Bautismo del Señor
Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28, la y
2.3ac-4. 3b y 9b-10; Hechos 10,34-38; Marcos 1, 7-11
Introducción:
El tiempo de Navidad, que celebra de modo explícito los
misterios de la Infancia de Jesús y de modo implícito sus 30 años de vida
oculta, termina con la celebración de esta solemnidad: el Bautismo del Señor.
Este misterio contiene una riqueza muy grande y significa
realidades distintas, tales como: el comienzo de la manifestación pública de
Cristo, la revelación de la Santísima Trinidad, el comienzo de la misión del
Señor, una muestra de la humildad del Verbo encarnado, una figura de nuestro
bautismo, etc.
Por tal riqueza de contenido es necesario elegir algún tema
de reflexión para nuestro bien espiritual. En este caso, elegimos uno de los temas obligados: el sacramento del bautismo.
- Figuras del Antiguo Testamento:
En el Antiguo Testamento, la realidad profunda del Bautismo
fue preparada por Dios: para que el hombre pudiera ir entendiendo de apoco de
qué se trata, Dios lo fue mostrando en figuras, es decir, aquellas cosas que representan o significan otras
(Cf. DRAE).
Por ejemplo, en el
Antiguo Testamento, el agua es
“fuente de vida y de muerte” (CATIC Compendio 253), algo por el agua vive y
algo muere. Esta ambigüedad de significado es muy importante, porque la obra
que Dios realiza en el bautismo tiene estas dos dimensiones: muerte y vida,
muere el hombre viejo, el pecado original, etc. y vive la vida de Cristo en el
alma, la gracia y sus virtudes.
A su vez, los tres
pasajes más característicos que se relacionan con el bautismo, nos dan, cada
uno, un aspecto destacado (Cf. CATIC Compendio 253):
·
El arca
de Noé: Noé es salvado “por medio del agua”.
·
El paso
por el mar Rojo: significa la liberación de la esclavitud, para poder rendir el
culto al Dios verdadero.
·
El
cruce del Jordán: es la entrada en la Tierra Prometida, imagen de la Patria del
Cielo.
Así, el Antiguo
Testamento nos enseña que el Bautismo es para nuestra salvación, nos libera de
la verdadera esclavitud, que es el pecado y nos encamina a la Patria celestial,
dándonos ya en esta tierra la vida de la gracia.
- El Bautismo de Cristo:
Este misterio es realizado por Cristo en la cruz y, en su
bautismo, recibido de las manos de San Juan, lo demuestra. Jesús, puesto en la
fila de los pecadores se acerca al agua y es bautizado, pero enseguida “vio
rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia Él como una paloma. Se oyó una voz
del cielo: –«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»” (Mc 1,11).
Su bautismo, como imagen de su misterio Pascual, refleja por
un lado la muerte del pecado y, por otro, la vida de la gracia, la vida de los hijos del Dios. De hecho, al salir de
las aguas se posó sobre Él, de un modo visible, el Espíritu de la Vida eterna.
- El bautismo cristiano:
Antes de subir a los Cielos, el mismo Señor, dejó a su
Iglesia el mandato de bautizar diciendo: “Vayan y hagan discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
(Mt 28,19-20).
Por esto, nosotros fuimos bautizados, para recibir la Vida
de Dios. Así, antes de ser lavados por el agua bautismal, se hacen las promesas
que consisten en dos cosas, que reflejan los dos sentidos del agua: la muerte y
la vida. Por un lado se renuncia al poder del mal, a Satanás, a sus obras y
tentaciones que causan la muerte. Por otro, se profesa la fe, que es la puerta
del orden sobrenatural. Fe que, en el bautismo se recibe con las demás gracias
y virtudes, incluyendo la caridad.
Así, al contemplar el bautismo del Señor y recordar el
nuestro, no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo vivo mi rechazo al mal? ¿Me
doy cuenta de las tentaciones más frecuentes en mi vida? ¿Las alejo de mí
poniendo los medios, para no perder la vida de Dios? Es más, ¿me preocupo en
acrecentar mi vida de fe? ¿Me esfuerzo en vivir con coherencia la fe que
profeso con mis labios? De este modo, la celebración se nos vuelve un desafío y
la gracia una oportunidad de crecer.
Conclusión:
Para concluir, fijamos nuestra mirada en la enseñanza de los
Santos. San Luis, rey de Francia, tenía mucha devoción a su bautismo. Él,
firmaba sus escritos de rey, no con el lugar de su coronación, sino con el
lugar de su bautismo (Firmaba: Luis de Poitiers). Además, manifestaba gran
devoción a la pila en que fue hecho hijo de Dios y de la Iglesia.