La conversión de la fe.
Jonás
3, 1-5. 10; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; 1Cor 7, 29-31; Mc 1,14-20
Introducción:
Como Dios siempre nos ama con misericordia, todo
tiempo es bueno para la conversión, para ese darnos vuelta, para ese acomodar
nuestra mente según el plan de Dios. Además, nosotros, por nuestra debilidad y
pecado, continuamente necesitamos acercarnos a la fuente del perdón. Los que
vamos caminando hacia Dios, necesitamos muchas veces, rectificar el camino.
1.
Jesús predica la conversión:
Por esto, una de los primeros temas que predicó
Jesús fue este: la conversión. De hecho, al terminar el
apostolado del Bautista, por su arresto, Cristo se trasladó a Galilea y allí,
comenzó a predicar “la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha
cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena
Noticia»” (MC 1,14-15).
Jesús habla del Reino de Dios, de la conversión y
de la fe, como si dijera que para recibir ese Reino hace falta las otras dos
cosas. De hecho, la fe es la puerta de la conversión, pues nadie puede
dirigirse a Dios si no acepta en su interior que existe y se revela.
Por esto, cuando en otra ocasión algunos le
preguntaron que hacía falta para realizar la obra de Dios, Jesús contestó: “La
obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado” (Jn 6,29). Así,
la fe, nos relaciona con Dios, y además nos capacita para vencer las
tentaciones, pues no nos apoyamos en nuestra fuerza sino en el poder del amor
divino, en el que creemos por la fe.
De este modo, el Señor nos enseña que nuestro
camino hacia Dios requiere siempre un volver a calibrar la dirección, lo cual
se logra reconociendo que Él es nuestro Salvador y que nosotros estamos
necesitados de conversión.
2.
Penitencia interior y exterior:
Pero ¿qué es la conversión? ¿En qué consiste? La
conversión o, como la llama el Catecismo: penitencia interior, es “una
reorientación radical de toda la vida, un retorno, … una ruptura con el pecado,
una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos
cometido” (CATIC 1431). Pero, no se queda allí, sino que continúa diciendo: “Al
mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la
esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia”
(CATIC 1431).
Así, la conversión es un cambio de mente y
corazón, un cambio íntimo de la persona que de estar orientada a “otras cosas”
pasa a estar orientada hacia Dios. Este cambio interior va acompañado de actos
externos, llamados penitencia exterior, como el ayuno, la oración y la limosna
(Cf. CATIC 1434). Como nos enseñan los ninivitas que, ante la inminencia de la
justicia divina, lo aplacaron con un sincero y demostrado arrepentimiento (Cf.
Jonás 3, 1-5. 10)
Este cambio profundo es un don de Dios, puesto que “el corazón del
hombre es rudo y endurecido” (CATIC 1432), por lo cual se necesita “que Dios dé
al hombre un corazón nuevo… Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de
nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece
ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el
pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que
nuestros pecados traspasaron” (CATIC 1432).
3.
El Sacramento del perdón:
Como don de Dios, Él nos lo quiere conceder por
varios medios, pero los modos ordinarios o comunes son los sacramentos, especialmente
el Bautismo y la Reconciliación. En este último, Dios espera al pecador (y
todos lo somos), como el Padre de la parábola espera a su hijo menor que
malgastó sus bienes en un país lejano. ¡Cuán necesario nos es experimentar la
fuerza del amor de Dios cuando perdona! Cómo nos puede transformar el corazón,
el saber que Dios, sean cuales sean nuestros pecados, puede y quiere
perdonarnos.
Así le sucedió a Santa Ángela de Foligno, quien
después de una vida de pecado y placeres desordenados, no pudo pasar a vivir
cristianamente sino hasta que se dejó convertir a Dios por medio de una muy
buena confesión general (Cf. Cristo Hoy 27/11-03/12/07).
Por esto, es bueno recordar que tras la rejilla
del confesionario, además de un ser humano como yo, está Dios, con su amor
poderoso, capaz de arrancarme del alma aquello que me aleja de Él y darme “«el
perdón y la paz » (OP, fórmula de la absolución)” (CATIC 1424), es bueno volver
a hacer el acto de fe para reconocer en las palabras de la absolución la voz
del Crucificado. Es necesario, pensar nuevamente en que Dios me quiere hacer
feliz y, por eso, quiere transformar mi alma quitándole aquella que la
destruye, es decir, el pecado. Así, la palabra que Cristo predicó hace mucho,
podrá entrar en nuestra vida y darle la alegría que necesita.
Conclusión:
Así pues, nos encomendamos a la Reina del Cielo,
Madre de la Divina Gracia, para que nos conceda la alegría del encuentro con
Dios, nuestro Padre bueno. Y lejos de tomar impíamente motivos para pecar
pensando que Dios es bueno, nos sintamos movidos a responder con nuestro amor,
porque “amor con amor se paga”.