermedad propiamente dicha, porque a
simple vista no todos se dan cuenta de su fealdad: ¿cuántos llevan una vida de
pecado, alejados de Dios, pensando que van bien? ¿Cuántos se fijan sólo en lo
agradable de sus acciones sin considerar que en el fondo los dejan vacíos? Así
el pecado, cualquiera sea, es una enfermedad peor que la lepra de la piel.
- La oración de súplica:
Sin embargo, para nuestro bien, tenemos los remedios
necesarios. Y uno de ellos, muy importante, es el que nos enseña el leproso del Evangelio: la oración, que brota del, ya mencionado, corazón humilde.
Por esto, es
bueno reflexionar, sobre todo en la oración de súplica: la Escritura misma nos
muestra un matizado elenco de palabras como: “pedir, reclamar, llamar con
insistencia, invocar, clamar, gritar, e incluso luchar en la oración” (CATIC 2629). Siendo la petición su forma más
habitual y espontánea; de hecho, ésta ya es una vuelta a Dios, pues el que está
alejado de Él, pidiendo su perdón ya se está acercando nuevamente (Cf. CATIC
2629).
Por tanto, “la
petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición” (CATIC
2631). Como reza el salmista: “«Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste
mi culpa y mi pecado” (Sal 31,5).
Y en cuanto a
pedir, la Iglesia nos enseña que hay un orden de importancia: “primero el
Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su
venida” (CATIC 2632). Por esto, es muy importante que pidamos nuestra
salvación, perseverancia, conversión, y la de los demás. También podemos pedir
todo lo que necesitamos, en la medida en
que sea para la salvación. Como Santa Escolástica que, queriendo
permanecer con su hermano hablando de Dios, en una ocasión le pidió a éste que
se quedara y, como él no accedió, le pidió a Dios en la oración, El cual, les
mandó una tormenta tal que San Benito no pudo irse, y así ella se quedó con su
hermano. A los pocos días, ésta fallecía.
Conclusión:
Así, pidamos a la Virgen Santísima la humildad del corazón
necesaria para poder tener una vida de cara a Dios, exteriorizada en una cotidiana
oración. Así, podremos recibir los dones que Él quiera darnos, que son mejores
de los que nosotros le podemos pedir.