Homilía de Cuaresma I, Ciclo B



Acompañando a Nuestro Señor

Génesis 9, 8-15; Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9; 1Pedro 3, 18-22; Marcos 1, 12-15

Introducción:     
La Cuaresma es un tiempo santo, un tiempo de Dios, como todos los demás. Pero es un tiempo especial. En su comienzo, es bueno recordar que empezamos un nuevo camino junto a Jesús. Este tiempo nos será de provecho, pues el fin de la Cuaresma es acercarnos cada vez más, a Dios nuestro Salvador.

1.      Cuaresma con el Señor:
Es el Señor Jesús quien comenzó e inauguró la Cuaresma, con su ayuno de cuarenta días y nosotros, animados por la Iglesia, lo queremos acompañar. Él, fue empujado por el Espíritu Santo hacia el desierto, lugar de encuentro con Dios. Pero también lugar de lucha contra el demonio, que quiere alejarnos de Él.
San Marcos (1,12-15) nos narra muy escuetamente este episodio: sólo dice que estuvo cuarenta días, que se dejó tentar por el demonio, que estaba entre alimañas y ángeles y luego comenzó a predicar.
Nosotros sabemos que las tentaciones fueron un combate y el vencedor fue Jesucristo. Él tiene la fuerza que vence al mal, Él es el freno al pecado y a la muerte eterna.

2.      Lucha contra las tentaciones:
Él nos enseña a luchar contra nuestras tentaciones, porque muchas veces nos sentimos débiles para rechazar el mal, advertimos que está en nosotros la inclinación al pecado; muchas veces nos sucede lo que a San Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm 7,19).
Entonces, ¿qué podemos hacer cuando la fuerza del mal es tan fuerte? La respuesta es y será siempre: Mirar a Jesús vencedor. Él es quien nos da en el bautismo, simbolizado por el Arca de Noé, “una conciencia pura” (1Pd 3,21), como dice san Pedro. Pero además, en el transcurso de nuestra vida no nos deja solos, sigue a nuestro lado, para que podamos vencer al mal, incluso en lo profundo de nuestro corazón (Cf. Mc 7,21ss).
Respecto a la tentación, nos enseña el Catecismo, que “aparentemente su objeto es "bueno, seductor a la vista, deseable" (Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte” (CATIC 2847). Una buena imagen de esta realidad es el anzuelo con carnada: el pez ve comida, alimento, pero al devorarlo, encuentra su muerte. Así, detrás de toda tentación hay un engaño, lo que se nos presenta como bueno, nos hace el mayor daño, al separarnos de Dios. Por esto, necesitamos del auxilio divino, que nos de  fuerza y constancia, para vencer la tentación, ya que Jesús, no sólo nos enseña con su ejemplo sino que nos ayuda con su gracia.
Podemos recordar aquí, cómo el santo Cura de Ars, con una vida de gran virtud, tuvo que sufrir mucho y ser ayudado por Dios y por sus feligreses para vencer la tentación de abandonar la parroquia y, no una sola vez, sino en varias ocasiones.

3.      “No nos dejes caer en la tentación”
En el Padrenuestro, Jesús nos enseña a pedir esta victoria: “No nos dejes caer en la tentación”. “Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate "entre la carne y el Espíritu". Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza” (CATIC 2846).
De este modo, las lecturas litúrgicas nos enseñan a vivir la Cuaresma con la intención de vencer el mal en nuestro interior, rechazando las tentaciones y la Iglesia nos propone el ya conocido trípode cuaresmal: ayuno, limosna y oración. Sobre todo esta última, absolutamente necesaria para no caer en el pecado (Cf. CATIC 2849). De hecho, “no entrar en la tentación implica una decisión del corazón” (CATIC 2848). Esta decisión se expresa en la súplica humilde, confiada y perseverante.
Más aún, al pedirlo frecuentemente, nos preparamos para vencer la gran tentación al final de nuestra vida, después de la cual, vendrá la corona de gloria que el amor de Dios nos tiene preparada (Cf. CATIC 2849).

Conclusión:
Pidamos a nuestra Madre, Compañera de camino, nos ayude en la lucha por el bien, por el amor de Dios, para que podamos, con la divina gracia y nuestro esfuerzo hacer todo y sólo lo que Dios quiere. Porque las obras de Dios son vida, mientras que las del demonio son muerte.