Santa María Madre de Dios
Introducción:
Como todo lo recibimos de Dios, al comienzo de este nuevo
año, nos acordamos de sus manos bondadosas;
pero también, como todo lo recibimos por medio de María santísima, la
Iglesia, en cada primero de enero, nos invita a contemplar a la Madre de
nuestro Salvador.
- Madre de Dios:
San Lucas (2,16-21) nos narra el suceso del encuentro de los
pastores con el Niño Jesús. Allí nos dice tres cosas sobre María, su Madre:
primero que estaba junto a Él, luego que conservaba todo en su corazón y,
finalmente, que cumplió con Él lo que prescribía la ley.
Tan unida está Ella a Jesús nuestro Señor que quien quiera
encontrarse con Él, como le sucedió al grupo de pastores, se encontrará también
con Ella. Y esto es, para nosotros, una doble alegría: porque si necesitados
como estamos de un Salvador, buscamos a Jesús, Él mismo nos sale al encuentro
junto a su obra más perfecta: su Inmaculada Madre que, además, nos la da como
Madre nuestra (Cf. Jn 19,26-27).
En segundo lugar, la Virgen meditaba en su corazón todo lo
referente al Hijo de Dios encarnado y así, nos enseña con su ejemplo, como una
Madre con sus hijos, a vivir de cara a Dios, pero no en lo superficial del
sentimiento, de la emoción pasajera, sino de lo profundo de un corazón
transformado por el amor, siempre fiel, de Dios.
Y por último, esta tierna Madre nos enseña que el
seguimiento de Cristo, que la práctica de la caridad, no está reñida con la
justicia ni con el cumplimiento de los preceptos. Así, cumpliendo la ley, nos
anima a vivir el amor de Dios cumpliendo su voluntad (Cf. Jn 14,21).
- Madre de la Iglesia:
Así, podemos decir que María es Madre de la Iglesia, porque
al ser Madre de la cabeza, también lo es de todo el cuerpo. Fue dada como Madre
al discípulo fiel desde la cruz redentora, estuvo con la Iglesia naciente en
oración a la espera del Espíritu Santo; al contemplarla en su asunción, la Liturgia
bizantina le canta: “tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que
concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la
muerte” (CATIC 966). Además, la satísima Virgen es “miembro muy
eminente y del todo singular de la Iglesia” (LG 53), y su figura
(Cf. LG 63).
- Madre del cristiano: Madre mía.
Finalmente, cada cristiano, puede considerarla su Madre.
Dice, en efecto, San Agustín que la
Virgen María “es verdaderamente la madre de los miembros (de
Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes,
miembros de aquella cabeza” (CATIC 963).
Por su íntima unión con Cristo, es para nosotros la mejor
vía, el mejor canal para llegar a la
Fuente de la Vida y del Amor. Ella, desde el Cielo sigue intercediendo por cada
uno de nosotros. Por esto, podemos estar seguros que en cada situación, en cada
alegría y en cada tristeza no estamos solos. Nunca un buen cristiano puede
pensar que está solo. Este pensamiento no sería justo ni para con Dios ni para
con nuestra Madre celestial.
De hecho, Ella misma se encargó de recordárnoslo cuando le
dijo a San Juan Diego: “"Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que
es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni
ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre?
¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿Qué más te falta?” (http://www.devocionario.com/maria/guadalupe_3.html).
Por su ternura maternal, por su protección poderosa, por su
amor incansable y sacrificado, San Juan Bosco, vio en María el auxilio de todo
cristiano. Este santo, al contemplar a nuestra Madre no encontró mejor nombre
que “Auxiliadora”. "La Virgen, decía él, quiere que la honremos con el
título de Auxiliadora: los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos
necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe
cristiana" (ACI Prensa, Historia de la devoción a María Auxiliadora).
Conclusión:
Nosotros también la tomamos como Madre nuestra, la llevamos
a la casa de nuestro corazón para que allí nos enseñe la sabiduría de amar a
Jesús “hasta el extremo”. Así, este día no pasará de largo sin dejarnos su
huella de paz; pero no cualquiera sino la paz verdadera, la paz de Cristo, la
paz de un corazón enamorado de Dios, la paz de los hijos confiados en los
dulces y fuertes brazos de su Madre.