Jesús, Señor de mi historia
Deut 18,15-20; Sal 94,1-2.6-9; 1Cor
7,32-35; Mc 1,21-28
Introducción:
Si la vida se compara con un viaje, tiene que haber un
camino, porque todas las cosas importantes tienen algo que es medular, que es
lo más importante, a lo que llamamos su centro. Por esto, nuestra vida, debe
tener un centro, algo que le dé el sentido más profundo… Pero ¿cuál será?
¿Dónde está el centro de nuestra vida?
- Cristo, centro de nuestra vida:
Jesús “es el centro de toda vida cristiana” (CATIC 1618). Si bien, nuestra vida,
humana y cristiana, requiere de mucho vínculos, necesita de muchas y variadas
relaciones, “el vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás
vínculos, familiares o sociales” (CATIC 1618).
Él es el Dios con nosotros, nuestro amado
Creador, Señor, Redentor, el que siempre está a nuestro lado…
Él es el Profeta,
que los hombres esperaron desde Moisés (Cf. Deut 18,15), el Profeta que, como
Dios, nos enseñara la misma intimidad divina, la Verdad más grande que ni el
más sabio se podría haber imaginado. Él es la luz capaz de alumbrar nuestra
vida, de principio a fin, si nos dejamos iluminar por la fe.
De su boca salen
palabras con fuerza divina, con autoridad, con poder (Cf. Mc 1,22)… No son
simples palabras, sino que tienen “palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
Además, tiene la
bondad que sana nuestras heridas, nuestros males, nuestras tristezas, y el
poder de vencer al mal (Cf. Mc 1,27), de perdonar nuestros pecados que
atormentan nuestra conciencia, de hacernos vencer las tentaciones más
difíciles…
- Dos modos de seguirle: virginidad – matrimonio:
Por esto, muchos seres humanos, al encontrarse con Él y
creerle, le han seguido, incluso hasta la muerte. Pero, hay diversos modos de
seguir al Señor: algunos venden todo y lo siguen en pobreza, otros tienen las
cosas necesarias para ellos y sus familias, pero su corazón no está apegado a
ellas. Los dos son válidos.
Algunos siguen al Señor en la virginidad, mientras que otros
en el matrimonio. Y también los dos caminos son agradables al Señor. “Estas dos realidades, enseña el
Catecismo, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios,
vienen del Señor mismo. Es él quien les da sentido y les concede la gracia
indispensable para vivirlos conforme a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima
de la virginidad por el Reino (cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano
del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente” (CATIC 1620).
Por amor a Él, algunos
se sienten llamados y deciden vivir sólo para Él, “buscando contentar al Señor”
(1Cor 7,32) hacen de su propia vida “un signo poderoso de la preeminencia del
vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno” (CATIC 1619). Otros,
también por amor a Cristo, deciden vivir la comunión del amor con otra persona
en el desafío matrimonial, consagrando al Señor su vida cotidiana mediante las
virtudes domésticas. En éstos es el amor de Cristo el que los ayuda a llevar juntos
el peso de la vida, y es el mismo amor el que los hace fecundos en buenas
obras.
- Marta y María:
De otro modo, nos muestran estas realidades las dos hermanas
Marta y María (Cf. Lc 10,38-42). Jesús es el centro de ambas, pero cada uno lo
sirve de modo diverso: una lo escucha y la otra prepara las cosas necesarias.
De hecho, ambas actitudes deben estar en toda vida cristiana, aunque en algunos
resalta más una y en otros la otra.
Conclusión:
Así, se puede ser cristiano dedicándose a las cosas del Señor
con cierta exclusividad, pero también consagrándole lo de todos los días en
medio del mundo. Por esto, pidamos a la Virgen fiel la gracia de que todos los
cristianos podamos escuchar la voz de Jesús para seguirlo como Él quiera que le
sigamos.